CAPÍTULO XXX - Pentimento.

“Cuando leas un artículo en la prensa, recordá quién pagó la tinta”. Ese axioma comenzó a recorrer las bocas de todos los que aún no habían sido seducidos por Levi. Los Rebeldes del Obelisco veían horrorizados como la colosal obra de aquel sujeto iba levantándose y entre los susurros que comentaban el desconcierto, aparecieron los resabios de tímidas pirámides y cada vez más corpóreos faraones. La réplica de aquella esclavitud estaba manchando las calles porteñas, no con sangre -aún- pero sí con mucho sudor y lágrimas.

El cielo se encontraba completamente cubierto por la colosal figura de la Lébula, que al igual que el horizonte parecía alcanzar a cada punto del planeta Tierra en un idéntico y absoluto eclipse. Mientras los primeros Empapados aún agonizaban por las calles, aquellos que habían logrado guarecerse bajo algún refugio o pudieron disfrazarse con los excéntricos trajes que Levi había proporcionado, comenzaron a hacer crecer una extravagante teoría que vista a través del cristal del fin del mundo resultaba plausible; en el ojo de la tormenta, cualquier marino sabe leer las estrellas. Lentamente, en los oídos de los Rebeldes del Obelisco comenzaba a circular algo que podría considerarse información clasificada, un mito, una leyenda urbana, un postulado científico, un truco mágico o todo eso a la vez. Quién trajo aquella teoría fue Diana, que reunió a todo el malón para transmitir aquel mensaje y dar la bienvenida a los nuevos rebeldes que se congregaron, luego de experimentar las mieles de la locura al ser alcanzados por la lluvia del esperpéntico ser.

-          Hagan lo que hagan, no miren al ojo de la criatura.- dijo, casi a modo de súplica, Diana.

Aquellos que la escuchaban, palidecieron. Un sinfín de gente se había amuchado a lo largo de las escaleras que conducían a la cima del Obelisco, prestando atención a aquel discurso desgarrador.

Entonces, de entre quienes asistían a la conjura de Diana, Elías Mastromarino alzó la voz para preguntar aquello que había inundado la mente de todos los presentes, pero nadie se animaba a decir.

Ojo, ¿en singular? – preguntó, pensativo.- ¿No resulta extraño que una bestia colosal, cuyos límites inabarcables trascienden el horizonte conocido, tenga un único ojo que esté situado sobre nuestras cabezas?

Una nueva voz interrumpió aquel incipiente debate, desgarrando el silencio que el contingente había guardado en señal de respeto:

Son miles. Millones.- sentenció impávido un sujeto con un acento extraño, apostado en una de las paredes, varios escalones por debajo del fulgor de la discusión.

Se trataba de un hombre barbudo y fornido, de nombre Viggo Clemens. Llevaba el pelo por la cintura, de un color castaño cobrizo que al contacto con los cielos apocalípticos que decoraban el panorama, recordaba a las llamas de un funeral vikingo. A pesar de su complexión, lo enjuto de su rostro aunado a lo desalineado de su aspecto le profería una apariencia devastada.

El hombre parecía tener mucho por decir acerca de la bestia y por primera vez en años, Elías sintió que no estaba sólo. Había sido tildado de loco incontables veces y por fin alguien estaba avalando su locura. No estaban endiosándolo como a un chamán místico como había sucedido con la cofradía de la Línea D, ni era un faro de esperanza en medio del desconcierto como había ocurrido al inicio de todo, en su primer encuentro con Sebastián, que se encontraba en ese momento junto a él. Esta vez estaba escuchando en boca ajena sus propias palabras.

Dicen que quién mira a los ojos de la bestia ve su peor miedo. Aquello que lo desvela por las noches.

Luego de decir eso, Viggo Clemens se presentó ante todos como un científico noruego de la ONU que se encontraba de vacaciones en Argentina cuando se desató la catástrofe semanas atrás y quedó varado, en parte por falta de medios de transporte que lo regresaran a su tierra y en parte por obligación profesional.

