CAPÍTULO V: Espacios Liminares.



Un sutil chasquido. Una insinuación sonora similar a un chispero accionado que provoca la llama desatando el caos en un bosque. Un sonido así despertó a Sebastián, encontrándolo aturdido como si se hubiera emborrachado con el peor de los licores.

Tardó en recobrar la vista. Al principio fue acoplándose al contexto como un recién nacido en medio de un cúmulo de gente aguardando su primer reacción.

Pero junto a él no había nadie. Se encontraba sólo. En verdad decir junto a él es solo un modo, ya que allí no había espacio en el cuál comparar locaciones, distancias ni tamaños.

Poco a poco, comenzó a percibir todo con mayor nitidez, pero lo que vio frente a sus ojos era tan improbable que hubiera preferido permanecer en la confusión para siempre. Jamás había percibido nada semejante.

Cuando por fin recobró por completo sus facultades quedó perplejo. Un blanco interminable, de una pulcritud imposible, se extendía ante sus ojos como una perfección abrumadora. Pensó entonces que si algo podía asemejarse a la nada, era aquello.

Entonces, como si se tratara de un acto reflejo, comenzaron a pasar por delante suyo sus convicciones, creencias y todo aquello que lo había enraizado en el perfecto caos de estar vivo. Ante la perfección ordenada de aquel vacío, comenzó a dudar si aquello en lo que había estado inmerso durante tantos años realmente era vida. Su existencia era tal o tan solo se trataba de un envoltorio estéril que lo resguardaba de la verdadera realidad, el vacío más absoluto.

Se encontraba estancado en el más perfecto de los sinsentidos. No estaba ni dentro ni fuera, ni vivo ni muerto. Estaba sumergido en un espacio liminar, un lugar indeterminado de la realidad, ajeno al todo. La existencia continuaba transcurriendo, pero él se había estancado. De repente, se había transformado en una enfermedad, en la adolescencia, en el cambio de estaciones, en un duermevela o en la locura transitoria dentro de un hospicio. Apenas un instante.

Intentó recordar algo de su pasado pero su memoria estaba velada. Apenas podía ser consciente de su existencia pero había olvidado todo dato de lo que hasta ese momento conformaba su identidad, aquello que lo convertía en persona. Ya no tenía nombre, edad ni pertenencia. Tampoco podía percibir nada con ninguno de sus sentidos. Tampoco la oscuridad. Por más que pretendiera captar algo con alguno de ellos se encontraba envuelto por el vacío.

La sensación ni siquiera se asemejaba al más oscuro y absoluto de los sueños, donde uno ve todo negro y cree estar envuelto en la más perfecta oscuridad.  La sensación era aún más abrumante, claustrofóbica. Entendía el vacío absoluto que lo rodeaba, el infinito que se abría a su alrededor, pero sentía a la vez un profundo ahogo que lo estremecía, como si se encontrara enterrado vivo.

Pensó que acaso así se sentiría morir. Debía ser eso. En cuestión de segundos, comenzaría a ver la luz de la que tanto había oído hablar y distinguiría cada vez más nítidas a las figuras angelicales que le abrirían paso al paraíso celestial. Casi podía oír al coro de ángeles recibiéndolo en la más pura y honrosa de las bienvenidas. Pronto se reuniría con sus familiares fallecidos y conocería a un sinfín de personalidades históricas que habían marcado un antes y un después en el devenir de la humanidad. Quizás, si tenía suerte, podría incluso conocer a Dios y hacerle alguna pregunta.

Sin embargo, nada de aquello ocurrió. Sebastián permaneció flotando en aquel absurdo existencial durante un instante eterno. No pestañaba, tampoco sentía hambre ni sed. Nada le dolía ni lo perturbaba. Estaba sumido en una agónica e irritante perfección.

Sentía como si hubiera vuelto al vientre materno, el instante primigenio. Pero esta vez era perfectamente consciente de su existencia. Comenzó a divagar en su pensamiento, intentando vislumbrar algún recuerdo o concepto que lo anclara a la realidad en aquel eterno mar de desconcierto e incertidumbre, pero nada cruzaba su mente de manera concreta. Sus pensamientos discurrían dentro suyo como peces fugaces y azarosos. Algunos, daban vueltas con gracia, como coqueteando con su cordura y luego de rozarle la mente se perdían otra vez en el olvido. Otros directamente atravesaban aquel océano raudamente, como saetas.

De repente, sintió algo inexplicable que lo abordaba por completo, rodeándolo alrededor y surcándole lo más profundo de las entrañas. No podía explicarse bien de qué se trataba. No era una voz nítida con algún mensaje en alguna lengua que pudiera llegar a reconocer, pero sentía una presencia que intentaba comunicarse. No a través de palabras, señales o gestos, sino por medio de algo superior e inexpugnable. Dentro suyo sentía todo y nada a la vez, un calor incontrolable que le quemaba el estómago, a la par de un frío gélido que lo entumecía, estaqueándolo en el vacío absoluto. Como si hubiera presenciado las muertes de todos sus seres queridos en un abrir y cerrar de ojos, el llanto más incontrolable se apoderó de él, pero también comenzó a reír a carcajadas como si estuviera en el punto más álgido de su vida.

Volvió a pensar en la muerte, tal vez así se sentía. Quizás aquella mezcla inusitada de sensaciones era lo más cercano a comprender el absoluto de la eternidad y los seres humanos no tenían otra forma de decodificarlo que esa. Debía estar muriendo poco a poco, quizás en un accidente de tránsito sangriento y morboso que transmitirían por televisión, o un robo a mano armada en medio de alguna calle perdida de la ciudad. No recordaba nada, en absoluto.

Finalmente lo supo. De un instante para el otro lo entendió absolutamente todo. Sintió por un instante el jolgorio de la sapiencia universal, pero abruptamente cayó en el desasosiego más desesperante al comprender que jamás podría compartir aquello con nadie, jamás lo comprenderían. Como si su mente y su espíritu se trataran de un telar virgen y blanco, sentía las puntadas de una extraña presencia imprimiendo un conocimiento inabarcable en su ser. Estaban eligiéndolo, pero aún no lograba entenderlo. Todavía no era el momento de las respuestas.

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