CAPÍTULO XII: Apaguen los televisores, miren al cielo.


Franco Caride supo el 16 de Julio de 1969 dos cosas: La primera, que a sus siete años de edad había encontrado su vocación, ser el periodista más conocido del país. La segunda; que destinaría su vida para demostrar que aquella ilusión que le había regalado la pantalla del viejo televisor de la sala, al ver a esos dos hombres dentro de trajes blancos bajando del Apolo II y flotando sobre aquel suelo rocoso, era verdad. Armando, su padre, había apagado furioso el televisor y entre susurros despreciables le ordenó que se sentara a la mesa para cenar.

- ¡Falta nomás que inventen ahora que debajo de la tierra hay monos en una ciudad de oro!- exclamó irónico.- ¿Podés creer, Norma?

La madre de Franco dejó la bandeja humeante, repleta de canelones en la mesa y se sentó con la mirada vergonzosa de cara al televisor apagado, como si intentara en vano rescatar algún destello de aquella noticia que estaba cambiando el mundo, pero a ellos les había sido prohibida.

- No te pongas así, Armando, que después te sube la presión y terminamos en el hospital. Como aquella vez en lo de los Jaureche que discutiste con el hijo de Claudio porque llevaba el pelo largo.

- La juventud está perdida... Pero esto es diferente, Norma. Esto es una pantomima, un engaño. Está todo filmado por ese director... El que hizo 'Psicosis'...
- ¿Hitchcock?

- No, Norma. Ese que es medio regordete, que se parece a tu hermano. El que hizo también ésta... 'Los Pájaros'.

- Hitchcock... Alfred Hitchcock...

- Bue. Dejá. Ya me voy a acordar...

Al día siguiente en el colegio no se hablaba de otra cosa. Ya en las filas para izar la bandera comenzaron los susurros y las risas nerviosas por la emoción. Y cuando la voz femenina y refrita entonó la frase 'Azul un ala, del color del cielo' todo el patio se vino abajo en un enardecido aplauso. Bruno fue el único que permaneció ajeno al entusiasmo generalizado que llegó a contarse incluso entre los profesores y la directora, que dejó escapar alguna lágrima creyendo que estaba haciendo bien su trabajo.

Ya en clase, las notas disimuladas en bollitos de papel iban de mano en mano: algunas llevaban escrito en mayúsculas 'NEIL ARMSTRONG', como homenaje rústico y práctica caligráfica y gramatical para lo que años más tarde se convertiría en tatuajes y grafitis. El ídolo inmortalizado. Otros papeles llevaban la frase 'Un pequeño paso para el hombre, un gran paso para la humanidad' como leid motiv y sentencia absoluta. Uno de éstos llego a manos del pequeño Franco, que lo miró absorto sin comprender su significado y lo pasó a otro de sus compañeros sin entender muy bien dónde estaba en clase, ni en el universo.

Al llegar la hora del recreo, las conversaciones se desenvolvieron con mayor soltura. Se formaban corros en torno a aquellos afortunados que lograron convencer a sus padres para quedarse despiertos hasta tarde y ver las repeticiones del alunizaje, que inventaban nuevas declaraciones, frases heroicas e incluso apariciones de extraterrestres escondidos dentro de los cráteres.

- Yo lo ví volar a Armstrong, en la repetición de la 1 de la mañana de Canal 7.- sentenció Ricardo Solís, el pibe más popular del curso desde lo alto de uno de los bancos del patio gris.

- ¡Yo ví unos ojos encenderse desde el interior de uno de los cráteres justo cuando clavaron la bandera! - juró Esteban Almada, su mejor amigo y fiel secuas, celoso desde siempre de su fama.

Poco a poco, todos fueron contando entre risas y burlas las más disparatadas historias. Al llegar el turno de Franco, este quedó mudo. La mirada de sus compañeros se clavaba en sus ojos como espadas penetrantes e intrusivas. Todos esperaban que contara su experiencia en lo que para todos había sido el hito compartido de su niñez. Pero Franco enmudeció y quedó así el resto del recreo y de la primaria. Desde entonces, se volvió un obseso fanático de lo espacial.