Uno a uno, todos los presentes comenzaron a enumerar sus peores pesadillas para normalizarlas y así poder hacerle frente a la bestia. Sin embargo, antes de que la ronda pudiera ser completada, una voz seca interrumpió la cadena de pavores.

Lo que la Lébula oculta en sus entrañas no es el miedo egoísta de cada uno de ustedes. Para ella somos microbios fagocitados por sus propias excreciones. Y tampoco son ojos como ustedes creen, sino ósculos en su membrana. - sentenció Gnökz, hablando con una seguridad aterradora. - Mi padre me advirtió que mirar dentro de la Lébula es peor que la muerte, porque el mensaje que se esconde en sus entrañas es tan aterrador que la locura para quien lo observe se transformaría en un deseo. Dentro suyo, la Lébula oculta el principio de todo, lo que ustedes llaman el “Fondo de microondas” y en mi mundo se conoce como “Palastea”. La razón del todo.

Para entonces, todos los rebeldes escuchaban a Gnökz azorados, pero fueron sus últimas palabras las que derramaron una sentencia absoluta: no habían más reglas, cada quién debería sobrevivir como pudiera, como se le ocurriera.

El principio no fue por azar. Tampoco fuimos traídos a la realidad por aquellos a quienes llamamos dioses. Y si fue así, son seres tiranos, horrendos. Fuimos creados como experimentos de seres superiores, pero de a poco fuimos despertando, valiéndonos por nosotros mismos. Eso destrozo lentamente la jaula en la que nos observaban y dañamos ese experimento. Ahora, seguramente, busquen destruir esta jaula para crear otra. Ya no les servimos.


Fuera, a escasos metros del claustro en el que se habían congregado los rebeldes, Levi estaba a punto de ver concretado su plan. De repente, un temblor comenzó a desgarrar el asfalto y una luz enceguecedora se filtró a través de la única brecha que aún quedaba por cubrir por los paneles. El rostro maquiavélico del hombre que había logrado cubrir el cielo de metal se transformó de repente en una mueca grotesca, como si advirtiera el origen de aquel haz de esperanza en medio de la oscuridad.

A través de la rendija de la cáscara metálica, comenzó a infiltrarse una enorme nave que podría cubrir la superficie de tres canchas de fútbol. Su aspecto recordaba a las viejas carabelas con las que los primeros colonos arribaron a suelo americano siglos atrás, aunque en algo se diferenciaba de estas: su anatomía resultaba fascinantemente moderna. Su popa estaba repleta de enormes estabilizadores que asemejaban a aletas dorsales de peces, mientras que la proa y el castillo remitían a un enorme cuerno de rinoceronte, metálico y repleto de luces guía que encandilaron a todo el mundo cuando sus primeros destellos alcanzaron a penetrar los cielos terrestres a través del único intersticio libre. Sin embargo, lo que más sorprendía de la majestuosidad de aquel coloso no era aquello que recorría su eslora sino lo espectacular de sus velas. Tanto la vela trinquete como la de mesana parecían estar conformadas por fuegos imposibles que bailaban al son de una canción cósmica. El color de la combustión era indescriptible y a pesar de que brillara con una fuerza nuclear, desprendía una armonía reconfortante. Ambas velas alimentaban a su vez a la vela mayor, que engordaba como si se tratara de un ser vivo respirando de manera pausada y armónica, con las llamas ígneas y cósmicas brillando con más potencia.

