CAPÍTULO XXV: La conjura del deseo.
Los entrenamientos apenas habían comenzado para Gnökz meses atrás, cuando la Consciencia Colectiva lo había reclutado para formar parte del cuerpo armado. Próximos a cumplir la mayoría de edad, los jóvenes se iniciaban en el arte de la guerra: El entusiasmo de éstos era absoluto, entablando competencias tácitas por quién recibía primero el llamado. Millones de años atrás, el desarrollo militar había permitido a la raza Gnömak abandonar el nomadismo para volverse sedentarios y desarrollarse.
Desde entonces, el progreso dentro de la carrera armamentista era sinónimo de prestigio social: Los más jóvenes comenzaban como inexpertos soldados en entrenamiento, aprendiendo técnicas de combate que sus antepasados habían perfeccionado durante siglos, en un constante intercambio con los terrícolas. Entrados en la adultez, lograban escalar y convertirse en cabecillas del ejército. Más tarde eran enviados en fugaces viajes a la Tierra como agregados culturales. Entonces, realizaban expediciones entablando relación con las mentes más brillantes de nuestro planeta. Finalmente, cuando lo sintieran oportuno, podían jubilarse a temprana edad para descansar y ayudar con la agricultura si así lo quisieran.
A pesar de las instrucciones impartidas por el ejército, habían sido contadas las veces que Gnökz había manipulado un arma fuera de la mirada atenta de su padre. Reticente a la violencia y con un profundo espíritu crítico y pacifista, no había resultado un buen guerrero aunque Gnölek realizara esfuerzos ingentes durante su descanso para encender en su hijo la chispa de la lucha.
- Presta atención. ¿Oyes el temblor bajo nuestros pies? Se acercan… Nos están acechando.
El padre miraba fijamente a su hijo, que no paraba de temblar perdido en su regazo. Frunció el ceño, intentando que la comprensión ante el temor del joven se antepusiera a su mente fría y estratega.
- Sun Tzu, un estratega del planeta azul, escribió en su libro “El arte de la guerra” que «Nuestra invencibilidad depende de nosotros, la vulnerabilidad del enemigo de él. Los que son expertos en el arte de la guerra pueden hacerse invencibles, pero no pueden hacer al enemigo vulnerable».
Entonces un ruido seco y profundo retumbó por todo el lugar, estremeciéndolos. Las pisadas estrepitosas de las bestias se acercaban más, transformando cada instante en una oportunidad que se balanceaba entre la vida y la muerte.
Gnökz se asomó disimuladamente para intentar comprender mejor qué sucedía fuera y lo que vio lo aterró. Ya no se trataba únicamente de los horrendos seres de forma oval-redondeada, con enormes y delgadas patas que alborotaban todo a su paso. Descubrió más allá de estos, en el horizonte, un enorme ser amorfo flotando livianamente, de cuya boca brotaban agolpándose aquellos bichos como si los estuviera regurgitando.
Una espesa saliva verde acompañaba el parto indigesto de las abominaciones, en un ritual macabro y desquiciado. Los cuerpos se desplomaban como rocas inertes, sin ojos que les permitieran destilar un rastro de bondad, ni bocas con las que pudieran comunicar con gritos la agonía de cada instante en el que permanecieran vivas.
De a poco iban cayendo sobre el suelo; inmóviles y rodeadas de la densa baba, hasta que de un instante a otro comenzaban a moverse torpemente en espasmos, incorporándose con sus delgadas patas para empezar a dar sus primeros pasos. Luego, con la confianza ganada y la geolocalización calibrada echaban a correr desaforadas, en línea recta y con un objetivo claro. Resultaba espeluznante verlas atravesar aquella llanura desierta, levantando polvo a su paso como señal de un destino contundente e irrefutable.
Como por instinto, Gnölek agarró a su hijo de la cintura y lo empujó al suelo, tratando de que no viera un segundo más aquel escenario devastador. Lo acurrucó nuevamente entre sus brazos y Gnökz cerró los ojos intentando olvidar el espectáculo de vísceras desparramadas y sangre cobriza que teñía el suelo rojo como en una profundización irónica de la catástrofe.
- Se irán, pronto se irán.- susurró Gnölek, intentando creerse su mentira.
