CAPÍTULO XXIV: La sombra de un cuervo blanco.
Después de una ardua noche de trabajo regresó a su hogar exhausto, con el único deseo de reencontrarse con los suyos, besar en la frente a su hijo y mostrarle una copia de la partitura original de la misa de Réquiem en re menor KV 626 de un joven compositor austríaco que sin embargo no sabía que estaba llegando al final de su vida. La había replicado con su mente durante su último viaje, pero aún no se la había podido entregar al pequeño.
Su rostro enjuto reflejaba lo arduo de la jornada y en su
barba comenzaban a asomar algunas canas. Al llegar, abandonó la dorada hoz con
la que labraba la tierra del sector que le habían asignado para trabajar e
incorporándose, ingresó a su casa.
Su raza llevaba milenios perfeccionando una sofisticada
dinámica de producción. Desde que la Tierra vio evolucionar a los primeros
seres humanos y estos comenzaron a inquietarse por descubrir que había más allá
de las fronteras de la atmósfera, todo tuvo que cambiar. El planeta Marte debió
restringirse y sus habitantes tuvieron que desplazar sus cultivos rotándolos por
temporadas, trasladándose a la cara del planeta que no fuera captada por los
telescopios. Poco a poco, las técnicas mutaron en perfectas plataformas que
captaban la luz solar y redirigían el agua de los océanos antiguos que aún
existían en el planeta rojo hacia las enormes plantaciones.
Gnölek había heredado la hoz de su padre y con ella había
comenzado a labrar la tierra siendo muy joven, cinco mil años atrás. La
longevidad de su raza les permitía acumular un conocimiento vasto,
desarrollando sistemas inabarcables para el entendimiento humano. Sin embargo, cuando
cada marciano era considerado adulto por la Consciencia Colectiva, se le
encomendaba la tarea de compartir el saber de su raza con la especie humana
como si se tratara de hermanos menores del sistema Solar. Con cada cambio de
siglo terrestre, equivalente a un año en el ciclo vital de los marcianos,
viajaban a la Tierra y compartían sus descubrimientos y herramientas con las
civilizaciones más desarrolladas de la época. Fue así que desde los sumerios
con la escritura cuneiforme hasta la modificación del alfabeto cirílico,
pasando por el Antiguo Egipto y la gran Muralla China, un profundo e invisible
vínculo había unido a ambas razas, destinándolas para siempre a una estrecha
hermandad.
Desde sus primeras expediciones, Gnölek se había
transformado en un ávido explorador de la cultura terrestre. Cada viaje para él
era una nueva oportunidad de intercambio, un evento único e irrepetible. A
diferencia de su gente, él consideraba aquellas travesías como un trueque en
lugar de una encomienda. De entre todas las enseñanzas y objetos que había
acumulado a lo largo de los siglos, lo que más llamaba su atención era el arte,
y siendo la literatura y la música su punto débil. Cada travesía significaba
regresar con una colección inconmensurable de obras cumbres de la literatura
mundial y un sinfín de música en el formato que estuviera vigente: en un
principio memorizaba los rústicos ritmos y los sonidos guturales que los
primeros nómades de la edad de piedra evocaban en sus cavernas, luego los
primeros instrumentos confeccionados con pieles animales, madera y hueso; más
tarde las primeras partituras escritas durante los períodos Renacentista,
Barroco y Clásico. La fascinación por la
raza humana también había alcanzado a su hijo y cuando le entregó las
partituras que había conseguido, éste automáticamente las memorizó y comenzó a
tararearlas, generando en el rostro ajado de su padre, tras una intensa jornada
laboral, una sonrisa inclaudicable.
Pero antes de que pudiera recibir el tan ansiado abrazo
en señal de felicidad y agradecimiento por parte del joven, un grito ahogado
sonó detrás de sí. Se trataba de la madre del chico, uno de los vínculos de
Gnölek dentro de la Consciencia Colectiva. Ésta se acercó y con una profunda
mezcla de exaltación, miedo y curiosidad, comenzó a inspeccionarle la cara, separando
su barba cuidadosamente y reparando en los notorios vellos blanquecinos que se
habían apoderado de su mentón.