Levi comenzó a temblar de cólera y lo que sucedió luego dejó perplejos a los empapados que habían mermado el ritmo de sus labores. Él hombre se deshizo en espasmos cada vez más agónicos hasta que su piel fue cayéndose de a poco de su rostro, revelando un aspecto inhumano, imposible de describir. Una vez que su verdadera esencia quedó desnuda, colapsó en el piso en el que minutos antes había jugado a ser un dictador. Entonces, cuando por fin estuvo débil y hecho un despojo, comenzó a abrirse la proa, como si se tratara de la enorme mandíbula de una bestia y del interior del barco podía advertirse una sombra. A medida que ésta comenzó a bajar de la nave, aquellos que habían enmudecido con la transformación esperpéntica recuperaron el aliento y volvieron a quedar mudos, ya que la figura que comenzaba a definirse era celestial. Una espléndida mujer rubia descendió de la embarcación con una cadencia hipnotizante.

Todos los que entraron en contacto con la mujer, quedaron prendados para siempre a su belleza. Incluso los Rebeldes del Obelisco, que se habían asomado a contemplar el caos cuando comenzaron a percibir el temblor, quedaron atónitos. La discusión sostenida entre Mastromarino y Gaona acerca del tipo de embarcación al que remitía la nave quedó en el olvido y jamás supieron que el profesor de historia había acertado al nombrar a las tres Carabelas de Colón, porque al entrar en contacto con la imagen de la mujer se olvidaron hasta de sus nombres.

El único que pudo emitir una palabra fue Levi, que poco a poco comenzó a incorporarse, tomando control de su esperpéntica figura y recuperando su compostura en el preciso instante en el que por fin tuvo a la dama enfrente suyo, por fin pudo nombrarla.


 

En 1492, Jobo comenzó a correr desaforado luego de la pregunta insólita de aquella niña perdida camuflada en medio del follaje. Jamás en su vida había visto a alguien similar, pero lo que más lo inquietaba era el hecho de haber comprendido cada una de sus palabras, a pesar de que sabía internamente que el idioma su idioma y el de ella no eran el mismo.

Mientras atravesaba la maleza para regresar a su tribu, un sonido estridente lo sobresaltó, haciendo que se paralizara y que su corazón se detuviera en seco. Pasó por su mente su familia, recordó a aquellos extraños seres metálicos que habían estado visitándolos en la orilla y sintió miedo. Pero también ocupó sus pensamientos el recuerdo de aquella joven perdida en medio de la nada. Tenía clavados en su mente, como flechas invasoras de una tribu enemiga, los profundos ojos azules de aquella extraña que le recordaban al infinito mar que los suyos jamás se habían atrevido a desafiar. Algo dentro de él lo llenó de remordimiento por haberla dejado sola, a merced de aquellos extraños.

Moviéndose ágilmente, cambió su rumbo en dirección al origen del disparo. Conocía la isla como la palma de su mano y no tardaría en llegar a destino.

Pero en medio de su búsqueda, un nuevo ruido lo arrebató de su misión. Escuchó nítido un grito que le recordó a la joven. A pesar de que solo podía distinguir quejidos indescifrables, en un idioma extraño, supo que necesitaba ayuda. Fue así que procuró seguirlos y luego de algunos minutos se topó finalmente con un asentamiento que jamás había visto antes.

Distinguió unas estructuras, que a diferencia de las de su tribu no estaban hechas con pieles de animales muertos, sino con troncos apilados, formando ingentes jaulas con aberturas, cubiertas por una estructura piramidal que le recordaba a la punta de su lanza. Comenzó a pensar en cuánto habría tomado a aquellos invasores construir semejantes refugios y se percató de que quizás estaban allí desde antes de lo que el pensaba.

Fue recién en ese momento que se percató de dos cosas: en primer lugar, descubrió en medio de aquellas formaciones una enorme pila de troncos que apuntaba al cielo, y además, encontró entre aquellos seres metálicos a gente de su tribu, entre los cuales se encontraba su padre.

Con una fuerza descomunal, dos de los hombres metálicos arrastraban a la niña que había visto minutos antes, a través de la gente en dirección al cúmulo de madera. Jobo miraba escondido en el follaje y pudo advertir como su padre presenciaba aquel acto descarnado con los brazos cruzados, al igual que el resto de los suyos. Una impotencia abrasiva lo incendió por dentro, pero no podía hacer nada si no quería ser descubierto.

