CAPÍTULO XXVI: Melodía universal.

Se encontraba agitado. Los últimos meses había sentido un agobio que le resultaba ajeno, como si su cuerpo entero hubiera comenzado a despedirse de manera paulatina. Siempre había entregado todo de sí en cada presentación, con la energía de cien trenes concentrados en su cadera y una voz que destruía cualquier muralla que la segregación intentara levantar. 

Sobre sus hombros cargaba la voluntad de todo el pueblo estadounidense. Había hecho más que cualquier otro y aún no era suficiente para él. Necesitaba dejar en claro que era el Rey, hasta el último suspiro. Había soñado desde chico, viviendo en los barrios bajos, con ese momento: un lugar donde el sol brillara fuerte y los pájaros cantaran, siendo todos iguales.

El momento había llegado. Llevaba en sus espaldas un sol dorado y su voz iba a retumbar aquella noche del 21 de Junio de 1977 en cada pared del Rushmore Civic Center de Rapid City al sur de Dakota, pero aún no lo sabía. Estaba concentrado en entregarse una vez más. Salir al escenario a divertirse como cuando era chico y se escapaba con sus amigos a ver al predicador.
Desde la primera vez que sintió la presencia del espíritu dentro suyo, supo que estaba destinado. Experimentó en lo profundo de su pecho una bocanada de aire que lo colmaba, excediéndolo y obligándolo a hacerla brotar hacia afuera como la explosión de una bomba o la erupción de un volcán.

Cuando aún era joven, la noche anterior a grabar su primer canción en los estudios Sun en 1953, un extraño se le acercó en la oscuridad mientras caminaba por las calles de Memphis. Al quedar cara a cara, en la penumbra propia de las calles desoladas, se le quedó mirando fijo. El músico reparó en la silueta del extraño: era más alto que el común de la gente y llevaba ropas desgastadas que parecían de otra época. Por un segundo, el porte de aquel hombre le recordó a una versión desmejorada de los superhéroes que había leído en un sinfín de comics durante su infancia.

El extraño se acercó lentamente al oído del joven y poniendo delicadamente una de sus manos sobre su hombro, le dijo en un susurro imperceptible:

- ‘Los ríos solitarios fluyen a los brazos abiertos del mar’.

Entonces, algo en la mirada del muchacho cambió para siempre. En su interior comenzó a crecer una llama que tardaría veinticuatro años en apagarse, pero que iluminaría la vida de millones de personas. Supo que su voz era un regalo y que debía compartirlo con el mundo.

Recordó lo sucedido aquella noche extraña, tantos años atrás, al momento de subirse por última vez al escenario. Vio hacia el público, como tantas otras veces, y ya no se encontró con la penumbra como resultado del sinfín de focos encandilándolo, sino que pudo penetrar en la mirada de cada una de las personas que se encontraban allí, en simultáneo.

Caminó lentamente y con cansancio hacia el centro del escenario. Le dolían las piernas y había empezado a transpirar por la intensidad de las luces. Los nervios habían vuelto, después de tantos años, como la primera vez que puso un pie sobre las tablas. Lo supo, recién entonces, el principio y el final se conectaban.

Entonces, llegando al final de su presentación, decidió despedirse de su público entregándose: estrenó una canción que jamás había interpretado en vivo.
Se acercó al piano y le pidió a Charlie Hodge, su fiel amigo, que lo ayudara mientras se hacía cargo de las teclas. Nervioso, le dijo también que se quedara junto a él, sosteniéndole el micrófono, con una humildad abrumadora. El hombre le puso una toalla dulcemente alrededor del cuello, repleto de admiración. Luego, lo asistió mientras comenzaba a ejecutar los primeros arpegios, haciéndolos resonar por todas partes y colmando el recinto.

Había comenzado la magia.

Dio todo de sí, por última vez. Su voz había recuperado el caudal de antaño e incluso parecía mejor que nunca. Sintió dentro algo que jamás había experimentado, la llama que lo había acompañado comenzaba a apagarse, pero lejos de sentir tristeza, comenzó a percibir un fuego aún más grande que lo abrazaba por dentro. Como si una conexión con algo superior lo estuviera llamando. En ese momento, había dejado de cantar para su público por primera vez en su carrera y ahora lo hacía en comunicación íntima con algo más.

Recordó, cerrando fuertemente los ojos y temblando más que en cualquier baile del pasado, las palabras de aquel extraño tanto tiempo atrás. Casualmente, eran las mismas que tocaban en aquella parte del coro:

- Los ríos solitarios fluyen a los brazos abiertos del mar.- y continuó.- Los ríos solitarios suspiran ‘espérame’. Volveré a casa, espérame…

Entonces cantó cada palabra estremeciendo a cada persona del público, con más grandeza que nunca. 

