CAPÍTULO XIII: Tres hombres con suerte.
A pocas horas de que las inequívocas hordas que se aproximaban a la tierra desde las profundidades del espacio arribaran finalmente, el destino de tres hombres se vería hermanado bajo el manto áspero de la suerte, que es la caricia de los mediocres.
Un fastuoso y desproporcionado despliegue policial se presentó en la puerta del
departamento de Sebastián con más prisa que paciencia, derrumbando la puerta
como quien derriba castillos de arena. Ingresaron torpemente, tumbando cuanta
evidencia entorpeciera su paso, en busca del criminal más buscado a esas horas
por cada rincón del país.
Mientras tanto, veinte
metros bajo tierra, se llevaba a cabo un improvisado juicio por presunto crimen
de lesa humanidad. El acusado, Elías Mastromarino, estaba siendo juzgado por
atentar contra la credulidad y la buena fe de un contingente de víctimas
expectantes que se encontraban desamparadas ante la inminente invasión
alienígena, promulgándose como único conocedor de la raza invasora, principal
testigo del advenimiento y potencial mesías ante la hecatombe que se avecinaba.
A su defensa, la joven e implacable Toti Moreira que había seguido de cerca los
testimonios del acusado desde que se congregaron debajo del asfalto
metropolitano. Ella había oído cada historia y logró en su cabeza armar un mapa
de testimonios y acontecimientos que desanudaran la entorpecida madeja de la
verdad. Pero sobre todo, había hablado y escuchado a Mastromarino con la atención
de un niño que escucha una maravillosa historia. Así, había logrado aunar su
versión de los hechos con el pasado del hombre, acertando para sí misma un
único e irrevocable discurso.
Sin embargo, en la estación
de Facultad de Medicina el ambiente hostigante presagiaba una sentencia
irrevocable: Los recién llegados promovían un cambio liderados por Gaona, un
hombre plantado y seguro de sus actos, mientras que los que ya habían
permanecido durante días prisioneros voluntarios en aquel reducto comenzaban a
descreer de las palabras de quién hasta entonces había sido un faro en medio de
la oscuridad.
Al momento exacto en el que
el hermano Werthein que oficiaría de juez alzó la voz y el improvisado martillo
para dar comienzo al juicio, una inesperada y furtiva gota calló sobre su
cabeza, frente a la mirada del público expectante, de los implicados en la
ceremonia pero por sobre todas las cosas, ante los ojos incrédulos y atónitos
de Gaona y Mastromarino, que no daban crédito a lo que veían.
Ambos, a su forma, sabían
que aquellas filtraciones no daban cuenta de una simple falla urbanística en
plena Avenida Córdoba, no se trataba de una pérdida del tendido cloacal.
Aquello se trataba de algo más ominoso y estremecedor. Sin embargo, cuando el
acusador se dispuso a dar explicación de lo que estaba ocurrido, el acusado le
ganó de mano:
-
Pensarán que esto se trata
de una falla gubernamental, que algún caño se habrá rajado en las profundidades
infiltrando agua a través del duro cemento que cubre nuestras cabezas.- comenzó
a explicar Elías.- Nada más alejado de la verdad, lamento desilusionarlos.
En ese instante, así como
inició de manera abrupta e improvisada, el juicio se esfumó de las expectativas
de los presentes. Gaona, que intuyó
hacia donde se dirigía la disertación de su contraparte se mantuvo en silencio,
consciente de que es de sabios callar. Fue Marinelli quien intentó recobrar las
riendas de la situación para su molino e interrumpió al hombre:
-
¿Es acaso ingeniero del
Gobierno de la Ciudad, buen hombre? ¿Está encargado de las reformas de la Plaza
Houssay o qué?- dijo, increpando a Elías, luego se dirigió a Gaona.- Creo que
lo que pretende es que desestimemos el juicio…
Entonces, Toti Moreira
interrumpió al hombre:
-
¿Con qué autoridad vienen a
juzgar cuatro ancianos desnudos, con las pieles colgando de forma desagradable?
Hasta ese momento los
visitantes no se habían percatado de la mirada esquiva de la multitud, las
risas cómplices por lo bajo, el verdadero juicio silencioso que caía sobre sus
cabezas. Los cuatro, como si se tratara de un efecto en cadena, comenzaron a
sentirse cada vez más avergonzados. Sin embargo, Marinelli atinó a replicar:
-
Con la misma autoridad con
la que un lunático envuelto en papel metálico intenta arriar a un rebaño de
ovejas eléctricas por un túnel incierto mientras arriba se está acabando el
mundo. ¿Qué creen, que la vieja creencia de que el papel metálico interfiere en
las ondas y protege nuestros cerebros es cierta? ¡Ja! No me hagan reir…
Fue recién
en ese instante cuando Elías Mastromarino volvió a abrir la boca:
-
No se trata de proteger nada
más que nuestra integridad como seres humanos y nuestro accionar colectivo. Los
trajes que usted ve en mi gente y tanto critica no son para protegerlos de
ondas informativas que pueda captar el enemigo, sino para identificarnos
fácilmente en la oscuridad. Fue el recurso que encontramos a mano, como verá el
panorama no propicia mayores bricolajes…
Marinelli bajó la cabeza y
permaneció en silencio, envuelto en una vergüenza apabullante. Entonces fue
tácito el acuerdo común de suspender el juicio y sin más alegato el grupo dejó
a Elías continuar con su discurso.
