CAPÍTULO VIII: Karma Pigmalión.


    Al avanzar por la Avenida Las Heras y toparse con los restos de una carbonizada Facultad de Ingeniería, los cuatro exploradores desnudos no dieron crédito a sus ojos. Lo que hasta unas horas antes había sido el último bastión de la arquitectura gótica en plena ciudad edificado por el Ingeniero Arturo Prins, ahora se reducía a escombros, diezmados por una turba enajenada de estudiantes que yacían a sus espaldas en la Plaza Barrientos, dormidos de a pares o tríos, despojados de sus ropas y bajo el efecto de sustancias varias en una orgía indescriptible. Un sinfín de botellas vacías, papel higiénico sucio y todo tipo de residuos olvidados tras el magnánimo festival, resultaban el escenario agónico para la música estridente que no paraba de sonar a través de decenas de parlantes enormes que envolvían aquel parque devastado.

Tras atravesar ese espectáculo, el grupo se dirigió hacia la estación de la Línea D de Pueyrredón. La boca de acceso inhóspita parecía la antesala del averno. Deteriorada y mugrienta, reflejaba un olvido que parecía de años a pesar de que solo hubiera pasado un día desde el anuncio de la inminente invasión. El conocimiento de la noticia había generado, al igual que lo ocurrido en la facultad de Las Heras, una rebeldía inusitada en el pueblo que destruyó todo a su paso como señal de fortaleza ante lo desconocido. Con cada baldosa rota y cada gota de aerosol, parecía que gritaran en la cara del enemigo un feroz ‘vengan, que los vamos a enfrentar’. Pero aquella estrategia rozaba más la imbecilidad que el heroísmo.

Bajaron las derruidas escaleras hacia aquel submundo olvidado y arcaico con el temor de quién explora tierras lejanas. Marinelli se adelantó a sus compañeros, tomando el mando de la expedición. Detrás suyo lo siguió Gaona y más atrás los mellizos Werthein, que temblaban como gallinas cluecas al ver acercarse al granjero. Isaac llevaba apretados dentro de su puño los diminutos artilugios en los que transportaban –aparentemente- la incalculable fortuna de dos de las familias patricias más acaudaladas de la nación. Por su parte, Samuel cerraba la procesión mirando continuamente a todos lados, con una desconfianza aterradora que delataba el temor que acechaba a todos.

Al llegar hallaron los andenes desolados y un vagón que asomaba desde el túnel en dirección hacia la estación Agüero. Todas las puertas estaban abiertas sin el seguro de precaución, lo que delataba un escape masivo. Probablemente los pasajeros se habrían enterado de la invasión extraterrestre en pleno trayecto, a través de algún comunicado por los intercomunicadores de la formación y el mismo conductor habría sido quien los liberó del vehículo antes de que éste se transformara en una jaula de desesperación. Al observar con detenimiento, aún podían distinguirse a contraluz algunas pisadas arrastradas en el andén, con dirección imperante hacia las escaleras salvadoras.

Dentro del último vagón de la formación, escondido detrás de los asientos había un hombre, sentado sobre unos diarios viejos. Llevaba ropa desarrapada y un aspecto desalineado. Su mirada estaba fija en una pequeña radio gris, que intentaba sintonizar tozudamente, pero parecía que jamás lograría hacerla funcionar. Junto a él dormía un ovejero viejo que parecía reflejar en su aspecto la tristeza de su amo. El hombre intentaba sincronizar el movimiento de la rueda del dial a la par de los ronquidos de su mascota para no despertarla, como si dejarla dormir fuera un acto altruista para que el pobre bicho no se enterara del desastre que estaba ocurriendo en el plano real.

Al mirar a los intrusos, el hombre se paró repentinamente despertando a su compañero. Ambos permanecieron atónitos mirando a los visitantes como si hubieran pasado siglos desde la última vez que vieron a un ser humano. Sin embargo, como una reacción derivada del movimiento brusco del mendigo, salieron de entre las sombras hombres y mujeres que habían permanecido agazapados en la oscuridad de los recovecos más ocultos del andén. Hombres y mujeres de lo más variados comenzaron a congregarse en torno a los recién llegados como inspeccionándolos. De entre ellos, uno pareció adelantarse para presentarse ante Gaona, Marinelli y los mellizos.

