ANEXO IV: Declaración de intenciones.

Cuando ya había oscurecido por completo y el frío desgarrador cubría el desolado parque que oficia de antesala al cuadrúpedo brutalista de Testa, ardía en el salón oval del subsuelo una descarnada guerra ideológica sin trincheras. Tras el apático accionar del Presidente, la comitiva allí presente se disolvió formando dos marcadas facciones: aquellos que repudiaban lo ocurrido recientemente con el moribundo repartidor, contra quienes juzgaban heroica la decisión del primer mandatario.

En el primer grupo se encontraban el reconocido Periodista, que en un arrojo desmedido de valentía amenazó con dar a conocer las atrocidades cometidas ni bien regresara todo a la normalidad. Sin embargo, el Presidente respondió sutilmente a su amenaza sugiriendo que era poco probable que tanto él como su afamada primicia lograran ver la luz en el futuro. La Vedette y Miss Argentina que aún se hallaban consternadas por la muerte del Artista a manos del Músico y el Boxeador y como si se tratara de gemelas inseparables habían entrado a la vez en un brote de angustia desesperante. El Novel de Ciencia también se unió al bando de la moral, llevándose consigo los documentos con la información clasificada que para ese momento era lo más cercano a la verdad. En palabras de Borges, cada hombre debe construir su propia Catedral, aunque aquellos papeles tan solo fueran la sombra proyectada en un terreno baldío vecino. El Futbolista de elite y el galardonado Chef se habían unido al club más por cobardía y tibieza que por certera convicción: ambos querían que aquello terminara lo más pronto posible para así poder regresar por fin a sus vidas, tanto más provechosas que aquellas horas vacías. Con su último aliento, el Repartidor había sido cuidadosamente desatado por las mujeres y llevado a un costado del salón para que descansara. Por último y para sospecha de todos, el Hijo del Presidente le había dado la espalda a su padre, quién sabe si por seguir al ídolo de su infancia y quizás obtener algo más que un autógrafo, por rebeldía impresa en aquella orden desacatada o simplemente por imbecilidad adolescente.

Del otro lado de la línea de cal se encontraban un ya sanguinario y sociópata Presidente disfrazado de filántropo, aferrado al mudo teléfono rojo que no había vuelto a sonar desde la última vez como un perro de calabozo custodiando la llave de la libertad. Junto a él se encontraba su siempre fiel Asistente, que llevaba un milimétrico registro como si fuera un corresponsal de guerra, para hacer frente a las verdades que filtrara el Periodista y así poder emparcharlas con mentiras mucho más beneficiosas para el bienestar nacional. A ambos lados del cruel mandatario estaban sus esbirros, las dos moles que se habían encargado de transformar de aquel día en adelante la vida del Repartidor en una pesadilla en bucle. El Músico y el Boxeador parecían haberle encontrado el gusto a la sangre y con la esperanza de continuar destrozando dentaduras se unieron a las filas del Poder Ejecutivo. También los infectólogos que habían mutado sus cargos a Asesores Celestes se unieron a las huestes del mandatario, aunque sin los documentos que el Joven Nobel de Ciencias se había llevado para su costal de poco valía su ayuda. 

El segundo grupo se dispuso en el ala Sudeste, tomando total control de los sanitarios y la salida. De esta forma generaron una automática dependencia sobre el enemigo ya que cada urgencia sanitaria suponía una concesión que los dotaba de cierta superioridad y un sacrificio por parte de los contrarios. Sin embargo, no estarían dispuestos a compartir semejante baluarte por más beneficioso que resultara el intercambio. Por su parte, el primer grupo acaparó una diminuta kitchenette en el que el asistente había guardado al comienzo de la reunión diversas vituallas que servirían de provisiones en caso de que la estadía se prolongara ante algún imprevisto. Jamás hubiera imaginado el adlátere del mandatario que ese escenario se presentaría dejándolos a él y a su jefe a merced de la languidez más cruel y desesperante, al otro lado de las esperanzas.

A dos horas de haber zanjado definitivamente los territorios, las chicas aún seguían intentando reanimar al Repartidor que yacía inconsciente en el suelo. Habían logrado frenar una hemorragia con algunas prendas cautelosamente presionando la zona de la herida pero debían desinfectar correctamente y cauterizarla para que dejara de sangrar. El problema radicaba en que las gazas y el alcohol se encontraban durmiendo en el botiquín de primeros auxilios que habían sido guardados también por el Asistente en los baños que ahora resultaban inexpugnables para ellos.

-          Se nos muere, por dios. ¡Hagan algo miserables!- gritó desconsolada la Vedette, con lágrimas en los ojos mientras Miss Argentina levantaba despacio la cabeza del convaleciente.

El Presidente que estaba sentado en la punta de la mesa oval, con los pies sobre ella como si se tratara de un Sheriff del viejo oeste, las miró con sorna y sacándose un habano de la boca respondió descarnadamente:

-          Los contratos están para respetarse, che. Y como bien deberían saber éstos tienen derechos y obligaciones. Sus derechos terminan de ese lado de la línea que ustedes decidieron establecer. Recuerden que han sido ustedes los que optaron por apartarse de la sensatez, olvidando que estamos en tiempos duros y bélicos, no estamos jugando a las muñecas ni buscando canonizaciones.- sentenció con dureza el mandatario.- Si bien es cierto que hemos cometido un error con ese pobre cristiano que estaba trabajando para sacar adelante al país, no podemos hacer concesiones con nadie. Bien podría haberse tratado de una amenaza que nos encontrara descuidados y ahí sí que hubieran preferido que lo aniquiláramos por más sangre que corriera.

El Asistente, que al oír aquellas palabras descarnadas había comenzado a sentir cierto remordimiento, susurró tembloroso algunas palabras al oído del Presidente que esbozó una maquiavélica sonrisa.

-          No, tengo una idea mejor…- le contestó en un tono bajo pero suficiente para que las mujeres al otro lado pudieran oírle.

Luego, se levantó despacio, como si describiera un baile dócil y macabro. Se acercó coqueteando al límite de su territorio y llamó con un sutil gesto a la Vedette. Al acercarse ésta, le agarró con una falsa dulzura el rostro y limpiándole el rímel corrido por el llano le susurró.

-          Siempre espléndida, siempre brillante… ¿No era así tu lema, querida?

La mujer lo miró encolerizada.

-          Te propongo algo, para salvar a tu amigo. Las gazas y el alcohol no son problema, faltaba más. Han hecho su elección y no les corresponde, pero nosotros somos nobles. Vamos a jugar un poco: Tiraré las gasas y la botella de alcohol, rodando dentro del un porta-planos vacío en el que los tuyos trajeron esos mamarrachos inservibles que pretenden ser la explicación acerca de la amenaza que nos convocó aquí. Si el tubo logra cruzar la línea, por propia justicia, les corresponderá. Ahora, de no ser así no habrá tutía.

Antes de que la Vedette pudiera siquiera responder, el Presidente se alejó moviéndose de la misma manera socarrona e irónica y sacó del botiquín los elementos. Los guardó delicadamente en el tubo y tras cerrarlo volvió a la sala. Se agachó, lo apoyó en el suelo lentamente y con un sutil movimiento de muñeca lo hizo rodar lentamente hacia la línea divisora. Pasaron segundos que parecieron eones y finalmente el objeto se detuvo precisamente en el límite del lado de la injusticia, venciendo la geografía a los derechos humanos.

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