-
Creo oportuno a estas
alturas y habiendo subsanado la confusión de ese juicio absurdo, presentarme
como es debido ya que mi facha actual no hace justicia a lo que intento
transmitirles. Mi nombre es Elías Mastromarino y mi edad ya no conoce de años.
He vagado en el sinsentido durante décadas…- a medida que pronunciaba estas
palabras su mirada comenzaba a perderse en el vacío.- … Pero antes de que esto
ocurriera fui un profesor de historia.
El público que lo escuchaba
atento quedó atónito ante la revelación.
-
Permítanme profundizar un
poco en aspectos más personales de mi vida para darme a entender. Desde chico
la historia me apasionó y en la juventud se convirtió en algo más que un
interés, en una vocación. Fue así como ingresé en la carrera de Historia. Comencé
entonces a investigar y obsesionarme con ciertos hitos comunes a todas las
civilizaciones y tras tirar del misterioso hilo de la verdad llegué a una
aterradora conclusión. Poco a poco comencé a alejarme contra mi voluntad de mi
familia y amigos, hasta terminar viviendo en la calle a cambio de unas migajas.
Nadie me creía, pero el precio de la verdad es mayor que cualquier vínculo.
Solo la verdad nos hará libres… Sin dudas este amor desmedido comenzó con un
libro que aún guardo celosamente conmigo…
Entonces Elías se alejó de la
muchedumbre e ingresó al vagón donde Bruno Cabral intentaba recobrar la
frecuencia modulada que había dejado al periodista a medio camino entre la
revelación y el absurdo.
En la superficie, inmóviles
en plena calle Corrientes se encontraban Franco Caride y su camarógrafo, perplejos
ante el colosal espectáculo que comenzaba a abrirse en el cielo como una grieta
irreparable del mundo mismo, a pesar de la copiosa lluvia que caía sobre sus
cabezas y había comenzado a inundar todo a su alrededor. De repente, algo los
distrajo de las naves cada vez más próximas.
Sebastián atravesaba a toda
velocidad el cielo negro, repleto de una bruma espesa. Su mirada, enfocada en
el horizonte, reflejaba una ira contenida incapaz de domar. Franco Caride y el
joven cameraman se miraron, conscientes de que aquel evento se había convertido
en la verdadera noticia a cubrir. Dejando de lado el miedo y desestimando el
hecho de que un ser humano flotara sobre sus cabezas a la velocidad de una
fórmula uno, atravesando con furia cuando edificio se entrometiera en su
camino, comenzaron a transmitir los sucesos para dar a conocer en cada rincón
del país la amenaza. A pesar de lo negro de aquel día, Caride había encontrado
al fin la oportunidad de su vida, por la que tanto había luchado.
A través de las fauces del
túnel que comunicaba Facultad de Medicina con la estación Pueyrredón, regresó
victorioso Elías Mastromarino con un libro entre sus manos, que había abandonado
en la formación. Se trataba de un ejemplar escolar antiguo, dedicado a la
mitología heróica de todas las culturas de la humanidad. Le había pertenecido
desde sus años de secundaria y significaba para él su tesoro más preciado, su Santo
Grial vocacional. Atrás habían quedado ya las elucubraciones y los juicios de
valor que habían atentado contra su credulidad minutos antes. Ahora todo el
mundo, incluidos aquellos que lo habían querido juzgar, estaban dispuestos a
escucharlo atentamente.
-
En todas las civilizaciones,
no importa cuán antiguas sean estas, ocurre un acontecimiento vinculante. Un
diluvio que esconde una verdad arrolladora.
De regreso en el
departamento de Sebastián, las fuerzas policiales derrumbaron la puerta del
baño, encontrándolo sentado en el inodoro, con un ejemplar del diario de la
semana anterior entre sus manos. Al ver a los efectivos, el joven los miró con
desgano, se limpió el culo con un pedazo de papel higiénico y estiró sus
muñecas para que le pusieran las esposas. Al sacarlo del lugar, Gnökz a través
de la ventana a lo largo de kilómetros hasta divisar la diminuta figura de
Sebastián atravesando con furia el cielo porteño, mientras se lo llevaban a la
patrulla.

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