Durante sus siguientes años, comenzó a formarse indirecta y directamente en el periodismo, estudiando redacción de manera autodidacta en casa después de clase o practicando locución y fonética frente al espejo. Estaba empecinado en volverse el mejor. Una vez que entró en el ISEC no hizo otra cosa que destacar como el primero de su camada, enorgulleciendo a sus padres, pero sobre todo a Armando que jamás sospecharía que aquel desempeño era una desenfadada respuesta a su reprimenda y prohibición años atrás.

A los pocos años Franco Caride logró recibirse con honores y entrar en Canal 7 como notero del noticiero del mediodía, haciéndose de a poco un lugar en los medios. Con el correr de los años su expertís fue creciendo y comenzó a desenvolverse de una manera atrapante. La audiencia sintonizaba el informativo únicamente para verlo brillar en exteriores, sin importar la nota que cubriese. Su locuacidad junto con su atractivo lo transformaba en un imán para todo tipo de público, que quedaba prendado frente al televisor.

Antes de decir sus últimas palabras, para indicarle al cámara que apagara todo y corrieran para huir de allí lo más pronto posible, antes de que colisionara el bólido, Franco Caride recordó aquella noche y el rostro de su padre rojo como un tomate de la furia. Para su sorpresa, como una burla irónica del destino, dijo algo que lo hubiera enorgullecido. Sin embargo, esta vez sí era cierto.

Más de medio siglo después de aquella noche que marcaría su vida, a sus cincuenta y tres años, Franco Caride se había transformado en el periodista más importante de la televisión argentina. A pesar de conducir su propio programa, en el prime time de la grilla del canal más importante, esta vez debería volver a exteriores luego de la misteriosa desaparición de Toño Villar, su corresponsal estrella.

La idea le resultaba inquietante y volvía a encender dentro suyo la llama del periodismo. Pero no solo se trataba de volver a recorrer las calles, la noticia a televisar encendía su verdadera pasión: debía cubrir la inminente llegada de los invasores.

Una vez en el lugar, el periodista comenzó a ponerse cada vez más nervioso. Las calles estaban desoladas, ni siquiera el viento se animaba a correr a través de los edificios. Solamente estaban él y su camera man como náufragos en la tormenta. Comenzaron a sudarle las manos y la frente, con un sudor frío y aterrador. Empezó a temblar como si hubiera estado durante horas dentro de un frigorífico.

- ¡Acción! - gritó el camera man, haciéndole un gesto con la mano.

Franco Caride se quedó perplejo frente a la cámara, con la mirada prendida y el micrófono inmóvil frente a su pecho, ante millones de persona. Desde el piso le avisaban por cucaracha que el rating estaba subiendo a pasos agigantados. Luego de unos segundos, habían logrado superar los dos mayores hitos televisivos de la historia nacional, el gol de Maradona a los ingleses y el casamiento de Palito Ortega. Pero esto poco le importó al periodista que permanecía inmóvil, con la boca reseca.

Intentó hablar, pero no pudo. Estaba en blanco. Cada vez que abría la boca, lo único que atinaba a hacer era balbucear. Decía palabras indescifrables e inconexas. De a poco estaba lapidando su carrera, a la par de la de su camera man y todos los del estudio.

Fue recién cuando advirtió en la mirada atónita de su compañero que ya no estaba puesta en él ni en la pantalla de la cámara, sino en el cielo, que comprendió la fatalidad de lo que estaba ocurriendo. En un rapto de consciencia recuperó la voz y únicamente atinó a decir una oración, que en verdad era un ruego:

- Apaguen los televisores. Miren al cielo.

Luego, la transmisión se cortó.

 

Comentarios

Entradas populares de este blog

ANEXO III Matemos al mensajero.

CAPÍTULO V: Espacios Liminares.

CAPÍTULO XXX - Pentimento.