ANEXO V: Palomita blanca.

Cada vez que Miguel Ángel tenía pesadillas y despertaba sobresaltado en medio de la noche, su abuela Irma solía cantarle una vieja canción de cuna caraqueña.

 

'Palomita Blanca

¿Qué estás haciendo?

Lavando la ropa para la boda.'

 

Con aquella suave caricia el niño olvidaba en un segundo las pesadillas, los agarrones en la escuela y la indiferencia de su padre. José Antonio Salazar era la mano derecha del gobernante de turno en tierras bolivarianas y pasaba pocas horas en su hogar. Por eso Miguel Ángel debía elongar su imaginación con juegos fantasiosos para pasar las tardes, luego de las arduas jornadas escolares repletas de pleitos y hostigamiento por parte de sus compañeros.

 

Resulta que Miguel Ángel odiaba los deportes y a pesar de los ingentes esfuerzos de Don José Antonio por inscribirlo en béisbol o baloncesto, el joven prefería la fotografía. Con sus primeros ahorros logró comprar una cámara Canon con un lente de 18-55mm.

 

Desde entonces, destinó sus tardes a escapar de los fatigantes entrenamientos para ir al centro de Caracas a intentar capturar momentos inéditos. Para su corta edad, el manejo del lente que tenía era prodigioso. Lograba enfocar con una nitidez impecable las facciones de las ancianas vendiendo arepas en las veredas, los hombres de tez ajada por el impiadoso sol conversando con un 'tinto' en la mano o los 'pelaos' jugando a la pelota entre el gentío.

 

Con el correr de los años su destreza fue mejorando e imprimiendo en sus imágenes un sello distintivo que le podrían abrir camino en el arte de congelar instantes. Miguel Ángel salió antes de clase aquel caluroso viernes y corrió a tomarse una 'guagua' rumbo a la Universidad Pedagógica Experimental Libertador que liberaría aquella tarde un concurso de fotografía.

 

Regresó aquella noche fatigado, con el volante validando su inscripción en una mano y el sobre de papel madera con los ejemplares que presentaría ya impresos para la semana siguiente. Su emoción era tan honda que no pudo pegar un ojo hasta entrada la madrugada. Quizás hubiera sido mejor que se mantuviera despierto.

 

A la mañana siguiente, Miguel Ángel encontró desparramadas en trizas sobre su cama, como en un espeluznante homenaje a Francis Ford Coppola, los restos de los ejemplares que presentaría y el boleto que acreditaba su inscripción. A sus pies, la esfinge aterradora de Don José Antonio Salazar mirándolo con desprecio. El hombre no dijo nada, pero al verlo Miguel Ángel entendió a la perfección que aquella acción había torcido su futuro para siempre.

 

Fue enviado esa misma tarde al Aeropuerto Internacional Maiquetía Simón Bolívar junto al chofer de la familia y su abuela, para volar esa noche rumbo a Argentina. Su padre había logrado a último momento, moviendo un par de contactos, inscribirlo en un curso de ingreso para medicina que comenzaba la semana siguiente.

 

Al llegar, con lágrimas en los ojos abrazó a su abuela y le susurró al oído antes de embarcar:

 

'Palomita Blanca

¿Qué estás haciendo?

Lavando la ropa para la boda.'

 

Su adaptación en su nuevo hogar no fue tan ardua. Aprobaba con cierta facilidad las materias y había logrado cosechar un puñado de conocidos que con el tiempo añejarían amistades, pero que por el momento no estaban entre los primeros números de sus contactos. Su principal preocupación, sin embargo, era destinar sus tardes a su verdadera pasión.

 

Con el tiempo fue dejando de lado aquella carrera impuesta, de la que recordaba cada vez menos datos hasta olvidarse incluso de las aulas donde cursaba, para dedicarse a tiempo completo a la fotografía. De esto, nuevamente, no tardó en enterarse el viejo Salazar que le cortó los víveres, le prohibió volver a su tierra y lo mandó a ganarse el pan para seguir viviendo en el país.

 

Fue así que se inscribió en el primer concurso que encontró por internet. Afortunadamente, se trataba de uno que no solo apremiaba con una cuantiosa suma económica que le valdría para solventar el alquiler junto con su reciente trabajo como delivery, sino que además prometía una beca en una prestigiosa escuela de arte multimedial. 

 

Tal fue su suerte que al salir de la inscripción dio con la imagen ganadora. Lo sabía, no podía ser de otra manera. Sacó la cámara que siempre llevaba consigo del morral, estacionó la bicicleta con el pedido que debía entregar luego a una dirección cercana y apuntó el objetivo con la boca abierta, sabiéndose vencedor. Se sentía el único en la ciudad. 

 

Al gatillar, decidió como en una revelación que titularía su obra en honor a su abuela y la canción que tantas veces lo había salvado. Pudo ver por un instante su futuro. Se vio a sí mismo recibiendo importantes premios de fotografía, trabajando para los grandes. Pudo ver por fín la mirada de orgullo de su padre. Guardó la cámara en el bolso, se subió a la bicicleta y empezó a pedalear hacia destino.

 

Lo siguiente fue un blanco estremecedor, algo que le retumbaba constantemente en la cabeza y una sensación tibia que le bajaba de la nariz hacia los labios. Sentía los párpados cansados y casi no podía abrir los ojos. Vio un montón de sombras confusas a su alrededor y le pareció oír preguntas que creyó responder vagamente antes de desvanecerse nuevamente.

 

Cuando por fin despertó empapado en sangre y un sudor frío que le recorría la espalda, vio nítida y angelical sobre él una figura femenina que creyó reconocer de alguna parte. Era una mujer voluptuosa y a pesar de su edad, radiante. Estaba completamente maquillada, pero en sus ojos veía reflejados la desesperación de la muerte. Sentía a través de ella la sensación desesperante del peligro inevitable de alguien querido. Como si intentara en vano salvar a alguien de morir.

 

Hizo memoria, a pesar de la intempestiva jaqueca y la recordó: Mora Cantilo, una de las vedettes más importantes de la Argentina, que tantas veces había visto por televisión desde su llegada. Estaba cantándole una canción que le resultaba familiar. Era la canción que solía cantarle su abuela:

 

'Pasó un hombre joven

Con un traje blanco

Sombrero de lado, mi novio.'

 

Se sentía en el cielo. Aquella mujer besándolo apasionadamente, una y otra vez; y en su bolso la única imagen nítida captada de un plato volador pasando a solo unos kilómetros de la tierra, su boleto al éxito.

 

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