CAPÍTULO IX: Nunca anuncies una victoria en medio de una derrota.
Todas las radios y televisores del país instantáneamente olvidaron la frustrada invasión alienígena para dejar grabado a fuego en obleas alarmantes y separadores radiales fatídicos la horrorosa e inesperada muerte del anciano que estalló por los aires tras tocar al joven anónimo, como si fueran mozos cambiando de plato para servir la noticia más reciente antes de que entibiara. De repente, en cada bar de cada provincia había un cúmulo de personas embobadas frente a una pantalla, viendo como pasaban una y otra vez las borrosas imágenes que habían logrado ser captadas por una de las cámaras de la ciudad. Como si se trataran de sádicos espectadores contemplando la brutal matanza de un pobre cristiano a manos de una decena de leones en el Coliseo romano, observaban el estallido de viseras blureado por las emisoras para poder retransmitirse en el prime-time. En las casas las madres, incapaces de evitar tenerlos frente a los televisores, tapaban nerviosas y torpes los rostros de su...