Cuando por fin ataron a la joven a al tronco central que se erguía en el medio de los troncos y comenzaron a encender el fuego, el joven lucayo comenzó a llorar desconsoladamente. Sin poder contenerse, abandonó su escondite y corrió en dirección a aquella niña que intentaba zafarse de las ataduras mientras gritaba.

Uno de los hombres metálicos se acercó a su padre y le palmeó el hombro. Entonces, fue este quien habló con voz pausada y noble para su tribu:

- Hemos encontrado a la diosa Atabey, madre de todos.

Al terminar de pronunciar esas palabras, un grito aún más desgarrador que los anteriores inundó toda la isla. La niña enfurecida espetó a viva voz una única frase que todos entendieron, antes de desaparecer:

No soy Atabey.

Luego, una enorme explosión encandiló a todos.


Una década más tarde, un gran revuelo recorría las calles de Florencia en un murmullo que todos pregonaban pero nadie parecía conocer en su totalidad. La sala del Gran Consejo del Palazzo Vecchio, sede de gobierno de la ciudad, sería intervenida por un artista de un talento inimaginable. Un enorme fresco, con escenas de la Batalla de Anghiari, decoraría de la mano de la nueva promesa los techos del recinto.

En una cantina de ambiente lúgubre y oscuro, a escasos metros de la Piazza della Signoria, dónde ocurría el revuelo, un cantinero intentaba despertar a un parroquiano inconsciente. Este yacía sobre la barra, mientras su baba caía sobre el tablón pegajoso mezclándose con los restos de alcoholes que han aterrizado a lo largo de la noche anterior. A pesar de no superar los cincuenta años de edad, su aspecto era el de alguien achacado por la vida; el rostro cubierto por una enmarañada melena pelirroja, que se fundía con una barba igual de desordenada, transformándolo en una irresuelta arboleda ígnea, como si se tratara de la zarza en llamas vista por Moisés.

Cuando el cantinero por fin consiguió despertarlo, el hombre se incorporó sobresaltado, con los ojos estrábicos, intentando recomponer el lugar que lo vio morir por unas horas. Una vez que recuperó la consciencia, comenzó a temblar desesperadamente, pero no por la resaca, sino por ansiedad.

No voy a poder, Virgilio.- confesó finalmente al viejo del otro lado de la barra, que había destinado los últimos segundos en preparar un elixir secreto que solía usar para devolver a la gente, que abrevaba de sus licores y perdía el conocimiento, a la vida.

Debieron darle el encargo a otro.

Leonardo, no hay nadie que supere tu don por estos lados. Tu nombre retumba en las paredes del palacio de los Borgia a estas alturas.

Debieron haber llamado a Miguel Ángel.

Luego de decir aquellas palabras, se levantó y despidiéndose del anciano consejero entre balbuceos, comenzó a tambalear ofuscado hacia la puerta del recinto. Salió de allí y comenzó a deambular diletante por las callejuelas de Florencia como un mendigo andrajoso en busca de respuestas escondidas en los ojos de la gente. Su aspecto desalineado le confería una protección alucinante y al mismo tiempo lo blindaba del asedio que podría haber sufrido de ser reconocido entre la multitud.

Seguro de su anonimato, comenzó a deambular entre los callejones de camino a su taller. Sin embargo, una sensación extraña lo conminó a detenerse de forma abrupta. Sentía dentro suyo un vacío que jamás había experimentado, como si se tratara de una mezcla extraña de languidez y angustia. Creyendo que estaría hambreado tras el atracón etílico, buscó una feria cercana que solía ofrecer baratijas, para robarlas y poder intercambiarlas por algunos florines con los que comprar algo de pan.

