CAPÍTULO VII: Llamamos dioses a nuestros propios miedos.
Como la estela fugaz de un pestañeo, que deja
un sinfín de momentos relegados al olvido en pos de un único momento eterno y
definitivo guardado en la memoria, Sebastián fue arrastrado repentinamente por
una fuerza feroz e invisible a un lugar indescifrable. Sintió lo ocurrido
recientemente como si fuera un sueño; el rostro desencajado del anciano
segundos antes de ser destrozado, la mueca gris y atroz de los testigos
absortos ante el siniestro, su hombro manchado de sangre tras el contacto
devastador. Ya no quedaba siquiera el más mínimo atisbo de que aquello hubiera
ocurrido. Se encontraba con la piel impoluta, fresca y desnuda.
A su alrededor no quedaba rastro de la calle,
la atmósfera soporífera de la polución automovilística, ni el batifondo propio
de las grandes avenidas conglomeradas por gente en su trajín cotidiano. Solo
veía un blanco eterno que le resultaba extrañamente familiar. Tenía la
perturbadora impresión de haber estado allí no una, sino incontables veces a lo
largo de toda su existencia. La sensación era cálida, reconfortante. Pero no
era una calidez tangible y alcanzable como la que puede sentirse al tomar una
infusión caliente tras un regreso a casa bajo una tormenta, o la calidez
primitiva que puede generar el sexo. Se trataba más bien de una calidez
temprana y premonitoria, como la sensación reconfortante del útero antes de
salir al mundo, cuando se cree que todo será eterno y sin embargo se disfruta
en un cobijo materno todas las sensaciones placenteras que se vivirán en un
futuro condensadas en un instante exacto e imperturbable.
Recién fue al salirse de aquel transe embriagador
cuando pudo definir la figura que se acercaba de frente, con un paso lento y
diletante, como torpe. Parecía gigante ante sus ojos, como una mole persecutora
aproximándose hacia él. Sin embargo, su aspecto era escuálido y si no fuera por
su altura no resultaría amenazante en absoluto.
Cuando lo tuvo a un palmo de sus ojos pudo
distinguir bien sus facciones que por la ceguera prolongada y la confusión
habían permanecido borrosas hasta entonces. Aterrorizado, pudo detectar en su
rostro un cansancio abrumador, como si hubiera pasado décadas sin dormir. Tenía
cicatrices pronunciadas que demacraban sus rasgos aún más que el propio
insomnio. El pelo cortado de manera irregular y la barba desalineada delataban
un descuido que desencajaba del prejuicio protocolar de la ciudad y sus formas.
Hubiera tenido la sensación de que se trataba de algún malviviente diletante y
drogado, que intentaría asaltarlo, si no hubiera sido por la perfección en la
dicción de cada palabra que empleó para presentarse:
-
Sebastián.
Es un placer poder conocerte, por fin.- dijo el extraño con una voz gutural y
un acento que resultaba sumamente difícil de detectar.
La profundidad con la que pronunciaba cada
palabra y la cadencia con la que entonaba cada mínima inflexión se asemejaban a
un español castizo más cercano a la lengua romance original, estrechamente
ligada con el latín. Pero cada palabra delataba una novedad que desentonaba con
la dicción.
A medida que avanzaba en su presentación, el
extraño iba acercándose cada vez más. Sin embargo, cuando por fin tuvo lo
frente a frente fue cuando se percató de que jamás había abierto la boca ni
movido los labios. Aquella voz la sentía retumbando dentro de su cabeza como si
estuviera imprimiéndole cada palabra en la mente desde algún tiempo remoto.
Recordó en flashes aquel instante de paz absoluta luego de la luz cegadora
cuando se sintió ajeno a todo, flotando en medio de la nada. Sin embargo, un
intenso dolor de cabeza comenzó a invadirlo y de manera impredecible un súbito
temor comenzó a instalarse en cada fibra de su cuerpo.
-
Mi nombre
es Gnökz. Vine de
tierras remotas para darte un mensaje. No tengas miedo.- a medida que comunicaba
aquellas palabras por telepatía, Sebastián paulatinamente comenzaba a
tranquilizarse y los temblores que lo habían invadido se alejaban despacio.
Sebastián se preguntó de dónde vendría aquel
extraño sujeto, pero antes de poder exteriorizar siquiera aquella duda el Gnökz
continuó con su relato:
-
Me
enviaron Ellos, para elegirte.-
confesó denotando cierto orgullo en sus palabras.- Toda mi vida me preparé para
este momento. Es común a mi especie el ser mensajeros y guardianes de ustedes,
nuestros ‘hermanos menores’.
Aún incrédulo, Sebastián contemplaba perplejo
a aquel lunático que hasta entonces no había hecho más que decir una
incoherencia tras otra. Pero no fue hasta que Gnökz continuó con su revelación
que dio por perdido cualquier intento de comprensión ante la locura de su
interlocutor:
-
Vengo
de Marte.- confesó finalmente el foráneo, ante una mueca de burla disimulada
del receptor.- En un principio todos fuimos una sola especie. Hace millones de
años, Ellos nos crearon y vivimos en armonía como una gran y única familia. Pero
luego de milenios de desarrollo compartido, decidieron separarnos para estudiar
nuestra evolución, independientemente de la vuestra.- en cada palabra, el
Marciano se detenía un instante imperceptible, como si quisiera saborear cada
cosa que decía en el disfrute de emplear por fin aquel idioma ajeno que había
aprendido durante su infancia.- Pero los
nuestros comenzaron a desarrollar determinadas habilidades que destacaban por
sobre las vuestras. Detectaron una evolución más temprana en nosotros y por ese
motivo nos mandaron a mi planeta, para habitarlo y desarrollarnos de manera
independiente.
