CAPÍTULO IX: Nunca anuncies una victoria en medio de una derrota.










Todas las radios y televisores del país instantáneamente olvidaron la frustrada invasión alienígena para dejar grabado a fuego en obleas alarmantes y separadores radiales fatídicos la horrorosa e inesperada muerte del anciano que estalló por los aires tras tocar al joven anónimo, como si fueran mozos cambiando de plato para servir la noticia más reciente antes de que entibiara.

 

De repente, en cada bar de cada provincia había un cúmulo de personas embobadas frente a una pantalla, viendo como pasaban una y otra vez las borrosas imágenes que habían logrado ser captadas por una de las cámaras de la ciudad. Como si se trataran de sádicos espectadores contemplando la brutal matanza de un pobre cristiano a manos de una decena de leones en el Coliseo romano, observaban el estallido de viseras blureado por las emisoras para poder retransmitirse en el prime-time. En las casas las madres, incapaces de evitar tenerlos frente a los televisores, tapaban nerviosas y torpes los rostros de sus hijos hasta el ahogo para privarles aquel espectáculo, sin saber que al igual que con la pornografía la violencia ya era moneda corriente entre la juventud y las figuritas habían sido reemplazadas por links susurrados de páginas porno.

 

Aunque ambos protagonistas fueron tomados de espaldas, cada persona que miraba el suceso personificaba tras la nuca del anciano antes de desintegrarse el rostro de un ser querido: un padre, un abuelo, un vecino. Entre gallos y medianoche, el hombre se había convertido en un mártir intangible, al alcance de todos y el joven victimario en el enemigo público número uno. Las sospechas de que aquel imponderable estuviera directamente vinculado con el repentino arrepentimiento alienígena se hicieron presentes y en las sobremesas no tardaron en oírse bromas acerca de que aquella era la antesala de una inminente invasión. Y como todo chiste, aquí también había un grado de verdad.

 

Sebastián corrió devastado por las frías calles repletas de miradas indiferentes. Las personas con las que se cruzaba estaban ajenas al potencial peligro con el que compartían las mismas baldosas. Sin embargo, su desesperación lo empujaba al ojo del huracán, creyéndose el centro de las miradas. Tropezaba torpemente, en el embriagante desconcierto de la paranoia más surrealista.

 

Al llegar a su departamento corrió sin siquiera pensarlo al baño. Después de cerrar la puerta con llave se quitó la ropa jadeando, con los ojos inyectados en sangre y desesperación y se metió en la bañadera bajo el punzante chorro de la ducha, que como una tortura ancestral lo castigaba, pero a la vez le recobraba el alma, restituyéndole en parte su despojada humanidad.

 

Abrazó sus piernas, hundiendo la cara entre las rodillas y presionándose el pecho con los muslos como conteniendo sus pulmones en un intento de evitar que colapsaran por la vorágine. Intentó poner su mente en blanco por unos instantes pero fue inútil. Su mente ya no estaba ocupada por el examen que perdería en unas horas, ni siquiera recordaba la carrera que alguna vez había comenzado y jamás terminaría. Tampoco había reparado en lo que diría su novia cuando se enterara de la noticia, si es que aún no lo había hecho. Lo único que pasaba por su mente una y otra vez, en un incesante loop agónico era la imagen del viejo estallando por los aires. Entonces, se derrumbó y comenzó a llorar como jamás lo había hecho ¿Cómo había llegado a eso?

 

- Definitivamente, no están preparados aún...- sentenció Gnökz, lamentándose sentado incómodamente en el inodoro, con sus largas piernas flexionadas para entrar en el comprimido espacio entre la taza y la pared.- ¿Cómo pueden vivir en espacios tan diminutos sin tener amenazas salvajes en el exterior que los obliguen a enterrarse?

 

- ¿Cómo carajo entraste? ¿Me seguiste hasta acá? No te vi en ningún momento- se quejó Sebastián, con una mezcla explosiva de cólera y ansiedad.

- Por supuesto que no…- respondió Gnökz pausadamente.- Jamás me hubieras visto. Tengo la capacidad de meterme en todas las pieles de cada persona con la que te has cruzado en el camino. En verdad, es mi mente la que se cuela en la cabeza de cada recipiente. Mi cuerpo se transmuta, desintegrándose y volviendo a integrarse en el lugar al que quiero llegar. En este caso, aquí. Con solo pensarlo.

- ¿Para qué…?- preguntó Sebastián, sin poder dar crédito a lo que oía.

- Todavía no sos capaz de controlar tus nuevas… habilidades.

