ANEXO VIII: No cuentes lo que viste en los jardines.

Cuando Miguel Ángel abrió por fin sus ojos, sintió la ardiente necesidad de no volver a cerrarlos nunca más en lo que le quedara de vida, a pesar del intenso ardor que sentía en las sienes y la tupida cascada de sangre que le nublaba la vista. Frente a sus ojos, como una estatua inmóvil de una ninfa ideal estaba detenida a su guardia Mora Cantilo, tomando con una de sus manos la suya contra su pecho y con la otra cubriendo su frente con un paño húmedo y tibio que le recordaba a aquellas noches frías en Caracas, en las que su abuela lo cuidaba de la fiebre. No entendía el espejismo, no comprendía si aquella sensación aunada de todos sus sentidos se trataba de una simple trampa de la realidad o acaso todo eso era real, tampoco sabía bien si se estaba enamorando, pero estaba cerca.

 

La noche espesa había caído sobre la Biblioteca Mariano Moreno y ni siquiera la Luna parecía atreverse a aparecer ante la llegada de los invasores. El joven logró incorporarse y apenas atinó a preguntarle a la mujer qué había ocurrido, que ella ya estaba contándole con el fervor que solo la injusticia causa todo lo que le habían hecho:

 

-          ¡El hombre al que le confiamos nuestras vidas desde hace años, el mismo que nos arrastró a este hueco para que nos tape el hambre y la incertidumbre, se encargó de lastimar hasta el hartazgo a este joven trabajador!

 

Mora Cantilo se había caracterizado a lo largo de toda su carrera por no callarse nada, jamás. Los medios temían más a sus palabras que al minuto a minuto de la planilla del raiting. Quienes hozaban enfrentarla en los programas de chimentos salían heridos de muerte en el orgullo y jamás volvían a levantar la vista para mirar a la cara a nadie dentro del estudio de televisión. Los productores recorrían con gorras los pasillos cubriéndose las caras, ante la eventual posibilidad de que se la encontraran al otro lado de alguna puerta y les hiciera pagar alguna traición frente a las cámaras.

 

Sin embargo, en esas palabras que clamaba en medio de la noche despertando a todos los presentes, parecía no estar destinadas al joven que había sufrido los golpes. La vedette no estaba explicándole al muchacho acerca de lo ocurrido, estaba usando su lengua como tantas otras veces en su carrera: para hundir al enemigo.

 

Poco a poco, todos comenzaron a levantarse de los rincones helados donde se habían acurrucado, con las espaldas duras de dormir en el suelo y los dientes castañeteando del frío. De uno en uno se acercaron a la pareja como si ambos fueran un tótem ancestral al cual adorar y se sentaron con las piernas cruzadas a su alrededor. La mujer, satisfecha con la concurrencia que había obtenido, miró de reojo al joven con una mueca cómplice y continuó esgrimiendo con una astucia sin igual su magistral estrategia:

 

-          Miren a su alrededor. ¿Acaso lo ven ahora? ¿Está mezclado entre nosotros, sufriendo este frío y durmiendo con la espalda entumecida?

 

Todo el mundo hizo caso y miró alrededor, buscando la presencia del mandatario en el salón oval, pero no vieron rastros de él.

 

Mora Cantilo hizo un ademán de silencio con la mano derecha y entrecerrando los ojos agudizó el oído, invitando con la mirada a que todos hicieran lo mismo. Con el correr de los segundos comenzaron a advertir ruidos molestos que poco a poco fueron transformándose en susurros. Miguel Ángel, que aún se encontraba recostado en el regazo de la mujer, fue el único en advertir desde su perspectiva las siluetas que se movían a través de las ventanas altas que dejaban infiltrarse a la luz proveniente del parque.

 

-          Parece que están afuera. ¡Miren!- señaló el joven, levantando el brazo y apuntando hacia las aberturas con un esfuerzo ingente.

 

En el exterior, la noche gélida bañaba los baldosones de cemento sobre los que miles de personas habían caminado en busca de conocimiento y la vegetación que alimenta metafóricamente al formidable Diplodocus de hormigón. El Presidente no paraba de caminar de un lado al otro, con un cigarro encendido colgando de su temblorosa mano derecha. Junto a él se encontraba toda su comitiva, siguiéndolo temerosamente con la mirada en su diletancia.

 

-          Bernardo, estás muy alterado…- observó finalmente Jerónimo Salerno, poniéndose firme.- Te va a hacer mal al corazón. ¿Tomaste las pastillas esta mañana?

 

El Presidente lo fulminó con una mirada adusta y volvió a sus cavilaciones. Luego de unos minutos regresó frente a su fiel escudero, que permanecía impertérrito junto al resto de la comitiva temblando de frío y le confesó al oído.

 

-          Estamos en problemas… serios problemas, Jerónimo.

 

Luego apartó a su Asistente del resto del grupo y lo llevó cerca del edificio para confesarle la devastadora verdad. Caminaron despacio hasta quedar de manera involuntaria junto a las lucarnas tras las que ya se encontraban Mora Cantilo, Miguel Ángel y el Periodista escuchando y viéndolo todo atentamente.

-          El teléfono rojo aún no ha sonado. Están dejándonos a la buena de Dios…- las palabras que López Nielsen decía cargaban una angustia incontenible.

 

-          Van a venir, Bernardo… No pueden dejarnos sólos… Seguramente a ellos también los estén invadiendo… Algún refuerzo van a mandar.

 

-          Mirá, lo único que te digo es que si llegan a mandar un helicóptero no vamos a arriesgarnos a quedar afuera. Los sátrapas que están abajo van a querer someterlo a votación. La democracia no existe ya.

 

Justo en el instante en el que el Presidente estaba diciendo esa última frase, el Periodista comenzó a tambalearse en el banco sobre el que estaba parado oyéndolo todo y trastabilló provocando un ruido atroz que retumbó por todo el subsuelo, rompiéndose la pierna derecha y la muñeca izquierda, haciendo que gritara a viva voz con un dolor descarnado que incrementó la sospecha desde afuera.

 

En ese instante el Presidente se percató de la claraboya y miró dentro enfurecido.



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