En su búsqueda, encontró algunas baratijas que podría convertir en oro haciendo uso de su habilidad como comerciante. Con apenas un par de palabras, lograba embelesar a cualquiera que prestara sus oídos para el engaño. Consiguió con sendas artimañas vaciar sus manos de los inútiles objetos que había recolectado y a su vez, dejar secos los bolsillos de varios paseantes que volvieron a sus hogares encantados. Conforme, se dispuso a contar su botín mientras enfilaba hacia un mercado cercano en el que poder conseguir algo para saciar su tripa. Sin embargo, fue interceptado fortuitamente por una dama.

Ambos colisionaron y cayeron al suelo. Leonardo se detuvo en sus ojos, azules como el mar mediterráneo que intentaba pintar pero jamás había logrado replicar en su paleta, y se quedó inmerso en ellos. Titubeante, por primera vez en su vida, quiso decirle algo. Saludarla gentilmente para acaparar su atención. Pero cuando logró hilvanar las palabras con las que intentaría cortejarla, ella ya se había incorporado, dispuesta a desaparecer para siempre de su vida. Entonces, advirtió aún en el suelo un pesado libro que le resultó familiar y antes de que ella pudiera recuperarlo, lo tomó entre sus manos y se lo entregó gentilmente.

Sorprendente.- murmuró con un halo de misterio que generó por primera vez en ese encuentro que los ojos de la muchacha se toparan con los suyos de forma directa.- No todos los días uno encuentra dos maravillas incunables por las calles de Florencia…

Tímidamente, la mujer esbozó una disimulada sonrisa y dejó caer en aquella calle cada vez más desierta un gemido tímido de aprobación.

Veo que conoce acerca de la imprenta de Gutenberg.- sugirió.- Esta es una biblia producida allí. La primera, según me dijeron. Démela, lo he visto deambulando por doquier y estoy al tanto de las fechorías de las que es capaz. Significa mucho para mí este libro…

Me apena que tenga un concepto tan errado sobre mí. Pero con placer le devolveré esta pieza, no me interesa. Lo que sí muero por saber es si ha podido estar cerca de las máquinas de tinta. ¿Ha logrado verlas? ¿Cómo son? De casualidad no tendrá bosquejos de su mecanismo, ¿verdad?

Al escucharlo hablar con tanta pasión acerca del tema, la mujer sintió dos cosas: por un lado, una profunda pena por no poder corresponder a su intriga con datos acerca de la maquinaria, y por otro, una ternura que comenzaba a aflorar dentro de él.

Sabe mucho del tema.

Es mi vida. Inventar cosas, sacarle respuestas a la existencia. Intentar ir más allá de los límites del hombre. Por cierto, mi nombre es Leonardo Da Vinci. - se presentó, obnubilado por la belleza de la muchacha.

Es un placer, Lisa Gherardini. - mintió, usurpando una identidad desconocida que había oído al pasar por uno de los mercadillos.

Luego de atravesar la ciudad entre charlas que oscilaban entre la filosofía y lo intrascendente, ambos llegaron al estudio de Leonardo. Al entrar, luego de mover una pesada puerta con un gesto mínimo que activaba un complejo mecanismo, desconocido para la época, indicó a la mujer que lo acompañara y comenzó a caminar hacia sus inventos. Le mostró su hélice, un artefacto que estaba convencido de que podría hacer volar a los hombres, un caballero robótico que había creado para el duque de Milán y un auto blindado que había diseñado para la guerra.

Mientras le explicaba cada uno de sus inventos, la fascinación de la mujer por el inventor aumentaba. La pasión con la que describía como hazañas cada uno de sus descubrimientos la dejaba perpleja. Recordó que allí de dónde venía no existían tales proezas intelectuales, su gente había sido embriagada por las mieles de la adrenalina bélica y el desarrollo científico como virtud al servicio del conflicto, por lo que jamás se habían detenido en cultivar la mente para dejar un legado.  Las invenciones reflejaban una mezcla perfecta entre los ideales de su pueblo, pero detrás guardaba una belleza alquímica que le resultaba ajena.

