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CAPÍTULO XXIX: Los empapados.

En un mundo en calma, las leyes físicas actuarían como fueron estudiadas, pero al igual que el Big Bang desestabilizó todo lo comprensible, aquella noche las cosas se pondrían extrañas. Cumplida la primera semana en la que Gaona y los suyos habían llegado al Obelisco, una tormenta despiadada azotó la ciudad. Con los primeros refucilos, la gente comenzó a asustarse. Con las primeras gotas, aquellos desprevenidos que deambulaban por las calles corrieron a guarecerse bajo los toldos. Todo indicaba que aquella no sería una lluvia más. Algo denso en el cielo les recordaba, mojados por el agua maldita de aquel diluvio que habíamos llegado a este mundo de prestado. Al despertarse los primeros instantes de la tormenta, ocurrirían en simultáneo tres hechos que al concatenarse desentumecerían el engranaje del destino: por un lado, Sebastián Acosta llegaría a la ciudad, escoltado por un camionero del sur que llevaba en su cabeza más preguntas que certezas; por otro lado, Gnökz lograría escapa...

CAPÍTULO XXVIII: Solaris

El día en que comenzaría el fin del mundo, las puertas y ventanas de toda la ciudad permanecieron cerradas, como un presagio del inminente horror que se avecinaba. Nadie se animaba a asomar la cabeza a la calle, como si un sol abrasador estuviera derritiendo el asfalto. Desconocían aún la verdadera amenaza que los esperaba al otro lado del miedo. Las únicas personas que deambulaban como hormigas diminutas, yendo de aquí para allá sumergidos en sus tareas asignadas, eran los rebeldes del Obelisco. Con el correr de los días, Diana, Gaona y Mastromarino habían sabido limar asperezas a fuerza de voluntad y aquel viejo axioma de “el enemigo de mi enemigo no tiene más opción que ser mi amigo”. Pero había un descubrimiento mucho más banal que los unía en una dulce coincidencia, casi como si se tratara de un lazo más fuerte que la sangre. Los tres habían compartido en aquel exacto lugar el día de mayor alegría que jamás hubiera vivido. El primero en darse cuenta de aquella casualidad endem...

CAPÍTULO XXVII: ¿A qué huelen los santos?

Al salir del subterráneo, los grupos de Gaona y Mastromarino se encontraron con un panorama desolador. Las señales intermitentes de ascenso y descenso de las formaciones de trenes se habían apagado hacía mucho tiempo, gastando sus baterías de larga duración para emergencias, cuando el contingente decidió aventurarse hacia lo desconocido. Continuaron avanzando a oscuras por el ominoso túnel. Gaona sugirió sincronizar los pasos como acostumbran los pelotones militares y pisar de manera pausada y discreta, con la intensión de minimizar el ruido por si alguien o algo estuviera esperándolos al otro lado del abismo. - ¿Vamos a morir?- preguntó Tuti Moreira, temblando. En aquella súplica vestida de pregunta se escondían dos novedades: por primera vez la joven sentía verdadero temor y por primera vez confiaba más en aquel viejo ex militar que en su mentor. - El miedo es una alarma para el enemigo, piba.- susurró el hombre, intentando que sus palabras llegaran a sus oidos tan solo como una proy...