CAPÍTULO XVI: Matar, el pecado universal.
El
centinela dio la orden desde una de las torres de control de la cárcel, a la
que llegó el convoy que trasladaba al asesino cuya cara figuraba en todas las
primeras planas de cada diario del país, y en ese instante la pesada puerta de
hierro que separaba la inocencia del ámbito civil del pesado mundo del hampa se
abrió lentamente. El camión ingresó al patio de la penitenciaría, abriéndose
paso en un mar de reos y malvivientes de la más baja calaña que se apartaban
como si dejaran pasar en respetuosa procesión a una figura divina y ancestral.
Las
puertas de la caja se abrieron de par en par, alumbrando el confundido rostro
de Gnökz que para ese entonces se encontraba desorientado, tras una eternidad
de minutos mirándose las caras con su escolta. Entre Cabral y Pavón bajaron al
trasladado a tierra firme con la misma dejadez y falta de tacto con la que trataban
a cualquier recluso, acostumbrados a convivir con malvivientes como el pan de
cada día. Al pisar el suelo terroso con un golpe seco y brusco, Gnökz recordó
repentinamente una imagen que había retumbado en su cabeza durante siglos de
oscuridad y soledad en su planeta y creía haber desterrado para siempre.
Recordó
cómo durante su niñez, en un momento preciso e identificable, todo a su
alrededor era un polvo espeso y confuso. Sombras indefinidas iban y venían en
desolada agonía, como buscando donde escapar sin poder lograrlo. Otras sombras
aún más grandes – podía distinguir perfectamente a las bestias monstruosas que
acechaban su tierra – daban caza rauda y despiadada a su raza, mientras otros
seres tiranos las manipulaban a voluntad, exterminando a su gente para siempre.
Vinieron a él, más nítidas aún, las palabras de su padre mientras lo ocultaba
bajo una formación rocosa a la que las bestias aún no habían logrado acceder:
-
Todos tenemos un propósito.
Al
levantar la vista, miró a su alrededor. Ya no quedaba rastro de aquella
semblanza añorada y nostálgica. Habían desaparecido las formaciones rocosas y
colosales, los manantiales subterráneos donde su raza solía bañarse a reparo de
las bestias. Incluso habían quedado atrás los tiranos seres que habían
transformado su hogar en dolor. Sin embargo, se encontró con miradas igual de
vacías y desnudas. Seres aún más tristes que aquellos a los que había visto
morir en su planeta. Al menos los suyos habían caído en las garras del invasor
luchando, con algo por lo que vivir. En cambio estos estaban vacíos,
desamparados.
El
ambiente que se respiraba en “la pajarera”, apodo que había recibido el patio
donde una vez al día todos los reclusos salían a hacer actividad física y
estirar las piernas, era confuso. En las cárceles hay ciertos códigos
inquebrantables, por los que un preso puede pasar de cumplir una condena a
vivir un calvario entre aquellos enormes muros de hormigón y justicia. Todo
preso sabe que hay tres intocables en el ámbito criminal: las mujeres, los
niños y los ancianos. Por eso, la llegada de Gnökz en la piel de Sebastián a la
cárcel supuso en el personal una ambigüedad difícil de esclarecer. Por un lado,
aquel hombre había aparecido en todos los televisores, incluidos los del
comedor de la prisión, explotando a un anciano en mil pedazos. Pero por otro,
si osaban hacerle algo cualquiera de los presentes podía correr con la misma
suerte. Aquella dicotomía despertaba en los reclusos una extraña idolatría, casi
mesiánica.
Gnökz
sabía bien lo que le esperaba entre esas cuatro paredes. Había leído una
infinidad de novelas policiales en su tierra y tenía claro que a los recién
llegados en la cárcel se los hace pagar derecho de piso. Por eso, a medida que
avanzaba temeroso entre la multitud, se extrañó al notar como los reclusos se
hincaban a su paso. Fue uno de los más veteranos quien se acercó con cautela y
se presentó:
-
Lo vimos todo por televisión. Mi nombre
es Camilo ‘Amarelo’ Vargas.- dijo el hombre, extendiendo su mano con recelo al
recién llegado. Gnökz la estrechó tímidamente en señal de respeto.- Soy taxista…
o mejor dicho, lo era. Estoy acá por homicidio doloso en grado de tentativa…
El
hombre miraba fijamente a la nada, como recordando algo que preferiría olvidar
para siempre. Luego, como si terminara de ver una película dentro de su cabeza,
observó con detenimiento a Gnökz y lo invitó a sentarse en unas gradas gastadas
que oficiaban de tribuna en la cancha de futbol del patio.
-
En fin, historia larga… Para otro día.
¿Vos cómo te llamás?- preguntó el hombre con un tono de voz intimidante.
-
Sebastián… Sebastián Acosta.- respondió
Gnökz, casi por reflejo.
Para
ese momento, todo el mundo se había congregado en torno a Vargas y Sebastián.
Parecía como si la multitud guardara un respeto patriarcal por ‘Amarelo’, como
si se tratara de un líder chamánico. Pero al abrir la boca, todas las miradas
se desviaron al recién llegado.
-
Aquello no debió ocurrir. Fue un error.
Al
decir eso, empezaron a oírse risas nerviosas por parte del contingente. Todos
allí habían dicho alguna vez esa frase, con mayor o menor cinismo. Pero lo
cierto es que nadie de los que se encontraba presente en aquel agujero
putrefacto creía ni una sola de esas palabras.
-
Lo que hiciste es inexplicable.- sugirió
Vargas con cierta desconfianza, afilando delicadamente una faca que traía
escondida detrás de la espalda contra los escalones de concreto que conformaban
las gradas.
Repentinamente,
“Amarelo” intento embestir con agilidad al nuevo, atravesando la delgada franja
que los dividía con aquel oxidado metal. En un parpadeo, Gnökz esquivó el
ataque con un sutil y prácticamente imperceptible movimiento que lo desplazó de
manera inmutable dos gradas arriba. El punzante objeto comenzó en ese momento a
arder incontrolablemente en la mano derecha del taxista, como si se tratara de
un pedazo de braza viva. Gritando desconsolado de dolor, el hombre soltó aquel
arma y la dejó caer entre insultos y blasfemias, mientras la baba le caía por
la mezcla de cólera y dolor. Miró a Gnökz, que lo observaba desde las alturas
con la luz del sol a sus espaldas y creyó ver entonces a una figura divina. Aún
con lágrimas en los ojos, se arrodilló ante la borrosa figura y como si se
tratara de una mímica absoluta todos los demás reclusos hicieron lo mismo. La
cárcel permaneció rendida ante aquella divinidad en medio del infierno.
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