Leonardo explicaba cada invento con la boca llena de ilusión, como si fuera un chico hablando de sus juguetes favoritos, y ella lo escuchaba embelesada. Así, cayó la noche entre anécdotas que entrelazaban cada una de las piezas en un único engranaje de genialidad. Durante las siguientes horas, Leonardo le ofreció pintarla para capturar aquel momento único. Al alba, el sol los sorprendió con las últimas pinceladas en un acto mágico. El artista trazaba pinceladas sin esfuerzo, como si se tratara de una danza. Solía tardar meses, incluso años en culminar sus obras, pero cuando vio el resultado permaneció atónito. Aquella sería seguramente su más perfecta creación. Cada pincelada parecía narrar en un idioma único, como ecos de una verdad olvidada en el fondo de la historia, una oda a la belleza.

Ensimismados, contemplaron aquella obra con el cariño de dos padres primerizos.

Es la obra más impresionante del universo. - confesó ella, con los ojos empañados por primera vez en su vida.

De repente, un ruido estridente, proveniente de la calle, los sobresaltó. Gritos agónicos salpicaban las calles y un remolino de personas corrían desamparadas intentando refugiarse. Atónito por el espectáculo y ávido de respuestas, Leonardo corrió hacia la ventana para averiguar el causante de los quejidos. La mujer permaneció impávida en la silla en la que se había instalado al principio de la noche, adoptando una postura inmóvil para que él la pintara. Únicamente había roto aquel pacto tácito para abrazarlo una vez que culminó la pintura, sin embargo, esta vez era distinto. De haberse tratado de algún otro agente que hubiera instalado el caos fuera, hubiera corrido también a constatar el motivo de la abrupta interrupción, pero conocía bien esos quejidos.

Mi hermano trajo otra vez a ese bicho del demonio. - susurró para sí. - Vino a buscarme con su mascota, sabe que sino no me movería de aquí.

Entonces, la muchacha se puso de pie. Decidida, atravesó el taller estoicamente, sin mirar a su compañero de tertulia que le había decorado la noche en las vísperas de aquel ocaso de destrucción. Ahorró las despedidas, para evitar que el dulce y cruel abrazo del adiós empañara el momento y la encadenara a hacer lo anhelado por sobre lo debido. Sin siquiera mirarlo a los ojos, cruzó la puerta desapareciendo de su vida para siempre.

Leonardo la siguió instantáneamente, corriendo detrás de ella como un niño en busca de una excusa. Al percatarse de esto, ella intentó detenerlo, pero un sinfín de razones que él jamás comprendería se le agolparon en la boca. No hubiera podido – aunque hubiera tenido la oportunidad – explicar a lo que se atenía si cruzaba el umbral que separaba los dos mundos: aquel en el que habían sabido ser felices por un rato, el tiempo exacto que dura la felicidad, de aquel más oscuro e indomable, el de la destrucción de la cordura. Pero ya era demasiado tarde, Leonardo se había asomado al infierno que esperaba al otro lado de los mecanismos de la infranqueable y pesada puerta de su estudio y se había aventurado desnudo a lo desconocido.

Como en un relámpago, presenció como la inmensidad de la Lébula la engullía en un soplido de la realidad, arrancándola de su vida para siempre. Fue entonces, cuando buscándola entre los rastros de la existencia se topó por fin con la figura colosal y deforme de la bestia. Intuyó que aquello no era un buen presagio y que seguramente acabaría con todo si la observaba, pero el miedo jamás lo había conducido a ningún lado. Recordó cuando una vez, de niño, soñó con volar. Entonces, observó a los infinitos ojos del monstruo y lo supo todo.

El trance duró apenas unos segundos, en un chasquido incandescente, Leonardo había recuperado la noción del espacio y el tiempo. Aún aturdido, entró raudamente a su atelier y de manera brusca tomó entre sus manos el cuadro que había creado horas antes. Con una furia inusitada, creo una pira improvisada con algunas otras obras y cuando la llama cobriza acariciaba el alto techo de su guarida, arrojó su última creación al fuego, rompiéndose en un llanto desconsolado.