Sin embargo sabía que aquello no era cierto. Había experimentado arrebatos similares a lo largo de su vida y conocía el proceso de memoria: Las bestias salían de las entrañas de aquel ser indescriptible. Luego comenzaban a devastar todo, engullendo a cuanto Gnömak se encontraran a su paso. Finalmente, habiendo saciado ya su angurria, desaparecían como habían llegado hasta la próxima envestida.
- ¿Por qué nos hacen esto?- preguntó el joven con lágrimas en los ojos.
En ese instante, un grito agónico de una mujer penetró los tímpanos de ambos, calando en lo más hondo de sus seres. El hombre intentó buscar una respuesta para su hijo, pero fue en vano. La realidad era cruda y desgarradora. Su mundo había sufrido demasiado, pero aquella vez sería definitiva, ya no podrían resistir. Lo único que quedaba era la verdad, para que pudiera hacer frente a la cruel realidad una vez que él no estuviera. Entonces, decidió contarle todo.
- Las bestias no tienen la culpa. Son algo más bajo que los soldados en un ejército. Actúan cumpliendo una pulsión, un instinto. Pero sin saber cuáles son las intenciones detrás de su masacre.
Afuera, el espeso polvo había generado una pared implacable que no dejaba ver más allá de unos palmos. Gnölek sabía que no quedaba mucho tiempo. Era aferrarse a la falsa seguridad de permanecer dentro de su casa con su hijo, mintiéndole un futuro inalcanzable, o salir a intentar luchar por él derrotando a la mayor cantidad de bestias posibles. Sabía que la contienda era una hazaña absurda, pero algo dentro lo incitaba a luchar hasta último momento.
Entonces, besó a su hijo en la frente, sabiendo que aquella sería la última vez que lo vería en su vida y se volteó antes de que las lágrimas comenzaran a brotarle incontenibles por los ojos. Agarró la espada que tenía colgada en uno de los muros de su hogar y la envainó en su funda, a un costado de su cadera. Antes de atravesar el umbral, prometió que regresaría. Luego, lo cruzó y comenzó a perderse en el sistema de cuevas sin mirar atrás.
Gnökz permaneció inmóvil durante varios minutos, procurando hacer el menor ruido posible para no alertar a las bestias. Temblando, intentó conservar la calma y abstraerse para no pensar en la masacre.
Sus rostros deformes y ciegos percibían el miedo, con un hambre imperante que no conocía de culpas. Inmediatamente, salían famélicos a continuar con su cacería atravesando los cuerpos desgranados de sus inertes víctimas en busca de carne nueva. Cuando sentían aquella pulsión enferma, los músculos de sus piernas raquíticas y venosas se tensaban en un rictus espantoso, como el rostro desdeñado de un muerto. Entonces, emitían un graznido espástico y desacompasado, seguido de un jadeo profundo que acompañaba la canción de la desesperanza.
Cada cierto tiempo, debían evacuar la recua indigesta de cuerpos deformados. Detrás de sí comenzaban a salir partes mutiladas y a medio digerir, en una pulseada indescriptible por mantener la esencia que las había conformado o entregarse por completo al sinsentido repulso. Las heces eran acompañadas por una polución viscosa y hedionda, similar al semen, de aspecto amarillento y corrosivo que por su acidez desgastaba la superficie sobre la que cayera.
Sin embargo, el principal peligro de Gnökz no eran aquellas habas deformes, la verdadera amenaza aún no se hacía visible. La madre de aquellas abominaciones era aún más peligrosa que sus crías. Se trataba de un ser esperpéntico y etéreo que las excretaba como desechos, como el síntoma de una diarrea cósmica, con una fisionomía inconcebible para el ojo Gnömak. Los ancestros de la Consciencia Colectiva eran los únicos que habían logrado hacerle frente en el pasado, sin siquiera lastimarla. Lo poco que habían podido escribir acerca de ella dormía en unas tablas que solo eran reveladas a los más altos rangos militares, con la fortaleza de no quitarse la vida tan solo con escuchar las atrocidades que en ellas se narraban. Sin embargo, circulaban leyendas desdibujadas entre los niños. Reversiones que los padres amenizaban en forma de cuentos de terror: la llamaban, la Lébula.
