CAPÍTULO XVII: El destino de los hombres.
Cuando el pueblo griego sufría
una desgracia, solía cargar sus culpas a los dioses sin hacerse cargo de la
injerencia de sus propios actos. Uno por uno, les habían atribuido
características que se amoldaran fielmente a cada uno de los pormenores que
podían sufrir. Ares era aquel al que irían a parar las quejas frente a una
derrota bélica, pero también sería quién reciba las ofrendas para ganar una
batalla. De la misma forma, Demeter era la culpable de las inclemencias del
clima sobre las cosechas en tiempos de sequía, así como también la benefactora
causal de los cultivos sanos con los que las distintas ciudades de la Antigua
Grecia se alimentaban en las épocas de escasez.
Pero de entre todos esos seres
mitológicos, uno destacaba por encima de los demás y había logrado erguirse
como rey supremo y soberano. Zeus, una luz cegadora en medio de la oscuridad,
la turbulencia en medio del remanso. Un ser capaz de controlar los cielos y
transformarse en todo aquello que le fuera útil para cumplir su cometido. Había
conseguido su poder tras vencer a su padre, un déspota igual o mayor que él.
De estos seres comenzaron a
propagarse cada vez más historias fantásticas, de hazañas deslumbrantes y
epopeyas épicas. En estas, los seres humanos tenían una relación de dependencia
y sumisión, similar al juego masoquista del amo y el esclavo. Sin embargo, el
trato de todas formas se revelaba como algo extrañamente cercano y lejano a la
vez. Los dioses parecían tratar a los hombres como juguetes más que como hijos.
Los controlaban, los pulían y los desechaban a voluntad.
Homero dijo en su Odisea: “Los
dioses trazan el destino de los hombres para que los poetas escriban sus
versos.”
Toti y dos jóvenes que se
encontraban caminando por el oscuro túnel junto a Elías, lo escuchaban atentos
al igual que el resto del contingente que se desplazaba por las profundidades
que subyacían bajo la Avenida Córdoba rumbo a la Estación Callao.
Están llegando para divertirse
con nosotros, usarnos y desecharnos como basura. Ni piensen que van a querer
establecer contacto para unir fuerzas o para ampliar sus conocimientos. Nadie
viene desde tan lejos para hacer amigos y no van a pedir permiso, pero tampoco
disculpas.
La joven miró escéptica a quien
había sido su maestro en la escuela y preguntó con una quebrada voz que
mostraba más de lo que escondía:
Profesor, entonces ¿Qué lo mueve
en éste éxodo? Si a fin de cuentas, vamos a morir o quién sabe qué otra cosa
aún peor…
Elías Mastromarino miró fijamente
a su antigua alumna y sonrió. Mientras
continuaban avanzando en la oscuridad suspiró y tras adelantarse unos pasos y
estirar los brazos, como midiendo el diámetro de aquel húmedo túnel, confesó
con un tono entre jocoso y melancólico:
Al menos vamos a morir siendo
parte de la historia…
Pero vamos a estar muertos, no va
a haber historia que contar.- sugirió la joven, con congoja.
Estamos escribiendo las últimas
páginas, las más importantes. Como dijo un grande alguna vez, el show debe
continuar…
Mientras tanto, al otro lado de
la ciudad, las luces volvían a encenderse una vez más como cada noche en el
plató del estudio principal del Canal 23. Las últimas horas habían sido un
sinsentido y la gente necesitaba distraer su mente tras una invasión fallida y
una alerta trunca por parte de Franco Caride que desapareció en plena
transmisión.
Durante las siguientes horas,
luego de aquel coitus interruptus televisivo, toda la gente en el país
permaneció frente a sus televisores comiéndose los codos por la angustia. Sin embargo, tras unos minutos de haber
comprobado que el cielo estaba tan inalterable como siempre, la calma volvió a
reinar en los hogares y poco a poco Juanito fue amigándose una vez más con el
lobo.
Por eso el productor ejecutivo de
la emisora le había rogado a Enrico Parisi, un empresario italiano que tras un
caluroso amorío con Mora Cantilo en los años noventa se había convertido en el conductor
del concurso de preguntas y respuestas más exitoso de la grilla, para que
regresara de manera abrupta al canal y cumpliera con la emisión que habían
suspendido aquella noche. El programa consistía en un mano a mano donde el
participante debía responder una serie de preguntas de cultura general,
acumulando un premio que ascendía a cifras millonarias a medida que iba
llegando al eslabón más alto. En condiciones normales la gente se agolpaba en
filas inabarcables para participar del ciclo y ganar el jugoso premio, pero
aquel invierno no era el indicado para andar paseando por las calles y el
frente del estudio de televisión estaba desolado. Fue así que dieron, por
casualidad, con el único ser humano que aún se atrevía a transitar las calles
que aún olían a amenaza y colonización.
Cuando por fin se encendieron las
luces y el jefe de piso dio la indicación para que las cámaras empezaran a
rodar, Enrico Parisi desabrochó elegantemente el primer botón de su saco y tras
hacer un fingido ademán de sentarse, se reclinó hacia el hombre sentado frente
a él estrechándole la mano mientras le regalaba a todas las cámaras en simultáneo
una sonrisa amplia que brillaba por los reflectores. Luego, sin despegar la
mirada de las lentes, comenzó a recitar de manera sistemática la presentación
que cada noche repetía como un autómata.