Pasaron semanas sin que nadie en Florencia supiera de Da Vinci. El contacto de la Lébula con la humanidad duró un pestañeo, por lo que casi nadie se enteró de su llegada ni de su partida. Algunos habían comenzado el rumor de que el artista se había fugado para no tener que enfrentarse a la encomienda del confaloniero Piero Soderini. Otros se aventuraban a inventar detalles de escabrosas muertes, producto de la envidia. Recién al cumplirse los doce días desde su desaparición, Virgilio acudió al taller para constatar aquello que temía. Sin embargo, su descubrimiento fue aún peor.

Al ingresar, tras resolver las encriptaciones que Da Vinci le había enseñado en interminables noches de copas para que lo escoltara a su guarida cuando no podía regresar por sus propios medios, encontró dentro un panorama desolador. Todas las paredes del lugar estaban pintadas con zarpazos de carmesí, como si se tratara de una grotesca escena bélica. Acurrucado en el suelo, con la mirada perdida en un punto fijo e indeterminado, Leonardo temblaba y balbuceaba incoherencias. Lo encontró lánguido, como si hubiera pasado varios días sin probar bocado y con una baba seca que pendía de su boca y parecía haber tomado contacto con la intemperie días atrás. Virgilio quedó estupefacto. Rápidamente, corrió a su encuentro y tras incorporarlo entre sus brazos le hizo beber un vaso con agua. Tardó varios minutos en calmarlo y por fin consiguió que la frecuencia cardíaca recuperara su ritmo habitual.

Recién entonces, Leonardo pudo mirarlo a los ojos. La mirada era la de un cachorro abandonado, frágil y demoledora. En un sutil intento por reanimar a su amigo, sin conocer aún el motivo que lo aquejaba, el cantinero deslizó una noticia que parecía prometedora:

-          Leonardo, recomponte. Prepárate porque la mujer de Francesco del Giocondo, ​ un comerciante que está dispuesto a pagar una gran suma de dinero, quiere ser retratada. El dinero servirá para que recompongas este chiquero después de tanta ausencia. El confaloniero aún te espera, no trabajará con nadie más que no seas tú. - entonces, hizo una pausa antes de desvelar el nombre de la interesada. - Su nombre es Lisa Gherardini.

Al oír esto, los ojos de Leonardo se iluminaron. Raudamente se puso de pie, con una ilusión que creía haber perdido para siempre. Organizó en un instante todo su taller, dejándolo reluciente e indicó a Virgilio que acordara cuanto antes la visita de aquella mujer.

-          Haré el retrato más impresionante del universo. - sentenció feliz, mientras acomodaba sus pinceles de mayor a menor y buscaba todos los tonos de azul para alimentar su paleta.


 

De regreso en la caótica ciudad de Buenos Aires, la mujer que había logrado poner a raya a Levi y devolverlo a su forma original, comenzó a reír a carcajadas. Desaforadamente, su risa comenzó a replicarse en espasmos por doquier, dejando helados a todos los presentes, mientras V’Zaldok, la verdadera identidad de Levi, intentaba nombrarla, aún con pavor.

-          T’Getha, ¿cómo me encontraste? -preguntó, atónito.

-          Conozco este lugar como la palma de mi mano, que hayas intentado prohibírmelo por siglos no quiere decir que no haya podido estudiarlo.

En cada carcajada que la mujer no dejaba de soltar, su cuerpo iba sufriendo una constricción agónica y desesperante. Sin embargo, ella apenas advertía los espasmos, mientras se transformaba intermitentemente en una niña rubia y luego saltaba a una mujer castaña de rostro apacible y sonrisa indescifrable. Lo único que permanecía inmutable eran sus profundos ojos azules.

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