Poco a poco, quizás sumido en aquella
historia tan absurda como embriagadora, o quizás por haber corrido el velo del
absurdo que cubría la verdad en aquella confesión, Sebastián estaba
completamente inmerso en el relato como si todo lo que Gnökz decía se tratara
de una verdad revelada. Sin embargo,
permaneció en silencio y en atenta escucha a lo que tenía para decir.
-
Nos han
dado desde entonces como mandato el protegerlos, instruirlos y guiarlos para
que en un futuro logren trascender y podamos volver a compartir como hermanos
el Nuevo Mundo que nos tienen preparado. Venimos cada cierto tiempo a
visitarlos, pero no siempre somos recibidos como familia. Por el contrario,
solemos ser atacados y desterrados a nuestro planeta. Pero lamentablemente mi
labor es determinante y sentenciará vuestro futuro, así como el mío. Soy el
último de mi especie.
-
A medida que recorrían desnudos la desolada
Avenida Las Heras, Gaona, Marinelli y los mellizos Werthein se encontraban cada
uno sumido en sus propias preocupaciones, como si la inminente invasión que los
aquejaba se reflejara para cada uno en una somatización propia e irrepetible.
Mientras los Werthein rezaban pasajes de la
Torá, como un irónico rosario durante aquella apocalíptica procesión, Marinelli
y Gaona repasaban de manera más concreta los últimos avistamientos reconocidos
por la NASA, intentando así arrojar luz ante el suceso indescriptible que
tenían frente a sus narices.
-
El primer
avistamiento del que hay archivo validado por los yankees es el caso Kenneth
Arnold en el ’47. A partir de ahí se empieza a hablar de ‘platos voladores’ y ‘objetos
no identificados’.- sentenció Marinelli pensativo.
-
Si, sin
embargo en 1897 se registra un dudoso bólido que se estrella contra un molino
en Aurora, Texas.- corrigió Gaona.
-
Pero
ese incidente no está registrado en los archivos del Pentágono…
-
Claro
que sí. El ‘Incidente Aurora’ es el primer caso, Sergio… Después viene el del ’47
que decís vos, sumado al ‘Incidente Roosvelt’. Los dos en el mismo año, a
partir de ahí se empieza a hablar del tema y nos empezamos a enterar medio por
izquierda, porque los del Norte no querían que supiéramos un carajo.
-
En
paralelo pasa lo de la Unión Soviética, en Kapustin Yar. Mirá vos… Para mí se
la estaban midiendo quién la tenía más larga con cosas paranormales y ahí
arrancó la Guerra Fría.
-
Después
los brasucas nos quisieron hacer la misma a nosotros y saltó lo del ‘Incidente
do Colares’ en el ’77. Fijate, che… Somos tan boludos que no nos inventamos uno
acá para mojarles la oreja… Lo que es ser honestos eh…
Entre ambos había un clima de complicidad.
Cada palabra estaba velada con un tono de ironía compartido. Ambos creían
fervientemente en la vida extraterrestre, habían compartido aquella pasión
desde chicos y se habían cansado de investigar cada expediente que de una u
otra forma había logrado salir a la luz con el correr de los años. Pero habían
sufrido tantas burlas por parte de sus compañeros por esa hermandad frente a lo
desconocido que debieron escudarse en esa ironía críptica para compartir su
pasión.
-
También
está el caso del Incidente de Canarias…-
continuó Gaona.
-
Pero se
comprobó que aquello habían sido pruebas militares con el misil Poseidón nomás…-
corrigió Marinelli.
-
Sí,
pero fíjate. De una forma u otra hay un patrón… El ‘Incidente Aurora’ en 1897.
El caso Kenneth y el caso Roosevelt en el ’47. El de los rusos el mismo año. El
de los brasileros en el ’77. Entre el primero y los segundos hay cincuenta años…
Entre los segundos y el tercero cuarenta… Y del tercero a ahora… No che,
cincuenta años de nuevo. Se nos caga la teoría…
En ese instante, fue interrumpido por las
plegarias que los mellizos Werthein habían comenzado a elevar a viva voz, a
modo de salvavidas ante el inminente nuevo diluvio.
-
¡Déjense
de estupideces! – reprochó Marinelli en cólera, desnudando su agnosticismo.- ¿No
ven que nadie va a salvarnos si nosotros no hacemos algo? No hay tiempo para
los cobardes. Llamamos dioses a nuestros propios miedos…
Mientras Sergio Marinelli reprendía a los
mellizos, Gaona agarraba oculto dentro de su palma desde que
salieron a lo desconocido, el rosario que su hija le había regalado años atrás.
Todos a su manera estaban atemorizados.

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