CAPÍTULO XXVII: ¿A qué huelen los santos?
Al salir del subterráneo, los grupos de Gaona y Mastromarino se encontraron con un panorama desolador. Las señales intermitentes de ascenso y descenso de las formaciones de trenes se habían apagado hacía mucho tiempo, gastando sus baterías de larga duración para emergencias, cuando el contingente decidió aventurarse hacia lo desconocido.
Continuaron
avanzando a oscuras por el ominoso túnel. Gaona sugirió sincronizar los pasos
como acostumbran los pelotones militares y pisar de manera pausada y discreta,
con la intensión de minimizar el ruido por si alguien o algo estuviera
esperándolos al otro lado del abismo.
-
¿Vamos a morir?- preguntó Tuti Moreira, temblando.
En
aquella súplica vestida de pregunta se escondían dos novedades: por primera vez
la joven sentía verdadero temor y por primera vez confiaba más en aquel viejo
ex militar que en su mentor.
-
El miedo es una alarma para el enemigo, piba.- susurró el hombre, intentando
que sus palabras llegaran a sus oidos tan solo como una proyección de su
pensamiento.
A
medida que se adentraban en la oscuridad, comenzaron a sentir un hedor
nauseabundo que se apoderaba del ambiente. En un principio lo confundieron con
el recalcitrante olor a azufre mezclado con huevos podridos, propio de las
pérdidas cloacales que se acumulaban sobre sus cabezas. Sin embargo, con el
correr de los minutos aquella peste hedionda se volvió más pronunciada.
Repentinamente,
Gastón detuvo su paso y se quedó petrificado, acercándose a una de las paredes
del conducto hasta casi rozarla con los labios.
Permaneció
allí inmóvil, intentando oler como obnubilado el fétido aroma. Por fin, luego
de unos segundos de trance volvió en sí.
-
Es el olor a ‘almas cautivas’. Mi madre
me habló de él por primera vez cuando murió mi abuelo. Un olor distinto que
solo se siente cuando muere alguien…
El
resto del contingente permaneció observándolo, perplejo. Gaona miró de reojo a
Marinelli y los hermanos Werthein, intentando buscar en sus miradas una pizca
de cordura que contrarrestara aquel discurso inusitado.
Pero
antes de que cualquiera de ellos pudiera siquiera emitir una palabra,
Mastromarino alzó la voz:
-
Son ellos. Están dejando su huella. La
primera vez que sentí un aroma similar fue cuando murió mi padre. Es el hedor
de aquellos que mueren sin poder irse. Aquellos que permanecen estáticos porque
no pueden continuar.- y agregó.- Nada tiene que ver con el olor putrefacto de
los muertos cuando pasan mucho tiempo y comienzan a descomponerse, tampoco con
el aroma aséptico que emanan cuando recién dieron su último suspiro. Es algo
más…
Los
hermanos Werthein se miraron entre sí con una mezcla extraña de preocupación y
timidez. Entonces, Isaac continuó desenredando el relato del viejo.
-
Nuestro padre murió cuando aún éramos muy
chicos. Era muy estricto. Jamás pudimos tratarlo de “tú”…
-
Al morir nuestra madre no lloró.
Permaneció estática, mirando por la ventana, intentando disimular su apatía.
Cuando uno de los deudos se acercaba a ella, miraba para otro lado fingiendo
ocultar su tristeza, pero en verdad intentaba mitigar cualquier rastro de su
abulia.- continuó Samuel.
Para
entonces, todo el grupo había pausado el paso para escuchar atentamente.
-
Nuestra “ima” se acercó al féretro
recién cuando todo el mundo se despidió y nos pidió que fuéramos junto a ella.
Entonces, nos alzó en brazos a cada uno y nos acercó a nuestro padre.
“¿Huelen?” preguntó, calmada. “Es el olor de las almas en pena. Aquellos que no
pueden despedirse de nosotros porque no han obrado como debían. Son almas que
permanecerán vacías”.
Las
palabras retumbaban en las paredes del túnel con fuerza, olvidando el sigilo
acordado. Atrás habían quedado los susurros protectores, que albergaban la
esperanza de resguardar al grupo de las amenazas que pudieran aparecer.
