ANEXO III Matemos al mensajero.
Al caer la noche del primer día, un sonido atípico sobresaltó a los refugiados en el subsuelo de la Biblioteca Nacional. Ante la mirada preocupada de la flamante candidata a Miss Argentina del año próximo, el Presidente ordenó a sus guardaespaldas que subieran a recabar información acerca del intruso, con la creciente sospecha de que finalmente los invasores habían llegado.
Mientras las
corpulentas figuras se alejaban del salón oval, convirtiéndose de a poco en
manchas a la distancia, el resto de los presentes comenzó a esconderse en los
primeros lugares que encontraran, por más absurdos que fueran, como si se
tratara de una mímica deforme del ritual de ocultamiento para agasajar a un
cumpleañero.
A medida que pasaban
los minutos, la preocupación se hacía cada vez más visible y los ánimos
generales habían mutado del miedo y la incredulidad al tedio y la
desesperación. Poco a poco comenzaron a oírse, replicados por el eco de la
inmensa sala y el silencio abrumador en el que estaban sumergidos, los primeros
ruidos de inconformidad: toses secas, descompasadas y movimientos acartonados al
tratar de adoptar posturas más idóneas que las originales, producto del acto
reflejo de la supervivencia.
- Me duele cada centímetro del cuerpo,
Presidente.- reclamó en una penosa súplica un achacado escritor, cuya última
novela, de alta implicancia política en sus páginas, prometía postularse para
los mayores galardones de la materia.
- ¡Sh! Parece que regresan- sentenció la
Vedette que había terminado escondida cerca de la puerta, interrumpiendo la
queja del literato.- Escucho los pasos de los grandotes. Parece que arrastran
algo pesado.
Entonces, por algunos
segundos, todo fue silencio.
Nadie pronunció una
sola palabra, pero por segunda vez en la jornada las miradas sobrevolaron el
lugar como dardos penetrantes en busca de una víctima en la cual depositar el
veneno del propio pavor.
Al
instante, cruzaron las inmensas puertas que comunicaban la sala con el resto
del subsuelo las dos moles que custodiaban al Primer Mandatario. Cada una
llevaba del brazo, como si fuera un bulto inerte y pesado, un cuerpo lánguido.
Su aspecto era desgarrador. El rostro moreteado y grotesco parecía ser lo único
que se vislumbraba a través de su
atuendo: una enorme campera de pluma naranja y unos pantalones de gimnasia
negros con tres tiras a los costados. Una vez que ingresaron al recinto, ambos
guardias depositaron al intruso en la silla vacía que el difunto artista había
dejado huérfana horas atrás y comenzaron a amordazarlo y maniatarlo hasta
dejarlo inmóvil, ante la impávida mirada del resto de los asistentes.
El
Presidente apartó a los especialistas del resto de la gente, en una oficina
contigua y tras media hora de reunión en sigilo salieron resueltos a tomar
medidas extremas ante la incuestionable amenaza.
-
Estimados, no quiero alarmarlos. Pero
ante ustedes tienen al primer ejemplar de los invasores. Afortunadamente, mis
hombres han logrado darle caza cuando intentaba ingresar en el edificio. Sin
embargo, no podemos confiarnos. No nos dejemos llevar por su aspecto humano,
estos bichos han de ser hábiles estrategas y contarán sin dudas con
indescriptibles habilidades de camuflaje, para infiltrarse en civilizaciones
enemigas y seguramente así obtener información. Lo mejor será tener a éste atado
hasta que revele su verdadera forma. Seguramente, con el correr de las horas su
poder se debilite y baje la guardia, disolviendo su astuto disfraz. También, al
tenerlo débil, seguramente logremos que nos conceda información acerca de los
suyos y el motivo de la invasión…
Desde
la silla, en el centro del salón oval, el rehén intentaba desesperadamente
suplicar para que lo liberaran, pero de su boca apenas alcanzaba a distinguirse
alguna palabra perdida entre un sinfín de murmullos ininteligibles y jadeos.
-
Me parece que es una persona común y
corriente, Presidente.- sugirió con timidez y un marcado acento italiano un
renombrado chef que solía aparecer en programas televisivos, pero que hasta
entonces no se había pronunciado nunca durante la velada.- Ma’ bien parece un
pobre cristiano que no tiene un cazzo que ver con toda la cuestión. Mejor que
lo liberemo’ antes que nos haga una denuncia.
Pero
el Presidente prefirió hacer oídos sordos a la sugerencia del astro culinario y
ordenó a sus esbirros que propinaran al intruso una paliza confesora que le
ablandara la lengua. En sincronía, ambos comenzaron a golpearlo fuertemente en
el rostro, desfigurándolo cada vez más. A sus pies, el camino de sangre que
había formado a medida que lo arrastraban desde fuera parecía un río que
desembocaba en un inmenso lago rojo que no paraba de llenarse puño tras puño.
La
Vedette, recordando lo ocurrido con el artista comenzó a llorar sin control
mientras la Miss Argentina, igual de compungida pero más acostumbrada a ocultar
sus emociones de cara al público, tampoco podía contener el desasosiego que
comenzaba a apoderarse de su rostro.
-
¡Basta ya, lo están desfigurando!-
gritaron al unísono, desconsoladas.- Van a matar a éste también.
Recién
entonces, el presidente posó una mano sobre el hombre más grandulón y con la
mirada indicó a ambos que frenaran. Con los puños destrozados y teñidos de
rojo, ambos comenzaron a jadear mientras bajaban de la euforia desmedida del embate.
Pero lejos de acatar la sugerencia de la mujer, el Primer Mandatario se acercó
al herido y agarrándolo de los pelos levantó su rostro hasta que la quijada
quedó paralela al suelo y los ojos inyectados en terror y sangre se clavaron en
los suyos.
-
Al parecer entendés nuestro idioma así
que voy a ser claro. Vamos a darte una última oportunidad para que nos digas
quienes son, qué hacen aquí y qué planes traman.
Acto
seguido, el Presidente bajó la mordaza que apretaba la boca de aquel sujeto y
una vez que éste se repuso lo increpó duramente con la mirada para que hablara.
-
Le juro, Presidente. Soy un repartidor,
un simple repartidor.- suplicó entre sollozos mezclados con vómitos de sangre.-
Traje… traje el pedido que solicitaron hace una hora. Unas pi… Unas pizzas.
Sin
embargo, el Presidente no parecía muy convencido de la vulnerable confesión.
Indicó con un dedo que sus esbirros se llevaran al sujeto y una vez que éste,
junto con las dos moles, salió del recinto nadie jamás volvió a verlo. Afuera,
quedaron huérfanas a la intemperie y abandonadas a merced de la verdadera
invasión la moto con el bolso naranja, igual que la campera del repartidor y
las pizzas desperdigadas por la vereda.

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