CAPÍTULO XV: Una aventura episódica.

El convoy blindado había ingresado raudamente por la Calle Lavalle desde la congregación policial y militar que aún montaba guardia en los escombros donde horas atrás se había descontrolado todo. Segundos más tarde estaba esperando sobre la Calle Uruguay, a la vista de las miradas curiosas de los vecinos y transeúntes que comenzaban a reunirse en torno al vehículo, con la expectativa de alguien que espera un viento de novedad en medio de una vida repleta de tedio y aburrimiento.

Deseaban con discreción un evento incontrolable, que alguien en el barrio hubiera sufrido algún infortunio, alguna entradera fortuita en medio de aquella apacible rutina. En secreto, todos deseamos ver el resbalón por la cáscara de banana, más allá de que después ofrezcamos nuestra mano gentil como ayuda y cobijo cada quién en lo más íntimo de su consciencia sabe que la tragedia ajena sirve de placebo para enmascarar la propia. Pero si aquel tumulto de almas en pena a la espera de un premio hubieran sabido lo que escondía la llegada de aquel armatoste, las sonrisas se hubieran borrado instantáneamente.

Mientras esperaban la llegada de los efectivos que habían ingresado al edificio para allanar el departamento del fugitivo y llevarlo tras las rejas, los dos policías encargados del traslado bajaron del vehículo y encendieron un cigarro.

 

- ¿Creés que estén llegando realmente?- preguntó mirando fijo a la puerta vidriada el oficial Marcelo Cabral. A pesar de que esperaran al criminal y los demás policías, su compañero entendió que se refería a los invasores.

 

- No lo sé, Chelo.- respondió con confianza el oficial Roque Pavón, mientras abría las puertas de la parte trasera del blindado para preparar la bienvenida al criminal al que acompañaría en la caja durante todo el viaje.- Lo único que sé es que no vienen en paz.

 

Desde donde estaba, a través del palier, Cabral alcanzaba a ver los diminutos números en cuenta regresiva de la pantalla del ascensor. El procedimiento sería limpio y rápido ya que frente a la inminente llegada alienígena, sumada al tenor del crimen en cuestión, los protocolos habían cambiado. No había tiempo para que el detenido pasara por el estrado y la mano que debía jurar sobre la biblia en el juicio ahora apuntaba al cielo. El convoy llevaría a Sebastián hasta el penal directamente y si la humanidad sobrevivía ya habría tiempo para abogados.

 

- Yo pienso que sería bueno hacer un rejunte de cosas que nos identifiquen como especie...- sugirió Cabral, con cierta esperanza.

 

- Dejate de joder, Chelo.- respondió jocoso su compañero.- ¿Te pensás que se van a venir de la loma del orto a cambiar figuritas?

 

- Pensalo, no es tan loco...

 

Entonces, Marcelo Cabral metió la mano por debajo del chaleco antibalas y sacó del bolsillo de su uniforme su teléfono celular. Luego de desbloquearlo con un patrón que Roque Pavón observó de reojo y juzgó absurdo, comenzó a buscar entre sus mensajes una conversación.

 

- Mi hermana... me contó el otro día una cosa muy piola... que dijo un pensador.- comenzó a contarle Cabral a su interlocutor mientras buscaba en vano aquella conversación.

 

Tras unos segundos, perdió la paciencia y cesó en su búsqueda, guardando nuevamente el aparato con inquina.

 

-  En fin... Era un loco que planteaba que las sociedades se reflejan en su cultura. Las cosas que leemos, el cine que miramos, incluso los chistes que hacemos o las personas a las que citamos...

- ¿Cómo se llamaba el tipo?- preguntó con dejadez Pavón mientras acomodaba el espacio en el reducto.

 

- No... No me acuerdo, che.- admitió Cabral con una creciente frustración.- Pero si te ponés a pensar no estaría mal hacerles una cápsula con cosas que nos identifiquen.

 

- Dejate de joder. Seguro que vos pondrías algún disco de esas bandas de mierda que escuchás, con esos ritmos que te queman el cerebro... Tum, pá tum, pá... Preferiría volver a las prácticas en el polígono de tiro y que me gatillen a medio centímetro de los tímpanos antes que escuchar eso que te gusta a vos...

 

- Vos seguro que les pondrías algo más culto. ¿No?

 

Pavón asintió con la cabeza.

 

- No seas caradura, les meterías 'El Alquimista' de Coelho... ¡Hijo de puta!

 

Ambos comenzaron a reírse a carcajadas. De repente, la puerta vidriada se abrió y los otros dos efectivos los sorprendieron en plena algarabía. Llevaban al criminal esposado, con la cabeza completamente descubierta y la mirada clavada en el suelo. Nadie siquiera se cuestionaba en la falta de decoro ante el traslado ni el derecho a la protección de identidad del individuo. A esa altura del apocalipsis los invitados estaban cada vez más cerca y ya no importaba la prolijidad en el nudo de la corbata del dueño de casa.

 

Cuando estuvieron por fin frente a sus superiores con el sujeto, Cabral y Pavón se petrificaron e hicieron un saludo protocolar instantáneamente.

 

Ingresaron al delincuente a la caja y tras él entró Pavón. Cabral subió al asiento de conductor de convoy y los dos superiores se dirigieron al efectivo de custodia que seguiría al recluso celosamente durante toda la travesía.

 

Una vez que las puertas se cerraron y el convoy empezó a andar, quedaron a oscuras, apenas iluminados por una rendija que dejaba pasar una tenue luz. No pudiendo contenerse, el oficial le preguntó al recluso:

 

- Si pudiera darle algo de nuestra cultura a los amigos que están viniendo a visitarnos. ¿Qué sería?

 

El hombre levantó despacio la mirada y clavó sus ojos en los del oficial, con una pesada mezcla de desprecio y lástima.

 

- Un disco de Maiden... Y todos los libros del mundo.- respondió Gnökz.

 

El oficial Pavón esbozó una mueca reprobatoria ante la elección, ya que era muy similar a lo que él y su compañero habían elegido y permaneció en silencio el resto del trayecto, sin saber que estaba teniendo un encuentro cercano del tercer tipo, el más cercano que jamás hubiera imaginado.

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