No hizo falta decir nada. Ambos se miraron a los ojos, de
los de ella comenzaron a brotar un par de lágrimas. Sabían bien que aquel
vestigio de humanidad no significaba nada bueno.
Instantáneamente, la información recorrió en su totalidad
la Consciencia Colectiva. El veredicto de los sabios, la más alta jerarquía
dentro del Todo, fue contundente: Gnölek estaba maldito, su vicio habían sido
sus desmedidas expediciones al planeta hermano a lo largo de su vida y su
castigo haberse contagiado de la peor debilidad de sus habitantes, la vejez.
Gnölek fue condenado a vagar por la cara oscura de Marte,
sin compañía hasta que muriera o lograra desprenderse de una vez y para siempre
de la Consciencia Colectiva. Todos sus vínculos, incluido su hijo, quedaron
abrumados por la situación, pero a la vez comprendieron que lo ocurrido podría
perjudicar irreversiblemente al Sistema, por lo que debieron resignarse.
El deshonrado comenzó a vagar entre las rojizas dunas sin
rumbo. El hambre y la sed comenzaron a hacerse cada vez más notorios con el
correr de las semanas. Un sentimiento de profunda culpa comenzó a apoderarse
lentamente de él y un vacío enorme lo carcomía por dentro a medida que las
voces de la Consciencia Colectiva se atenuaban, apagándose de a poco como el
ocaso de una estrella, el sofoco de una llama o la misma muerte.
Vagó durante meses, hasta que de repente, al borde de
entregarse a la locura, una luz enceguecedora inundó el llano rojizo como un
presagio de la desgracia. Miró hacia el cielo y el fulgor lo encandiló. Parecía
una pesada manta resplandeciente que lo abarcaba todo, alejándose despacio de
encima suyo. A medida que recobraba la visión logró distinguir mejor las formas
difusas que lo habían acechado.
Vio entonces lo que parecía ser la sombra de un inmenso y
blanco ser que impactaba en forma luminiscente sobre la arena roja. Al
disiparse momentáneamente la arena, pudo escurrir sus ojos para advertir que se
trataba de un enorme ser alado, con gigantescas alas blancas que batía con
furia, alborotando las dunas de arena y esparciéndolas por doquier en un caos
estridente. Cuando logró enfocar la vista y profundizar en la cabeza del
animal, notó que este no se asemejaba a ningún ave que jamás hubiera visto en
sus travesías terrestres.
Por el contrario, el ser poseía una cabeza arrugada y en
carne viva, pero sin ojos ni pico, solamente un enorme agujero que permanecía
abierto constantemente, por el que entraba polvo de las dunas de manera
arrebatada. Gnölek logró ver por unos segundos dentro de aquel agujero, por
detrás de la espesa tormenta de arena, y creyó que quedaría ciego de por vida.
A través de aquel orificio salía una luz incandescente con la fuerza de todo el
universo agolpado en un simple y poderoso haz.
Como tratándose de una descomunal agonía, el esperpento blandía
diletante sus gastadas alas a través del cielo, anunciando en un presagio la
desgracia inminente. Por encima de este, un coloso metálico con enormes velas
de plasma desplegadas, ondeando al son de los fuertes vientos del desierto
marciano y alejándose rumbo a la Megápolis.
Teniendo su vínculo con la Consciencia Colectiva
debilitado, le resultaba imposible advertir a los suyos acerca de la amenaza. Sin
embargo, intentó juntar fuerzas de las entrañas de la mismísima derrota y
emprender el regreso para proteger su hogar.
Gnölek corrió con todas sus fuerzas, hasta llegar a las
afueras de la civilización. Agitado, logró burlar el sofisticado logró burlar a
los pocos hermanos de la Consciencia Colectiva que quedaban aún dentro de las
destruidas casas que el monstruo había arroyado a su paso, ya que ya no formaba
parte del todo y su raza ya no podía detectarlo de inmediato.