¡Damas y caballeros! Sean 'todes' bienvenidos a una nueva edición
de…
Como cada noche, todos en el piso
se miraron con una mezcla insulsa de tedio y resignación. A pesar de que desde
la dirección del canal le habían bajado línea a Enrico de que era mejor no usar
el lenguaje inclusivo si no sabía cómo hacerlo, su necedad era más fuerte y
programa tras programa hundía a la emisora en un remolino impagable de
vergüenza ajena.
… '¡Hasta las estrellas!' ¡El programa que puede catapultarte
al éxito si respondés bien!
La cámara, como si se tratara de
un reflejo involuntario por parte de los camarógrafos, instantáneamente
abandonó al conductor y se posó en la cálida sonrisa y los profundos ojos
azules del hombre que había ido aquella noche a concursar. Como si hubiera
pasado toda su vida dentro de un estudio de televisión, el hombre traspasaba la
lente de manera enigmática. De a poco comenzaron a oírse suspiros ahogados en
las gradas del estudio y los 'chef de claque' debían escabullirse entre el público de manera
silenciosa para echar a las mujeres y los hombres que se derretían por el
invitado de manera discreta.
Algo nervioso y resentido por la pérdida de protagonismo, Enrico
Parisi presentó al enigmático sujeto:
Nuestro participante de hoy es alguien
del que sabemos muy poco. Comprenderán, dadas las circunstancias…- intentó
bromear de manera cómplice el conductor, pero nadie le siguió el juego, ni
siquiera los aplaudidores.- Su nombre es Alejandro Levi, empresario, de
cuarenta y dos años…
Cuarenta y tres.- corrigió con
una sonrisa forzada y mirando a cámara. Sin embargo, todo el público estalló en
aplausos ante el furcio del conductor, que comenzaba a tomarle cada vez más
inquina al participante.
El odio comenzaba a crecer de
manera indisimulable dentro de Parisi a medida que avanzaba el programa. Con
cada parte del set que el hombre recorría, como
reflejo de una respuesta correcta más en su camino al éxito, el
conductor se ensañaba cada vez más en intentar hacerlo caer. Las preguntas, que
en un principio habían sido redactadas por la producción, pasaron a ser los más
enmarañados recuerdos a los que Enrico Parisi lograba echar mano a lo largo de
toda su vida. Datos inconexos, azarosos y por demás imposibles. Cuestiones de
física cuántica que había leído alguna vez en un artículo perdido en la
internet, hasta biografías empolvadas de personajes perdidos en lo más profundo
de la historia mundial. Una a una, cada trampa era dócilmente sorteada por el
invitado, con una gracia que no hacía más que encantar al público y enfurecer
al dueño de casa.
Cuando por fin quedaba una única
pregunta para que Alejandro Levi se transformara en el mayor ganador de todos
los ciclos de aquel programa, Parisi decidió jugar una carta sucia. Como en el
póker, hasta para la trampa hay que tener códigos y aquel error le costaría su
carrera. El conductor optó por echar mano al único recurso virgen que le
quedaba en su mente, su propia vida.
¿Por qué vine a la Argentina?-
preguntó con una media sonrisa fanfarrona.
Aquel dato no se encontraba en Wikipedia,
ni siquiera había sido declarado por el propio Parisi en ninguna entrevista a
lo largo de su vasta carrera, de manera que era imposible que aquel hombre lo
supiera. Sin embargo, el destino de los hombres ya está escrito en algún lado,
sólo hay que saber dónde leer.
Para escapar de la ley. Tras
asesinar a tu hermano menor, Américo.
Entonces, se hizo un silencio
abrumador en el estudio y tuvieron que cortar la señal.
Algunas horas antes, cuando las luces azules que inundaban el cielo advirtiendo la llegada de los invasores encandilaron las celdas de la prisión colándose tímidamente por las diminutas y agobiantes ventanas, su compañero de celda miró a Gnökz, que observaba fijamente un rincón de aquel reducto inmundo.
Luego de lo ocurrido en 'La Pajarera' había atinado a inventarse una falsa identidad como Pastor que justificara por designio divino su potencial sobrenatural. Tras siglos de estudiar el comportamiento humano ante lo inexplicable, creyó que aquella explicación saciaría la desconfianza de todos esos hombres, ya que no hay mejor explicación que la que uno quiere oir.
Pero en ese instante sólo pensaba en aquellos
años de juventud, cuando aún su raza era próspera y le hablaban acerca de
aquellos seres benévolos y frugales, que los habían elegido como pueblo
evolucionado para educar a los terrícolas. Una incertidumbre agobiante se
apoderó de sus entrañas: ¿Dónde estaban, ahora que los suyos habían sido
fulminados y los terrícolas sufrirían una suerte igual o peor en minutos?
Cuénteme, Padre Sebastián. ¿Dónde
está ahora aquel que nos salvará? – preguntó con cierta ironía Camilo el
taxista.
Gnökz pareció volver en sí y miró
fijamente al hombre, con los ojos repletos de cólera. Una rabia inexplicable y
lejana que venía desde un planeta remoto para apoderarse de él. Tampoco sabía
la respuesta.
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