Entonces Félix, el amigo de Gastón que había permanecido pensativo durante toda
la conversación, interrumpió el relato:
-
Están hablando de “osmogénesis”. Así le
llaman los científicos a la percepción extrasensorial de algunos olores. Pueden
ser olores agradables como las rosas o desagradables como el azufre. Es una
experiencia bastante común en la gente religiosa. Se lo suele llamar “el olor
de los santos”. Algunos creyentes aseguran haber olido un olor dulce e intenso
al estar cerca de figuras religiosas…
Entonces,
Elías Mastromarino y Arturo Gaona se miraron entre sí, entendiéndose en el
acto. Aquellos hombres toscos y diametralmente opuestos habían conseguido
entenderse gracias a la adrenalina que genera lo desconocido.
Reorganizaron
cada una de las cuadrillas para continuar con el trayecto. Apenas faltaba un
kilómetro para alcanzar el ansiado contacto con el exterior.
Dispuestos
a abandonar las profundidades, retomaron el paso alejándose de aquel fétido
olor. Detrás quedó esa alegoría de la muerte y el líquido viscoso que escurría
de la grieta en la pared, tan cerca de donde Gastón había apoyado la cabeza que
por poco la hubiera rosado con la boca. La oscuridad resguardó al joven,
evitándole lo que hubiera sido una asquerosa experiencia sensorial y un
profundo descenso a la más agónica de las locuras, ya que su fisiología no
hubiera estado preparada para entrar en contacto con aquel fluido que existía
desde antes que muchas de las estrellas que había visto en el firmamento desde
niño, el rastro viscoso de la misma muerte.
Cuando
por fin salieron de las entrañas de la 9 de Julio, el agobiante sol los cegó a
todos, recibiéndolos con furia y recordándoles la llegada al mundo con ganas de
replicar el llanto que anuncia la vida.
Avanzaron
a través de las corrompidas escaleras hacia la desolada Avenida Roque Saenz
Peña, dando los primeros pasos torpemente; con el temor de las primeras
embestidas en el sexo más pueril, recorriendo cada baldosa como si saborearan
el reconocimiento de una ciudad que hasta aquel arrebato de fin del mundo les
había resultado propia.
Tuti
Moreira tropezó por un bache en la derruida vereda, cayendo de forma súbita al
suelo. Instintivamente y cubriendo aún su vista de la agonía de Febo con la
palma de su mano derecha sobre la cara, Gastón se abalanzó para socorrerla.
Poniendo suavemente el brazo de la chica alrededor de su cuello y agarrándola
con cuidado de la cintura, la ayudó a incorporarse para continuar la travesía.
Gaona
no pudo evitar sentir una extraña abulia, mezcla incómoda de celos con una
protección tácita que le había sido sustraída frente a sus ojos. Desde el
primer instante en el que había cruzado su camino con el de la joven, había
detectado en su mirada la inocencia de su propia hija. En cada gesto y en cada
palabra lo perseguía su sombra, teñida por la incertidumbre de saberla perdida
en aquel fin del mundo, repleto de peligros de los que siempre había intentado
protegerla y fuera del reparo de sus brazos guardianes.
Sin
dejar respirar entrecortadamente y con una mueca indisimulable por el dolor
incisivo de tobillo, Moreira lo miró de reojo y le hizo una seña invisible que
solo ellos dos debían comprender, como si se tratara de un mensaje encriptado.
En su mirada le explicaba que también ella había encontrado en él un mentor,
luego de la prematura muerte de su padre algunos meses atrás.
De
repente, unos murmullos inusuales sustrajo a Gaona de su diálogo invisible.
Miró a su alrededor buscando la fuente y se encontró con Félix y los hermanos
Werthein, algunos metros por detrás, repitiendo una suerte de mantra entre
susurros. Aminoró la marcha hasta quedar a la par y se acercó disimuladamente.
Al
acercarse, comenzó a distinguir con mayor nitidez el mensaje; primero la
agrupación de palabras por bloques y su cadencia, casi en un canto con su ritmo
definido y prolijo, y luego poco a poco las palabras. Se trataba de un rezo.
-
¿Están rezándole a San Antonio?
-
Es el santo más protector, según Felix…-
respondió como si nada Samuel Werthein.
-
Y no estamos como para escepticismos…-
continuó su hermano.
