CAPÍTULO XIX: Puchero y ayahuasca.

Las luces del estudio de televisión del Canal 26 en el que se grababa la emisión semanal de ‘La otra cara de la moneda’, el programa periodístico de mayor rating en la noche de los domingos, se encendieron dejando bajo los focos las caras de Martín Andrade – el conductor del programa, mordaz y efusivo – y Alejandro Levi, que sonreía a cámara de manera seductora.

 

Inmediatamente después de que  el carismático hombre revelara el pasado turbio de Enrico Parisi, los teléfonos de todos los canales comenzaron a arder en llamados por parte de los productores para conseguir la exclusiva con el flamante sujeto. Como si se tratara de migajas cuidadosamente dispuestas de manera azarosa, la producción de Parisi no tardó en compartir los datos de aquel sujeto en un desesperado intento por encontrar algún vacío legal que dispensara al derrumbado conductor.

 

Apenas unas horas más tarde, el hombre más buscado por el periodismo nacional estaba inmaculado, vestido con un traje azul oscuro y zapatos a tono, sentado en el lugar del invitado para ser entrevistado por uno de los periodistas más audaces del ámbito local.

 

- Esta noche tenemos el placer de recibir a la persona que estuvo en boca de todos los argentinos durante las últimas horas. Nos acompaña el hombre que desenmascaró a un colega con el que desgraciadamente me tocó compartir grilla en este bendito canal.- dijo Martín Andrade con una sonrisa que buscaba complicidad frente a la cámara, pero volvía con las manos vacías - Alejandro Levi... ¿Cómo estás? ¿Cómo llevás esta repentina popularidad que te tomó por asalto en tan poco tiempo?

 

- Martín, mucho gusto.- respondió el hombre extendiendo su mano y estrechándola con la del periodista.- Se dio todo de manera muy repentina, como vos decís... Pero al menos espero dejar un buen mensaje en aquel que me escuche. Verdaderamente, me siento muy a gusto con el calor de tú público. La gente es muy afectuosa.

 

Acto seguido, Levi miró a las cámaras con sus ojos azules y penetrantes. Luego, esbozó una sonrisa que parecía derretir las lentes, muy alejada de la mueca macabra que el entrevistador había soltado antes.

 

- Permitime que te pregunte lo que todo el pueblo quiere saber, Alejandro. ¿Cómo supiste que Enrico Parisi era un fratricida? Explicáselo a Doña Rosa que está frente a la televisión y se pregunta lo mismo que yo.

 

La gente detrás de cámaras se relamía los labios y frotaba sus manos esperando una respuesta reveladora. Los productores iban de un extremo al otro del estudio pegados a sus teléfonos celulares y sus handies, mientras que la asistente de vestuario arreglaba un botón que se había desprendido del saco del periodista a la par que el chef de claque controlaba a los reidores para que permanecieran inmutables y los cámaras, todos, enfocaban en plano cerrado al tipo que había sentenciado a la parrilla de la condena social y penal a una de las estrellas más consagradas de la televisión.

 

- Verás, mi estimado Martín. No hay cosa más poderosa que la mirada de una persona. Los ojos de un hombre pueden esconder el más atroz de los secretos.

 

- Ya oyeron, chicas... Los ojos de un hombre son un arma mortal.- bromeó el periodista sin gracia alguna, nadie en el estudio ni en el resto del país esbozó algo parecido a una sonrisa.- ¿Y qué ves en mis ojos?

 

Cuando dijo eso y miró fijamente a cámara, rompiendo no solo la cuarta pared sino todo el resto de los muros que levantaban aquel estudio de televisión, todo el personal se llevó las manos a la cara en señal de una vergüenza tan ajena como abrumadora y a la vez tan propia que resultaba vomitiva.

 

- Lo que veo en tus ojos, así como en la mirada del resto de los argentinos y argentinas que están viéndonos en este preciso momento son dos cosas: un deseo y una pregunta.

Martín Andrade, que manejaba mucho mejor las rutinas periodísticas que las humorísticas, advirtió en aquella sentencia una invitación a la dinámica de la repregunta, su arma favorita.

 

- ¿Cuáles son ese deseo y esa pregunta?

 

- La gente en este país tiene un deseo: vivir libres. Y la libertad sólo se consigue a través de la verdad. La pregunta que se hacen tus televidentes en sus casas es sólo una: ¿Cuándo vamos a saber la verdad? Así como ocurrió con lo de Parisi hay muchas cosas más bajo la alfombra, esperando que alguien vuelva a barrerlas fuera para que se nos peguen los ácaros.

 

- Tenés toda la razón...- contestó Martín Andrade intentando disimular su temor.

 

- Esta gente ha estado gobernada por un avestruz que escondió la cabeza bajo tierra, dejando a su pueblo librado al azar. ¡Y la única persona que por derecho podría suplirlo en ejercicio frente a semejante afrenta, nuestro Vicepresidente, fue menospreciada por él en cadena nacional hasta el paroxismo!

 

Mientras Martín miraba de reojo a los carteleros para que le escribieran en uno de los afiches el significado de esa última palabra, para salir del apuro y no quedar como un imbécil frente a su audiencia, Alejandro Levi aprovechó para sacar del bolsillo interno de su saco un panfleto atípico. No tenía forma rectangular, como acostumbraba la propaganda política. Era ovalado, de un color azul intenso.

 

- ¿Qué es eso, amigo mío?

 

- Lo único que nos puede acercar a la verdad. Basta de mentiras. Basta de que sean siempre los mismos los que cuentan los granos para alimentarnos como gallinas. Vengo a proponerles ser libres, a través de la verdad. Romper el statu quo.

 

Vengo a invitarlos a vivir: los invito al Proyecto Rayo Azul. ¡Iluminemos el camino a un futuro promisorio!

 

Cuando terminó de clamar esas últimas palabras, el estudio entero -e incluso gente de estudios vecinos que se habían infiltrado para presenciar ese momento- se vino abajo en aplausos.

 

 

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