Los pocos Gnömak que aún permanecían vivos, intentando arrastrarse a algún lugar fuera del alcance de la Lébula, caían derrotados en cuestión de segundos. Sus ojos terminaban extraviados, con la mirada pendiendo en un vacío desgarrador. Aquellos que habían cometido el error o la osadía de perderse en el abismo cósmico por el que salían las habas deformes, terminaban desquiciados deseando morir antes de seguir viviendo con el recuerdo penetrante en sus cabezas del infierno que a través de aquel orificio se veía.
- 'Preferirías morir de mil maneras a la vez antes que presenciar lo que la Lébula puede mostrarte.’- le había dicho Gnölek alguna vez.
Entonces, aún mortificado por los agónicos quejidos que llegaban en ecos deformados desde la superficie, decidió salir y enfrentarse a lo desconocido junto a su padre. Miró por todos lados, recorriendo imaginariamente cada rincón de su casa en busca de un arma que pudiera usar para defenderse al momento de llegar a la superficie, pero no encontró nada.
Sin esperanzas, comenzó a bajar la vista resignado. En ese instante, advirtió abandonada en un rincón oscuro la dorada hoz con la que su padre había labrado los cultivos subterráneos durante sus años de retiro y concibió aquel objeto adecuado para él: una herramienta pacífica, útil para alimentar, destinada a destruir por obligación.
Ahora sí estaba listo para salir a la intemperie y afrontar su miedo.
Avanzó por primera vez en su vida a través del intrincado sistema de pasajes que comunicaban las distintas cuevas, guiándose únicamente por sus oídos, que identificaban cada vez más nítidos y espeluznantes los reflejos de la masacre. Sus manos aún vírgenes de trabajo, comenzaron a lastimarse a medida que trepaba con esfuerzo a través de las escarpadas rocas hacia el exterior. Entonces sintió, también por primera vez, algo en el dolor que le resultaba extraño: un sentimiento de placer que le recorría cada nervio desde las encías hasta la punta de los pies, llenándole la boca de saliva en una avidez excitante.
Con dificultad y cansancio logró llegar a la salida y sintió como una luz intensa le bañaba la cabeza, con un calor suave que lo reconfortaba, mientras que sus pulmones comenzaban a llenarse cada vez más del pesado polvo rojo que invadía todo el aire, sofocado de muerte.
Incorporándose, comenzó a avanzar entre la espesa nube a tientas, procurando distinguir entre las difusas e inertes siluetas el cuerpo vivo de su padre en feroz combate con las bestias. Sin embargo, no tardó mucho en encontrarse con aquella opción que jamás hubiera deseado.
Tendido entre dos enormes rocas, bajo el inmóvil y chorreante cuerpo de una de las habas atravesada por su espada, se encontraba el cuerpo sin vida de su Gnölek. El brazo derecho, que empuñaba el arma, estaba completamente enterrado dentro de las fauces del esperpento, cubierto de sangre y completamente desgarrado. El rostro del hombre, petrificado e inmóvil, aún conservaba la rabia bélica que sentía en el instante mismo de la muerte: los ojos inyectados en sangre miraban fijos y desafiantes a la bestia, mientras que la boca abierta sugería un grito que ahora había quedado mudo para siempre, desafiante.
Al advertir esto Gnökz corrió hacia el cadáver de su padre y cayó de bruces junto a él. Durante varios minutos permaneció llorándolo con los ojos empapados hasta que oyó el sonido inconfundible de la Lébula. Como en un espasmo, apartó de su mente el luto y se incorporó, alerta. Agarró la hoz dorada con ambas manos y con todas sus fuerzas la estrelló contra una de las piedras que cobijaban a su padre. Tomó la parte más grande del filo que se había despedazado y la enolvió en girones de su propia ropa. Luego, con esfuerzo e intentando no pensarlo, desencarnó de la mano derecha de su padre el mango de su espada y lo adaptó para que pudiera contener el nuevo filo. Una vez que estuvo listo se puso de pie y tomó aire, cerrando fuertemente los ojos y alzando su nueva arma sobre su cabeza.
Al abrir los ojos luego de aquella bocanada, vio frente a frente a la Lébula que permanecía quieta, espectante.
Comentarios
Publicar un comentario