-          Bienvenidos, hermanos.- comenzó a introducirse el sujeto.- Mi nombre es Elías Mastromarino. Me alegro de que nos hayan encontrado. Quiere decir que aún queda gente viva allí afuera.

El hombre llevaba un aspecto desgarbado al igual que el mendigo del vagón. Posiblemente también habría vivido en la calle antes de que el mundo comenzara a derrumbarse, pero ahora hablaba con una autoridad digna de un estadista.

Marinelli tomó el mando de los recién llegados, extendiendo sin pensárselo su mano y apretando la de Mastromarino.

-          Estamos ocultos aquí abajo desde el primer minuto en el que se desató el desastre. Sabía que esto pasaría, por eso fui juntando gente que quisiera oír la verdad. Afortunadamente o por desgracia, sé de primera mano a lo que nos enfrentamos como humanidad.

Luego de decir esto, Mastromarino hizo una pausa que pareció eterna y miró melancólico a la nada, como buscando en el vacío la precisión de sus palabras.

-          La gente allí afuera no cree en lo que la abruma. Por eso se inventa dioses a la medida de su razonamiento. Divinidades moldeadas a la imagen y semejanza del hombre: maleables, capaces de adaptar a sus necesidades. Pero lo cierto es que acaban de llegar los verdaderos dueños de la pelota. De la pelota y del parque entero.

Gaona miró a su alrededor, por primera vez desde que aquella horda los había rodeado se percató de sus atuendos. Todos ellos estaban envueltos en vestimentas rudimentarias, fabricadas con papel metálico.

El vagabundo que había permanecido impertérrito ante la llegada del malón junto a su perro, comenzó a acercarse lentamente y se paró junto a Elías. Le susurró al oído algunas palabras ininteligibles, pero que por el ademán de impotencia con el que las profesaba, parecían hacer referencia a los nulos avances en hacer funcionar aquella radio. Luego, el hombre continuó manipulando el aparato en un despiadado intento por lograr su cometido.

-          Gracias Bruno. Seguí con lo tuyo que si el universo quiere lograremos tener noticias del exterior más temprano que tarde…

Luego, Elías Mastromarino devolvió la mirada a sus interlocutores y continuó:


- Que modales los míos. Él es Bruno Cabral. Ya se encontraba aquí cuando llegué. Ha vivido tiempos difíciles al igual que yo. Al igual que todos. De los demás iré haciendo las debidas presentaciones pero ahora mismo el tiempo apremia. Como les decía, formé esta comunidad porque arriba todo es un caos. Las altas esferas están manipulando la nula información que tienen acerca de los visitantes de manera equivocada y puede que las represalias ante un ataque de parte nuestra si sean severas. Ellos no nos harán nada si no los atacamos. He contactado con ellos y no me hicieron el más mínimo rasguño. Ahora están entre nosotros y puede que en cualquier momento alguien poderoso meta el pie en el charco y empape a toda la humanidad.

En un eco repetitivo proveniente de la vieja radio de bolsillo de Bruno Cabral se escuchó repentina la conocida voz del corresponsal de guerra del noticiero número uno del país, que había cobrado cada vez más relevancia a partir de que se diera a conocer la noticia de la invasión a nivel nacional.

El periodista revelaba en ese instante información fresca y en su voz entrecortada por la carga emotiva de lo que debía transmitir podía develarse un atisbo de esperanza. Al parecer, los especialistas no habían logrado recabar mayores rastros de alguna amenaza y se había emitido un telegrama desde el Pentágono anunciando con brutal enfado y una incorrección intimidantemente ajena a las investiduras diplomáticas que el objeto no identificado que habían enviado a analizar se trataba simplemente de los restos del motor de un auto de baja gama, cuyo modelo había sido descontinuado años atrás y del que poca gente recordaba su mecanismo.

Al oír aquellas palabras, todas las miradas furiosas se posaron sobre Elías cargadas de cólera, ante el engaño evidente en frente de todos.  Otra vez, el rey había quedado desnudo ante los ojos de sus súbditos y la tensión en el ambiente podía cortarse con una cuchara de madera, hasta que una frase inquietante rompió el silencio.

- No encontrarán nada...- sentenció Anibal Gaona con una voz profunda que reflejaba un lamento incontenible.- Pero no significa que no esté pasando nada... Van a venir.

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