CAPÍTULO VI: El instante exacto en que todo se rompe.
Cuando abrió los ojos, luego de sentir un temblor estremecedor que parecía alcanzarlo desde tiempos remotos, se sintió abatido y sumido en la oscuridad más absoluta. Como si cada fibra de su cuerpo vibrara igual que una cuerda pulsada con ahínco. Por un instante creyó que se encontraba sólo en medio de una calle completamente desconocida para él, pero con el correr de los segundos comenzaron a materializarse delante de sí brazos, cabezas, piernas, personajes inalterables y eternos, que hubieran podido pertenecer a aquel momento y espacio de la realidad desde la eternidad. Poco a poco comenzaban a cobrar nitidez conceptos, nombres, identidades y señales de algo que unía a todos aquellos transeúntes en un todo descomunal e incomprensible.
Creyó que algo, posiblemente un golpe tras el impacto de aquella
luz que guardaba en su memoria como último recuerdo antes desvanecerse en la
nada, podría haber causado en él semejante bloqueo, una traba mental que lo
desconocía de su entorno. Todas eran figuras indefinidas e ínfimas, carentes de
propósito, como si las viera desde algún estrado superior. Cada uno de los que
se atravesaban en su camino tenía el mismo rostro, el mismo cuerpo, como si se
tratara de hormigas.
Pero a su vez podía ver dentro de aquellos embaces absurdamente
idénticos el contenido determinante, la verdadera forma. Ahí sí, cada uno era
indescriptible, único e indispensable. Seguramente se trataría de una
alucinación, ya que podía ver el pasado, el presente y el futuro de cada ser.
Por un momento se sintió por fuera de sí mismo, como abstraído en
una bruma volátil que lo circundaba pero jamás lo incorporaba de nuevo a lo
corpóreo. Se veía estático, perdido y abrumado por el inmenso mar de gente que
le pasaba por delante, como atravesándolo con la indiferencia rutinaria de otro
día tachado en el calendario de la existencia. Cada choque fortuito de un
hombro apurado contra el suyo, o algún furtivo maletín que le falseaba la
articulación de la rodilla induciéndolo a resistir caer de bruces al suelo, se
sentían como mil batallas fatigantes. Como si cada contacto no retomara en su
memoria la sensación de uno anterior y fuera decodificado por su cerebro como
un estímulo conocido, sino más bien como algo nuevo e indescriptible, único y
jamás vivenciado.
Al prestar más atención a aquel bulto que se dejaba vapulear por
la marabunta humana, percibió ajena a aquella figura. De repente aquel no era
él. Sin embargo ya no como antes, sintiéndose ajeno pero aun concibiendo aquel ser
como sí mismo pero alejado. Ahora directamente desconocía a aquella deforme
figura.
Las manos notablemente más pequeñas, la cabeza cubierta de cabello
fino y moreno. Algo en aquella figura le resultaba débil. Más baja, erguida,
pero a la vez débil e inconclusa. Carente de chispa, transcurriendo sin noción
alguna del ansia de colectividad que tanto añoraba recuperar. Gnök se percibía
a si mismo fuera de Sebastián, pero a la vez profundamente arraigado a él.
Comenzó a caminar sin rumbo fijo y a su vez a seguirse a sí mismo
como un blanco móvil diletante por la calle. Pareció una anomalía cuando un
anciano, saliéndose del devenir pautado y absoluto, quebró su destino y
saliéndose de su trayecto se arrimó a él, preguntándole si se encontraba bien y
posando en su hombro una mano temblorosa pero cálida.
Instantáneamente y sin siquiera planteárselo, el sólo contacto con
aquella mano diletante provocó una atrocidad. Al tocarlo, el anciano explotó en
medio de la absorta concurrencia que frenó, variando sus rumbos y sus vidas
para siempre. La sangre bañó a los más cercanos. Las caras que hasta entonces
eran monótonas e impertérritas fueron transformándose una a una en muecas
desencajadas de terror. Los gritos inundaron cada mínimo rincón del aire,
replicándose en un eco ensordecedor.
Mientras tanto, en algún bar cercano, la copa de cristal de uno de
los comensales ubicado en la tercer mesa del lado del inmenso ventanal estalló
en mil pedazos, repentinamente. El incidente apenas produjo un corte
superficial en su palma derecha, cuyo sangrado fue frenado raudamente por un
mozo que envolvió la mano del cliente en una de las servilletas limpias que
llevaba a la mesa contigua. Nada más pasó aquel día para ninguno de los
asistentes a aquel establecimiento y las vidas continuaron sus cursos con total
normalidad. Tan solo una copa rota en medio de un almuerzo de negocios y el
sábado otra vez el partido de tenis a la mañana, el asado al mediodía y la
permitida medida de whisky para subrayar el descanso tras una agitada semana.
Todos regresaron a sus platos y a las monótonas conversaciones acerca de
asuntos intrascendentes para el universo. Puntos de colores apagados dialogando
entre sí en el lienzo sin tener consciencia de la totalidad del cuadro, ni
mucho menos del lugar que ocupan en la exposición ni en todo el museo. Apenas
se alcanzaban a oír las ambulancias y las sirenas policiales que atravesaban desbocadas
la ciudad para asistir a un espectáculo macabro sin lograr llegar a tiempo.
Cuando los enfermeros arribaran para cargar en la ambulancia el cuerpo, ya no
quedaría nada por hacer, más que juntar el destrozo y procurar no mirar
demasiado, para no tener que llevar a cuestas un trauma imborrable por el resto
de la vida. A partir de entonces, ninguna conversación de navidad superficial
tendría sentido, ya que habían vivido algo que sobrevolaba lo banal. Habían
visto más de lo debido y quizás asistir una mano cortada por una copa rota de
cristal hubiera sido el paraíso.
Sin embargo, nada es eterno. Hay un momento preciso, un instante exacto en el
que todo se rompe. La forma de entender las grietas es lo que transforma la
destrucción en arte y el caos en virtud. Saber pararnos ante el defecto,
mirarlo fijo y adoptarlo como parte del total de la composición. En la
existencia absoluta que nos abraza cabe una ínfima posibilidad, un inestimable
porcentaje en la estadística, de que con la realidad y sus grietas pase lo
mismo.
Sebastián entendió por fin que hay oportunidades irrepetibles que pueden
cambiarle la vida a uno, giros en los acontecimientos que nos despiertan,
sacándonos del letargo monótono de la existencia, trenes que pasan una única
vez... y naves espaciales también.

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