CAPÍTULO XI: Calamita imantate.



Antes de adentrarse en la oscuridad del túnel que comunicaba la estación de Facultad de Medicina con Callao en una incierta aventura contra quién sabe qué abominables criaturas, Aníbal Gaona repasaba compulsivamente el inventario de armamento que junto a Gastón y Félix, dos jóvenes estudiantes de arquitectura y diseño industrial respectivamente habían confeccionado en la improvisación que solo la desesperación permite.

A la par, Marinelli comandaba la tropa encargada de subir al entrepiso y saquear el kiosco de la boletería, para luego aventurarse hacia el patio de comidas ubicado bajo la enorme explanada de la Plaza Houssay. Allí recolectarían de cada local de comida rápida abandonado lo que encontraran y lo guardarían en bolsas de residuos para transportarlos de manera más práctica. Luego, realizarían una cadena de traspaso perfectamente ordenada desde el exterior hacia la boca del subte y luego el andén, transportando todos los víveres para emprender el éxodo.

Luego de media hora ambos grupos se reunieron en el andén con dirección a Congreso de Tucumán y se dispusieron a improvisar el juicio a Elías Mastromarino por fraude mesiánico. Para llevar a cabo el acto se designó como fiscal a Sergio Marinelli y como cabeza del jurado a uno de los hermanos Werthein, que para ese entonces habían comenzado a interactuar más con el entorno y las circunstancias. El otro mellizo se encargaría de dejar asentado en un blog de notas de uno de los estudiantes todo lo que ocurriera como acta judicial. Por su parte, impuesto por el resto del jurado, Gaona oficiaría como juez y verdugo prometiendo una parcialidad casi inalcanzable, ya que era el más entendido entre los presentes acerca de protocolos judiciales al haber pertenecido al ejército durante su juventud.

En el preciso instante en que Anibal Gaona comenzó a aclarar su garganta para dar inicio al juicio, se alzó una voz femenina que rajó la tensión que sobrevolaba aquel submundo como una daga. De entre los presentes comenzó a asomarse una joven morena y delgada, con el paso decidido y avasallante pero la mirada dulce. Destacaba en ella una camisa holgada y colorida, unos jeans varios talles más grandes y unos borcegos negros, atuendo que desentonaba del grís monótono de los uniformes metálicos que el resto de los engañados por Mastromarino usaban.

- El hombre no tiene nadie para su defensa.- sentenció la joven con una dulce cadencia uruguaya.- ¿Qué clase de juicio es este que el acusado no tiene quién lo defienda?

Gaona se quedó perplejo ante la desfachatez de aquella mujer, cayendo de repente del pedestal al que la multitud lo había alzado en andas.

- La piba tiene razón...- respondió finalmente con incomodidad, ante la mirada expectante del resto.

- Toti.

Gaona y Marinelli se miraron por unos instantes, como intentando descifrar en la mirada del otro la misma inseguridad. Algo en esa chica le recordaba a Anibal la impertinencia y la rebeldía de su propia Julia, haciéndolo sentir una nostalgia punzante.

- No, que me llamo Toti Moreira. Me gustaría defender a Elías, si no es molestia.

En ese instante Gaona dejó de ver en la mirada penetrante de la joven aquella dulzura que hacía unos instantes le había recordado a su hija, para descubrir los ojos desafiantes de un rival que también buscaría guiar al grupo en el camino oscuro que se avecinaba.

Al escuchar las palabras de Gnökz, Sebastián sintió dentro de sí una pulsión diabólica y milenaria, la misma que siente un dictador o un tirano al usurpar un trono. En ese preciso instante Sebastián sabía que entre sus manos tenía un poder inconmensurable, con el cual hacer a su voluntad lo que quisiera. Por su cabeza comenzaron a pasar una infinidad de nombres a los cuales visitaría para ajustar alguna cuenta del pasado o para amedrentar para asegurarse algún beneficio en el futuro.

Gnökz reconoció en los ojos de aquel humano una mirada cruel que había visto años atrás. Aquellos ojos inyectados en egoísmo eran el fiel reflejo de los de Kamha, un viejo tirano de su planeta que había traicionado a su raza, pactando con los temibles verdugos, entregando a los suyos y destinando a la consciencia colectiva a la más vil y sangrienta extinción.