A
medida que avanzaron más, alcanzando la 9 de julio, advirtieron dos cosas que
los dejaron perplejos: el Obelisco, devenido en una colosal atalaya, estaba destrozado por un vandalismo absurdo
y torpe que delataba una autoría que no podía ser más que del propio ser
humano, y alrededor, sobre el pasto corroído, un enorme grupo de personas se
encontraba realizando tareas de todo tipo: algunos preparaban armas
improvisadas con los resabios que desbordaban de los contenedores de basura,
otros discutían tácticas de combate para cuando llegara la hora de hacerle
frente a la invasión, otros tantos desarrollaban rutas seguras para la búsqueda
de provisiones y otros tantos podían verse descansando a través de los enormes
agujeros que exhibía la destruida construcción, para montar guardia en el
siguiente turno.
Mastromarino
y Gaona volvieron a intercambiar miradas, acordando sin hablar cómo actuarían.
Fue el viejo ex militar quien se adelantó, levantando en el aire la mano
derecha y agitándola en saludo, con una extraña mezcla de familiaridad de
pueblo y el respeto más absoluto.
-
Respeto. Venimos en paz.- comenzó.-
Llevamos días a resguardo, es un alivio encontrar más gente resistiendo…
-
Así es.- continuó Mastromarino.- desde
las Guerras Médicas que no hubo una sensación tal de desamparo.
En
ese instante, de entre los pocos que habían reparado en los extraños, asomó una
mujer de rostro impertérrito y mirada altiva. Su semblante denotaba una
severidad apabullante. Se acercó lentamente y a su paso el resto de los que
allí se encontraban se apartaban para dejarla pasar, acobardados.
Tenía
el pelo rubio, recogido descuidadamente en un rodete improvisado, una camisa
escocesa abierta con una musculosa negra debajo y un jeans y borcegos sucios.
Su nariz aguileña y las arrugas de su rostro solo lograban acentuar más su
seriedad.
-
Diana Cortez. ¿Con quienes tengo la
dicha de hablar?- pregunto en ese tono entre la superioridad y la ironía que se
llama displicencia.
-
Mi nombre es Elías Mastromarino,
profesor de historia retirado.- dijo el hombre, extendiendo la mano derecha
respetuoso.- Mi compañero es Arturo Gaona, ex militar. Nos acompaña nuestra
gente. Queremos unir fuerzas.
Diana
permaneció observándolos con cierta reticencia durante varios segundos, como
escaneándolos. Con cada recorrido de su mirada, sacaba a flote las
inseguridades de la persona más autosuficiente. Hasta que, luego de unos
minutos intensos, finalmente dijo:
-
Si ambos están retirados, ¿de qué me
sirven?
La
mirada de la mujer era desafiante y helaba la sangre de quien se atreviera a
sostenérsela y sus palabras eran sostenidas con una convicción arrolladora,
sustentada por unos ojos que nunca pestañaban. Sus labios, también rígidos,
parecían economizar sus movimientos con las palabras justas, como si cada
fonema fuera del cómputo significara un derroche de energía; algo innecesario e
insensato que debía ser castigado con el peor de los agravios, el reconocimiento
de la propia estupidez.
En
ese instante, tanto Elías Mastromarino como Arturo Gaona supieron que quizás no
eran los salvadores que redimirían a la humanidad como habían creído, nadie los
ubicaría en los futuros libros de historia como los libertadores de la patria y
el planeta, no serían recordados con bustos de hologramas en las nuevas plazas
luego de la reconstrucción de la sociedad por las generaciones futuras como
próceres galácticos. Nada de lo que habían trazado en su imaginación al momento
de comenzar a desandar sus anhelados caminos del héroe se haría realidad. No
eran nadie más que la visita indeseable en mitad de la noche de un día de
semana, el timbre en la mañana de un domingo o el comentario desafortunado
desde el fondo del aula cuando todos se callaron y el silencio es reflejo de la
sabiduría.
Entendieron
más que nunca antes en sus largas y mal aprovechadas vidas que cada quien es
protagonista de su propia historia, pero un personaje de reparto que transita
torpemente por el fondo de la pantalla, intentando figurar inútilmente en la
coreografía de la humanidad. Si verdaderamente querían salvarse, debían empezar
de abajo, bajar la cabeza y guardar el orgullo donde las hormigas pierden la
voluntad de picar. También comprendieron que en el fin del mundo se debe viajar
liviano, incluso de personas.
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