Algunos metros antes de llegar a su casa, advirtió que
esta también se encontraba destrozada por la impiadosa fiera. Alarmado, corrió
con sus últimas fuerzas al portal y apoyándose en él intentó recobrar el aire y
recomponerse, pero esta no era más que una excusa para intentar dilatar en una
eterna diletancia de oportunidades la verdad única y absoluta de encontrar
muerta a su mujer y a su hijo una vez que comenzara a revisar cada rincón de la
morada.
Aún con miedo, pero con la valentía absurda que solo dan
las pérdidas cercanas en cualquier planeta del universo, el desdichado padre
avanzó a ciegas a través de los escombros del lugar. Intentó en vano ponerse en
contacto con sus seres queridos, concentrándose hasta la jaqueca e intentando
visualizar sus rostros de manera nítida y definitiva, como cuando aún formaba
parte de aquel que había sido su hogar, su mundo, pero todo fue inútil.
Entonces, ya sin tener un ápice de esperanza, se dejó caer de rodillas en el
húmedo suelo y de repente un sollozo casi imperceptible lo sustrajo de su
propia congoja.
Al mirar debajo de uno de los rústicos muebles que
decoraban el lugar, advirtió un delgado y empapado rostro que lo miraba con una
mezcla enrevesada de nervios, la tristeza y el desasosiego más absoluto y a la
vez la esperanza más abrumadora. Su hijo estaba débil, esperando a su suerte
que el enorme ser que había arrasado su hogar días antes regresara.
-
Gnökz.
¿Dónde está tu madre? – preguntó Gnölek tras recobrar el aliento.
El niño permaneció en silencio, mientras se incorporaba con dificultad
junto a su padre.
-
Gnökz.
¿Dónde está tu madre? – repitió.
Ni una palabra.
Encolerizado, Gnölek levantó la mano derecha en amenaza y el niño abandonó
la congoja y lo miró de manera desafiante. Su padre siempre había sido un
símbolo de respeto, tanto para él como para el resto de los suyos. La
Consciencia Colectiva respetaba a los Exploradores y los Agricultores más que a
cualquier otro eslabón de la cadena y él cumplía con ambos roles de manera
impecable. Sin embargo, desde que el todo había entendido la gravedad de la
situación que llevó al destierro a aquel ejemplar de la raza, Gnökz supo que
debía cuidar de su madre, ya que jamás volvería a sentir respeto por quien
hasta ese momento había sido su más alta figura de autoridad.
Gnölek pareció comprender esto, porque se desplomó ya sin fuerzas sobre uno
de los muros que aún quedaban en píe y cerró los ojos intentando recobrar la
composutra. Su boca estaba seca y su cuerpo cansado. Quizás, aquel era el único
destino posible: morir en su tierra pero con el olvido de los suyos, incluso su
hijo. Aquel era el destierro más aberrante que jamás hubiera imaginado.
Permaneció inmóvil durante varios segundos que creyó eternos, hasta que de
repente sintió una calidez familiar en su costado, como si fuera un apósito de
guerra: reconfortante y sanador. Miró de reojo a su izquierda y vio durmiendo
sobre su pecho a su hijo plácidamente, entregado al lugar más seguro de la galaxia,
los brazos de su padre. Llevaba en sus brazos, aferrados como si se tratara del
mayor tesoro del universo, los rojizos trozos de papel con las partituras del
Réquiem, que habían quedado olvidados fuera de su casa.
Gnölek lo miró con ternura y una delicada lágrima comenzó a escurrírsele
por el ojo derecho. Permaneció contemplando los restos de aquel niño que había
cuidado por tantos años y que en ese preciso momento estaba cambiando de piel a
una más dura y madura, para convertirse en un hombre. Recordó, años atrás, cada
libro que le había leído al volver de sus expediciones, recordó la avidez del
niño por siempre saber más. Lo mismo pasaba con la música, siempre había
oportunidad para conocer algo nuevo. Ese mismo niño inquieto, ahora tendría que
ser sacrificado por el mismo hombre que comenzaba a habitarlo. Sólo así podrían
hacer frente a la inmensa amenaza que había comenzado a mermar su raza. El
orgullo más profundo lo colmó y sonrió.
Era tiempo de dejar el rencor de nada y actuar por el bien común. Quizás,
no estaba todo perdido después de todo.
Comentarios
Publicar un comentario