CAPÍTULO XVIII: Nada que perder.

A medida que atravesaba volando las desiertas calles de la ciudad, dejando tras de sí una estela de polvo espeso a su paso, las lágrimas brotaban de sus ojos como regueros de desesperación bañando el asfalto agrietado. No tenía lugar al que ir donde no lo buscaran, ni tampoco más contención que la de su propia autocompasión. Era un paria sobrevolando aquella jungla de la que tantas veces se había sentido parte, abrazado por el anonimato sobrecogedor que hoy lo escupía devolviéndolo a la realidad más absoluta. En ese instante la soledad no era otra cosa que un diminuto duende comiéndole la nuca y buscando tocarle las pelotas.

 

Sebastián pensó entonces que la única persona que al menos le daría unos segundos de respiro, dándole una cachetada antes de cerrarle la puerta en la cara sería Eva. Para ese entonces, su novia seguramente habría visto el crimen por televisión al igual que el resto del mundo. Entonces, recordó que cuando solían discutir y debía pedirle perdón, manejaba hasta el departamento con un nerviosismo incontrolable y al llegar ella lo recibía furiosa, pero iba volviéndose dócil si lograba esgrimir las palabras adecuadas. Luego vendría el sexo de reconciliación y el motivo que los había llevado a discutir a los gritos sería tapado bajo una alfombra de gemidos hasta que la calma se turbara otra vez en un loop inclaudicable. Pero esa noche no correría con la misma suerte.

 

Se habían descubierto en un bar irlandés de Palermo unos meses atrás, ambos sentían que una vida compartida los unía en cada risa, como siempre que se pone el juicio crítico sobre la balanza del amor. Ella y Sophie, la novia de Iván, habían coincidido en un hostel en Belgrano. Ambas eran diametralmente opuestas, pero la soledad que genera el desconocimiento de una ciudad ajena o quizás la sensación de querer recuperar a las amigas que ambas habían dejado atrás las había unido: Sophie era francesa con un humor ácido y un rostro inmutable. Mientras que Eva era una inglesa hija de argentinos que se habían exiliado en pleno cambio de siglo, siempre con una sonrisa y entregada a la curiosidad.

 

Con las primeras caladas a los cigarrillos, después de haberle pedido fuego en medio de aquel antro para iniciar la conversación, ambos supieron que aquella noche no terminaría en taxis separados. Sebastián quedó prendado desde el primer minuto a ese acento británico que aseguraba que las Malvinas eran argentinas y Eva quería oír en la voz de aquel extraño las canciones que su padre solía cantarle de chica para hacerla dormir.

 

Los siguientes meses fueron intensos. El intercambio cultural cada noche se daba en una cama, donde la guerra era sin trincheras y poco a poco fueron adquiriendo las mañas y hábitos del otro hasta convertirse en una pareja. Sin llegar siquiera a los cuatro meses ambos conocían toda la agenda del otro y las presentaciones familiares fueron sorteadas de ambos lados por razones irremediables: Sebastián había perdido a su padre cuando era bebé y su madre se encontraba de viaje junto con su padrastro –de quién había heredado su apellido- mientras que los padres de Eva estaban en Manchester trabajando y recién podrían programar una visita para el año siguiente.

 

Sebastián tocó el número del departamento de Eva en el portero eléctrico y al oír su voz, ella se quebró en llanto:

 

-          No quiero volver a saber de vos. Me cagaste la vida, hijo de puta…- dijo con la voz desgarrada antes de colgar.

 

Aquel acento que lo había enamorado, ahora se había transformado en dagas que de forma entrecortada le iban cercenando el corazón. Intentó llamar a su departamento dos veces más. De a poco, todo el esquema que había armado en su cabeza iba diluyéndose como los hielos de un trago olvidado en un bar de mala muerte. No podría subir y fundirse en un abrazo tembloroso, compartiendo ambos el mismo miedo hacia lo desconocido.

Ella no le permitiría que él le explicara lo ocurrido. No dejaría que le contara acerca de la luz cegadora que lo despertó en medio de la noche. Tampoco podría hablarle de Elías, sobre como él también había presenciado lo mismo. No podría decirle que no estaba sólo en aquel delirio. Tampoco podría contarle acerca de Gnökz y su aparición repentina en su departamento, ni como ambos fueron transportados mágicamente a otro lugar. Ni lo confundido que estaba, tanto que un anciano intentó averiguar si se encontraba bien y al poner la mano sobre su hombro estalló de la nada en mil pedazos. Jamás lograría contarle que no tuvo nada que ver, que no tuvo como evitarlo. Ya no podría contarle nada, ella no querría oírlo.

 

Sin embargo, cuando estaba a punto de darlo todo por perdido y voltearse para perderse por siempre de su vida en la tupida oscuridad que lo abrazaba a sus espaldas, vio bajar los números de neón en el contador del ascensor y sintió que aún no estaba todo perdido. Al abrirse las puertas metálicas, la vio bajar. A pesar de que tenía el rímel corrido por el llanto e iba de entrecasa, con una remera enorme que le había pertenecido a él en el pasado y unos pantalones de fútbol, la vio más radiante que nunca.

 

Eva se acercó temerosa a la puerta de vidrio que la mantenía resguardada, separada del caos en el que se habían transformado las calles que mostraba la televisión y del psicópata con el que había dormido hasta hacía algunas noches y ahora se había transformado en el enemigo público número uno del país. Permaneció inmóvil detrás del cristal, detenida en la mirada de Sebastián, como intentando rescatar en vano algo de humanidad tras esos ojos que tantas veces había besado en las mañanas. Él intento esbozar alguna explicación que sonara convincente, que recobrara la confianza perdida, pero cualquier intento de explicar lo inexplicable terminaría en el absurdo.

 

Ambos habían llegado a la misma conclusión. Ella negó sutilmente con la cabeza, lamentándose haber puesto su vida en las manos de aquel ser abominable. Él se lamentó de algo, pero no entendía muy bien de qué, todo había sido involuntario. 


Se miraron una última vez con dolor. Luego, ella volteó para subir de nuevo al ascensor y él salió disparado hacia el cielo nocturno confiando en que encontraría respuestas en algún otro lado, aunque aún no sabía dónde. En el mismo momento en el que el ascensor daba ese salto imperceptible para comenzar a subir y Sebastián tomaba impulso para volar, una sensación de vértigo en el estómago los tomó a ambos por sorpresa. Algo se había roto.

 

Mientras tanto, en el departamento de Eva, la televisión encendida mostraba la impecable sonrisa de Alejandro Levi, mientras el público permanecía enmudecido ante la revelación y los efectivos policiales ingresaban al estudio para llevarse a Enrico Parisi, que miraba petrificado a la cámara, como si todo se tratara de una cámara oculta de mal gusto. Pero era algo más grotesco aún, era la verdad.

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