CAPÍTULO XXIX: Los empapados.

En un mundo en calma, las leyes físicas actuarían como fueron estudiadas, pero al igual que el Big Bang desestabilizó todo lo comprensible, aquella noche las cosas se pondrían extrañas.

Cumplida la primera semana en la que Gaona y los suyos habían llegado al Obelisco, una tormenta despiadada azotó la ciudad. Con los primeros refucilos, la gente comenzó a asustarse. Con las primeras gotas, aquellos desprevenidos que deambulaban por las calles corrieron a guarecerse bajo los toldos. Todo indicaba que aquella no sería una lluvia más. Algo denso en el cielo les recordaba, mojados por el agua maldita de aquel diluvio que habíamos llegado a este mundo de prestado.

Al despertarse los primeros instantes de la tormenta, ocurrirían en simultáneo tres hechos que al concatenarse desentumecerían el engranaje del destino: por un lado, Sebastián Acosta llegaría a la ciudad, escoltado por un camionero del sur que llevaba en su cabeza más preguntas que certezas; por otro lado, Gnökz lograría escapar de la cárcel junto a un convicto y al mismo tiempo, por todas las emisoras del país, Alejandro Levi daría un mensaje de carácter urgente al mundo.

En todas las pantallas y radiotransmisores del país, la voz profunda y ominosa de Levi comenzó a embriagar a quienes estuvieran dispuestos a escucharlo. Desde el interior de la Casa Rosada, comenzó a dar un mensaje inquietante:

-          No teman, empapados. Sucederá una lluvia copiosa, cuya duración será exacta de 8 días.- cada palabra que decía parecía resonar hasta en el más mínimo recoveco del planeta.

Poco a poco, quienes escucharon aquellas palabras corrieron al encuentro de aquel líder que para entonces había adquirido jerarquía divina. Aquellos que habían recibido el mensaje en sus casas, comenzaron a acompañar la procesión sin importarles abandonar el refugio cálido para sumergirse en un océano humano, húmedo y caldeado. Como si se tratara de muertos en vida, pasaban de televisor en televisor a través de las pantallas de los bares que habían quedado huérfanos, con la voz de Levi como estigma y encanto de serpientes.

Una vez que la Plaza de Mayo estuvo repleta, Levi salió por el balcón para admirar el caos que había creado. Su incontrolable magnetismo hizo que la gente se agolpara, buscando admirar más de cerca su divinidad. Aquellos que estaban más cerca de las vallas de contención fueron sepultados por la marabunta que intentaba ingresar a la casa de gobierno. Entonces, Levi habló:

-          Empapados, la inundación es inminente. En poco tiempo, no habrá cultivo que quede en pie y hasta el último centímetro de suelo será demacrado. Pero vengo a proponerles una solución…

La multitud escuchaba sus palabras, embriagada por una mezcla fatídica desesperación y admiración. La ceguera era tal que no advirtieron como el cielo oscureció por completo, colmándose por la enorme sombra de la Lébula que sobrevolaba sus cabezas. Entonces, antes de que Levi continuara su discurso, un líquido distinto comenzó a bañarlo todo. Ya no se trataba de agua de tormenta. Con el correr de los segundos, dardos de este líquido cristalino y anaranjado comenzaron a azotarlo todo. Los primeros que fueron alcanzados, experimentaron un sufrimiento imposible de describir. Alucinaciones desquiciadas invadían las mentes de las víctimas, haciendo que estas comenzaran a arañar sus ojos hasta hacerlos sangrar. Era tal la desesperación que muchos buscaban a tientas una forma de morir. La gente comenzó a tirarse desde lo alto de los edificios buscando terminar con el suplicio. Otros, en la desesperada necesidad de huir, abrían sus bocas de cara al cielo para beber el néctar demoníaco. La Lébula estaba meándolo todo.

Entonces, Levi propuso dos soluciones: En primer lugar, comenzó a repartir trajes para mitigar el riego nauseabundo. Uno a uno, iban apareciendo al lado de cada ser agonizante. Desesperados, aquellos que habían sido alcanzados por la excreción del bicho se vistieron como pudieron y una vez cubiertos recobraron la compostura. Quienes vieron el suceso guarecidos, se mataron entre si por un traje que los protegiera del horror.

-          Estarán a salvo con esas prendas, Empapados. No deben temer.- sugirió con un tono paternal, antes de explicar la segunda parte del plan.- Sin embargo, esos trajes no son eternos. Deberemos trabajar en equipo para filtrar el líquido maligno.

Al decir esas últimas palabras, la multitud enardecida que ya se encontraba recompuesta, comenzó a vitorearlo.

El mensaje se extendió por todo el mundo en cuestión de segundos y a las pocas horas cada gobierno había puesto a su disposición todo lo que estuviera a su alcance para mitigar el daño. Durante los siguientes días, en un esfuerzo mancomunado, cada habitante del planeta ayudó en la construcción de lo que habría sido considerada la octava maravilla del mundo, si no se hubiera tratado de una pesadilla disfrazada de virtud.

Las únicas personas reticentes a colaborar con el magno plan fueron los rebeldes del Obelisco, que permanecieron dentro de la atalaya estudiando minuciosamente el conflicto. A ellos se les sumaron Sebastián y Trento, que llegaron como si hubieran seguido un canto de sirenas a ese lugar. Acto seguido, como si la llamada hubiera replicado de forma sobrenatural, aparecieron también Gnökz y Amarello.

Al llegar el noveno día, la ciudad y el mundo habían recobrado la calma. El cielo entero estaba cubierto por enormes placas de un metal insólito, jamás usado antes por el ser humano. Apenas lograba colarse la luz del sol por algunas rendijas aisladas, antes de que los últimos paneles que aún faltaban por colocar sepultaran al planeta en el ostracismo más absoluto, pero como el miedo siempre fue menor que las ganas de coger, a nadie pareció importarle. Todo el mundo comenzó a buscarse entre el gentío con intención de formar una orgía descomunal que quedó trunca por el frío y los malos entendidos; aún quedaba algo de moral guardada en la guantera. Los primeros camiones de bomberos empezaron a hacer lucir sus sirenas por toda la ciudad en una estridente coreografía, mientras los vecinos iban asomando las narices fuera de sus casas para reconstruir la ciudad y devolverle su forma original, transformando el caos sorpresivo y repentino en caos organizado y costumbrista. Las primeras cadenas de televisión que regresaron a sus programaciones habituales, pasaron por su grilla los resabios de la catástrofe de manera enceguecedora, sumidos en un moderno ocultismo. Al pasar el primer día en la nueva normalidad, todo era costumbre, el sexo había vuelto a ser rutina y los poetas habían cambiado sus plumas por raquetas de tenis.

Fue entonces, cuando la paz volvió a estar en boca de todos, que Levi sería forzado a mostrar su verdadero rostro.

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