-              En mi tierra existió un hombre con la misma sed que veo en tu mirada, Sebastián.- comenzó a relatar el visitante con una melancolía desesperante y la voz resquebrajada.- Una sed que sumió a los míos en la más agónica desesperación. Al principio sus palabras fueron un dulce néctar, una propuesta justa, un sueño esclarecedor e idílico. Pero poco a poco su discurso fue dialogando cada vez menos con su accionar. Comenzó a olvidarse de la consciencia colectiva que habíamos tardado milenios en perfeccionar. Nuestra comunión no era algo innato, sino adquirido. Y ese hombre se encargó de minarla. Sembró en cada cabeza el egoísmo, el ansia por la propia superación. De ahí en más aparecieron recelos, rencores y todas aquellas actitudes a las que ustedes conciben como pecados.

Sebastián permaneció atónito, escuchando aquel relato descarnado. Pero algo dentro suyo le impedía comulgar con aquellas palabras.

-              Es horrible lo que me contás… Pero yo no voy a ser así, no me convertiré en eso, jamás. Usaré estos poderes para buscar justicia y transformar este planeta en un mejor lugar.

Durante toda su infancia Sebastián había sido un ávido consumidor de cómics. Su padre le compraba cada nuevo ejemplar de las principales compañías cada mes, ni bien salían al mercado. Incluso, cuando las ediciones se demoraban, importaba los números desde Estados Unidos para consentir el capricho de su hijo. Por eso Sebastián creció entre sueños en los que se veía a sí mismo volando con una capa entre las nubes y un traje estridente que fuera para el mundo un emblema justiciero. Se imaginaba a sí mismo rescatando gente de edificios en llama, luchando contra imponentes y desconocidas amenazas y ganándose la confianza del mismísimo presidente. Todos los días dibujaba en sus carpetas diseños propios y versiones de las figuras heroicas que veía combatiendo en las páginas al volver a casa. Aquel era su sueño y nadie jamás se lo arrebataría.

-              No te conviertas en eso. La justicia y la tiranía son dos puntas de una misma soga…

Sebastián salió de la bañera, secándose instantáneamente y alzó sus brazos. Aparecieron de repente sus ropas y comenzó a vestirse sin siquiera tocarlas. Gnökz lo miraba devastado, intentando en vano convencerlo de que aquel no era el camino. Pero nada en sus palabras lograba hacerlo entrar en razón. Una vez que estuvo listo lo miró indiferente y abandonó el baño, saliendo en busca de su propia justicia.

El extraterrestre permaneció en aquel lugar, inmóvil. Recordando vívidas las imágenes que durante una eternidad de noches lo habían atormentado en la inmensa soledad de su planeta. Estaqueado en aquel lugar vio a su madre morir frente a sus ojos una vez más, a manos de aquel déspota. Vio a su padre servil, actuando para complacer al tirano y proteger a su hijo. Pero no pudo levantarse e ir detrás del humano, permaneció petrificado y comenzó a sentir una agobiante necesidad de estallar dentro de él.

Jamás en su planeta había experimentado algo similar. Sentía una avalancha colapsándole los pulmones y un sinfín de bestias como aquellas que atormentaban a los suyos corriéndole en estampida por el pecho. Sus ojos, cada vez más pesados, comenzaron a arder como jamás lo habían hecho antes. Los sentía cansados, como si estuvieran sufriendo lo que su alma sufría. Comenzó a faltarle cada vez más el aire y un agobio similar a aquel que tenía cada vez que regresaba de cazar se apoderó de él. Ya no percibía con apatía su regreso a su morada, ni siquiera la indiferencia con la que había vivido la pérdida de los suyos en su planeta. Ahora todo era distinto, una mezcla de bronca y nostalgia. Estaba experimentando por primera vez aquello de lo que tantas veces había leído.

Lo supo en ese instante, era eso. Aquello de lo que escribieron tantos autores entre los libros que su raza había recopilado en las inmensas bibliotecas, aquello que los lectores experimentaban en la Tierra al leer página tras página y empatizar con los personajes. Lo mismo que una película, que la muerte de un ser querido, que la traición de un amigo. La sensación inequívoca de que algo adentro se ha marchitado para siempre. Por primera vez, sintió en carne propia la más absoluta y angustiante tristeza. Entonces, como si se tratara de un niño, rompió a llorar desconsoladamente, aferrado a la taza del inodoro como un náufrago en medio del océano. Sólo, en un mar de dudas.

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