Gnökz regresó agobiado de su primer viaje ilegal al planeta azul, con la melodía de “That’s when your heartaches begins” pegada en su memoria, aquella había sido la canción que le había oído tararear a aquel joven de Tupelo, Mississipi a las afueras del estudio Sun. Al cruzárselo en aquella oscura noche, sintió en él algo especial y un profundo cariño. Elvis lo miró de reojo y esbozó una media sonrisa antes de continuar su paso. Ambos supieron en ese instante que aquella no sería la última vez que sentirían esa conexión.

Atravesó el antiguo sistema de cuevas aún con la melodía en la cabeza, un enorme tocadiscos bajo el brazo izquierdo y sosteniendo con la mano derecha un gran disco de vinilo. Al llegar a su hogar, depositó el artefacto sobre una enorme roca plana y sacó de su funda el disco negro y reluciente. Se trataba de la copia de seguridad del master de “My Happiness”, el disco con el que sin que nadie lo supiera, empezaría la historia del rock and roll. 

Al sonar los primeros compaces del tema homónimo, Gnökz se quitó las anticuadas ropas que había replicado para camuflarse entre la gente de Memphis y comenzó a afilar su cuchillo, aquel que unía los restos de la dorada hoz con la empuñadura de la espada de su padre. Desde su muerte, aquella improvisada arma había conocido las tripas de miles de habas que aún continuaban visitando sus tierras buscando carne fresca, y jamás le había fallado.
Recordó entonces la mirada vacía de su padre muerto. De repente, aquella imagen nítida se fundió con el ojo indescriptible de la Lébula en un grotesco deforme. Recordó también como quedó petrificado mientras ésta lo pasaba de largo, como si no hubiera reparado en él.

Cada día después de aquel encuentro se había culpado por permanecer inmóvil y no haber intentado matarla. Había sido la primer persona en mirarla fijamente y sobrevivir. Los pocos que habían corrido la mala suerte de espiar en ese abismo jamás volvieron a ser los mismos, cayendo en la locura más irremediable y perdiendo conexión con la realidad para siempre. Quizás, estaba atravesando un calvario peor al momento de mirarla y por eso no sucumbió.

Para cuando el lado B del disco, el tema que no había dejado de tararear, comenzó a reproducirse, él ya se encontraba en la superficie listo para atizarse con los espeluznantes seres. A medida que la profunda voz del joven cantante retumbaba melancólica por las paredes del sistema de cuevas para escapar hacia la superficie, Gnökz se percató de que la horda de bichos era considerablemente superior a otras veces y que se aproximaban en tropel, desbocadas. 

Entendió que las frecuencias bajas y pausadas en la voz del músico, en lugar de resultar relajantes y placenteras como lo eran para el oído de los humanos y los Gnömaks, generaba en las bestias confusión y enfado. Lejos de correr a silenciar los compaces que provocaban a las habas, continuó esperando firmemente, con una sonrisa en su rostro.

- A ver si también te atrae…- susurró, con la mirada fija al vacío.

Esperaba que el mismo comportamiento anómalo que presentaban las habas fuera replicado por la Lébula, olvidando que aquellas abominaciones no eran vástagos del monstruo, sino sus desechos.

Sin perder las esperanzas, Gnökz continuó con su ritual día tras día, año tras año, aniquilando habas y esperando inútilmente la llegada de la Lébula. Cuando gastó aquel primer disco lo guardó cuidadosamente en su funda, comenzando así su colección y viajó a la Tierra a buscar más material de aquel muchacho, con la esperanza de que su voz le sirviera de aliada. Consiguió cuanto disco sacó el joven, engrosando su colección y su ilusión.

Hasta que una noche, veinticuatro años después de aquel primer encuentro, sintió un fuerte llamado del planeta azul. En su interior, un fuego comenzó a abrazarlo y a atraerlo al planeta Tierra de manera incontrolable. 

Comenzó a oír una melodía de piano que bailaba desbocadamente. Entonces, vio a aquel joven muchacho mucho mas viejo y deteriorado. En su interior, la llama que había comenzado a brotar se desplegó por todo su ser.

Recordó entonces una frase que le había dicho al joven en su único encuentro, justo antes de que el hombre comenzara a cantar con todas sus fuerzas:

- Los ríos solitarios fluyen a los brazos abiertos del mar.

Se sorprendió cuando unos segundos después, Elvis cantó la misma frase. Instantáneamente, comenzó a llorar de manera incontenible.


- Padre Sebastián... ¿Está usted bien? - preguntó preocupado Amarello, mientras sacudía el hombro de Gnökz que se encontraba absorto.

- Mi nombre no es Sebastián, Amarello.- respondió Gnökz, volviendo en sí.- Es momento de que sepas la verdad. No queda mucho tiempo.

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