- ¿Nuevas habilidades? ¿De qué mierda me hablás? Acabo… Acabo de matar a un pobre viejo en medio de la calle. Soy… soy un asesino.- respondió gritando el joven, al borde del llanto, mirándose las manos repletas de sangre seca que jamás en la vida podría limpiarse.

- El mal menor, Sebastián. Tenés en tus manos un poder por el que muchos de tu raza matarían.

- ¿Pero qué son ustedes, engendros?- volvió a preguntar Sebastián, esta vez entre sollozos incontrolables.- ¿Vienen a destruirnos?

- Ustedes no nos llaman engendros… Suelen llamarnos mensajeros, mesías, incluso profetas cada vez que venimos a visitarlos… Y ya te dije, venimos a ayudarlos, no a destruirlos…

En las entrañas de la ciudad, el grupo se congregó atento en torno a Anibal Gaona, ante la mirada descreída de Mastromarino que veía en él una latente amenaza que derrumbaría todo lo que había logrado construir en tan poco tiempo. Todo su pequeño imperio podía desmoronarse en cuestión de segundos si algún imbécil revelaba más información que la que él tenía entre manos y aquel imbécil ya se encontraba entre los suyos.

-          Volverán… Ya ha sucedido otras veces.- continuó Gaona, con la mirada fija en cada uno de sus interlocutores, como un profeta olvidado, un celoso guardián de la verdad.- ¡Y deberemos estar listos para lo que venga! Como dijo el padre de esta patria: ¡Seamos libres, lo demás no importa nada!

Tras decir esas palabras el reducido público se deshizo en aplausos que retumbaron a lo largo de todo el túnel de la estación, reproduciéndose en ecos eternos y perdiéndose de a poco como una piedra en el mar de la esperanza.

Fue una joven delgada la única que no se deshizo en elogios ante el improvisado discurso y levantando la mano increpó al recién llegado:

-          Disculpe… Pero Mastromarino nos enseñó que aquellos seres vienen en paz. Nos dijo que si los tratábamos con indiferencia ellos no nos atacarían. Tan solo debemos permanecer imperceptibles aquí, escondidos bajo tierra para que no nos vean. Ellos vendrán a hacer lo que sea que vengan a hacer y luego se irán como vinieron. ¿No es así Elías?

El estafador permaneció perplejo, analizando minuciosamente cada una de las palabras pronunciadas por la joven como si jamás hubieran sido proferidas por su propia boca y miró para el piso intentando desaparecer del mundo. Deseaba con fervor que algo lo succionara bajo tierra por siempre.

-          Una derrota peleada vale más que una victoria casual – respondió Gaona, volviendo a citar al General José de San Martín y la audiencia volvió a vitorearlo desaforada.

Acto seguido, indicó a dos jóvenes que se dispusieran a desmantelar cautelosamente la formación, en busca de materiales con los cuales poder confeccionar armas rudimentarias que pudieran servirles provisoriamente como defensa. Necesitarían armamento y protección, al menos hasta conocer el calibre de la amenaza que los esperaba allí afuera.

-          Prepárense, porque vamos a dar batalla. Vamos a salir al exterior.- sentenció Gaona con la voz profunda y señorial de un verdadero libertador.

Disimuladamente, Elías Mastromarino intentó escabullirse entre la multitud, distraída por las indicaciones que Gaona estaba dando. Comenzó a arrastrarse entre las piernas de un hombre robusto que aún conservaba en perfecto estado un traje de oficina que le estrangulaba el cogote, haciéndolo transpirar como si estuviera en un interrogatorio por homicidio. Pero Marinelli vió de reojo sus zapatos perdiéndose entre las regordetas piernas del hombre e informó a su amigo la deserción.

-          ¿A dónde va, Mastromarino? – preguntó con un tono dulce entre la ironía y la reprimenda Anibal Gaona.- Imagino que no va a dejar a su ejército solo y desnudo en las vísperas de la batalla…

Gaona sabía que aquel hombre al que estaba enfrentando en el fondo era un cobarde y si algo detestaba desde su participación en el ejército era la cobardía. Sin embargo, no sería él quien lo juzgara sino la gente a la que había engañado durante las últimas horas. El pueblo hablaría el idioma de la democracia para enfrentarse a un déspota una vez más.

-          No se va a librar tan fácil de mí, querido Mastromarino.- lo retuvo cortésmente.- La cobardía en la guerra se paga. No hay peor cosa para un ejército que un cobarde, incluso es preferible un traidor. Usted tendrá un juicio, justo pero juicio al fin. Su propia gente decidirá su destino.

Luego le quitó de encima la mirada y se dispuso a alcanzar junto a Marinelli  a los dos jóvenes que ya se encontraban buscando cualquier tipo de elemento idóneo para comenzar con los preparativos. Les esperaba una larga noche por delante.

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