CAPÍTULO XIV: El Arca
Cuando Elías Mastromarino cruzó por primera vez el pesado portón de hierro que separaba al colegio Saint Meredith del resto de la gente común que deambulaba por Belgrano, sintió en su espalda un vago escozor que presagiaba lo peor. Con cada paso que daba para adentrarse en las fauces de aquella bestia dormida de hormigón, cada argumento que había esgrimido a lo largo de su vida para defender o justificar su vocación iba cayendo fulminado al suelo. A veces, la verdadera docencia se ejerce fuera de las aulas, ya que dentro es una guerra sin trincheras. Había conseguido que la madre de su novia le remendara el único saco que tenía más o menos en condiciones y llevaba también consigo el libro de historia que lo había acompañado durante todo su paso por la secundaria, ya que a pesar de que no fuera contemplado en la currícula como material teórico ni de consulta, esperaba transmitirle a esos futuros adultos la misma pasión que a él lo había embriagado tantos años atrás con el correr de la...