ANEXO VII: La dueña de todas las miradas.

Los años noventa en Argentina fueron la antesala de un crimen sucio tapado por un perfume caro. Mientras los que gobernaban recorrían las calles ostentando sus ferraris y traían a íconos del rock a tocar a los estadios con la falsa ilusión de tener el mismo peso económico que el resto del mundo y poder pasar de la mesa de los chicos a la mesa de los grandes para charlar de cosas importantes, quienes más tenían brindaban prometiéndose cosas que jamás ocurrirían y llenándose los bolsillos de humo, mientras la clase trabajadora esperaba un fin de fiesta que se convertiría en un velorio. La promesa de ir a la estratósfera y regresar en cuestión de minutos quedaría relegada a ser tan solo una burda representación del ascenso y ocaso de una de las figuras más prometedoras de la farándula argentina. Aquella repentina bruma se esfumaría al igual que la década por un crimen sucio tapado por un perfume caro.

Mora Cantilo había empezado a pisar las tablas y recorrer los escenarios desde muy chica. A los catorce años participó en su primer 'revista porteña' cuando el espectáculo argentino todavía no había comenzado a cuestionarse algunas cosas y no conocía de remordimientos. De la mano de Evaristo Carranza, uno de los productores más influyentes del teatro de revistas logró forjarse una carrera que en poco tiempo puso a la joven a encabezar el elenco de cada obra y ser la cara de la compañía como primera figura. Pero con el correr de los años las lágrimas corrieron cada vez más el rimel, a medida que Mora caía cada vez más en una silenciosa depresión. Al llegar la década de los noventa, cuando se encontraba en lo más alto de su carrera, la tragedia golpeó a su puerta y sin siquiera preguntarle cambio el brillo del glitter y el conchero por una sangre imposible de quitar de la piel, cuyo olor la acompañaría en sueños por el resto de su vida.

Luego de dos divorcios que habían escalado de forma ruidosa a las primeras planas de los segmentos de espectáculos en los diarios y formado parte de manera inevitable de las portadas más tendenciosas de las revistas de chimentos de la época, la exitosa vedette por fin había encontrado nuevamente una persona que lograra devolverle una sonrisa que creía perdida para siempre.

Se trataba de Silvano Cruz, un joven músico que había logrado migrar a la Argentina escapando del régimen castrista. Ambos se conocieron en la calle Florida, cuando una tarde cualquiera Mora Cantilo recorría la peatonal disfrazada para pasar desapercibida. Bajo esos lentes de sol y un tapado que desentonaba con el templado clima de septiembre, la mujer se sentía a salvo en su mundo privado, lejos de las miradas lascivas de los hombres y las miradas escrutadoras y juiciosas de las mujeres. Fue recién al oír un acento que sólo había sentido en televisión cuando su burbuja reventó:

- Con ese abrigo es la reina de todas las miradas, ambia. Uste' sí que anda a la my love...

Al darse vuelta se vieron cara a cara por primera vez. A pesar de los lentes, la mirada de Silvano lograba atravesar la dura coraza de hermetismo de la farándula y adentrarse en el alma de Mora Cantilo como nadie lo había logrado antes. Era un joven delgado, morocho e irsuto, que llevaba el caribe en la piel y la voz. Pero sobre todo era alguien que no la conocía y no la podría juzgar. Presa de aquel encanto exótico, como si se encontrara bajo los efectos de un licor embriagador, la mujer se acercó a la funda de la guitarra del muchacho y con un lápiz de ojos que sacó de su cartera anotó en un billete su número de teléfono y lo dejó caer, regalándole una sonrisa tímida.

Comenzaron a salir esa misma noche y el tiempo se hacía corto cada vez que se veían. Él debía disfrazarse como ella cuando se encontraron y subirse a un auto siempre distinto como si lo buscaran de testigo, pero lo hacía con gusto con tal de poder cantarle alguna de las canciones que habían decorado su niñez en los malecones.

Los pocos afortunados que lograban acceder a la privacidad de aquella pareja dirían que eran una sola persona cuando estaban juntos. Reían de los mismos chistes y se complementaban hasta el paroxismo, lindando con lo más asqueroso de la cursilería. Parecían salidos del epílogo de una telenovela vergonzosa, de esas que se ven en los canales de aire por las tardes pero jamás se confiesan porque la verdad a veces debe permanecer oculta.

La relación parecía inquebrantable, pero entre gallos y medianoches aquel idilio vería el abismo repentinamente, tiñendo las palabras de amor con la oscuridad de un sentido pésame.

Una mañana, Silvano tardó en llegar a la casa de Mora. Las horas pasaron sin piedad frente a los ojos de la mujer, que comenzaba a preocuparse cada vez más. Inquieta y cansada, pidió a su chofer de confianza que la llevara a una dirección que guardaba en un papel desde hacía meses pero a la que jamás había ido. Siempre habían acordado reunirse en lo de ella por una cuestión de comodidad, pero esta vez debería buscarlo en la pensión de San Telmo donde con cierto pudor le había confesado que vivía meses atrás.

El chofer manejó durante media hora en un silencio abrumador, mientras Mora miraba desconsolada la pantalla de su celular esperando una respuesta. Al llegar, la mujer preguntó a un hombre desalineado por la habitación de su pareja, intentando cubrir su rostro con la mano y bajando la mirada para pasar desapercibida. Luego, subió las derruidas escaleras de madera, haciendo chirriar los escalones a cada paso y sintiendo un vuelco dentro cada vez que subía un peldaño.

Cuando por fin llegó a la puerta de la habitación y golpeó, todo comenzó a pasar en cámara lenta, como en una película. Lo siguiente fue un torbellino que hasta el día de hoy inunda sus recuerdos como algo inexplicable. La policía no tardó en llegar y sendos patrulleros se congregaron en la puerta de aquella vieja pensión, inundando el barrio con una mezcla tétrica de azul y rojo. Labraron en el acta que aquello se había tratado de algún ajuste de cuentas y la investigación no tardó en archivarse, para ser olvidada con el cambio de gobierno. El rumor invadió las calles con las primeras planas de los diarios y en cada sorbo de café de cada mesa en cada bar no tardaron en abrirse paso las conjeturas. Algunos inferían que aquello había sido producto de algún ajuste de cuentas con un narco, otros aseguraban por lo bajo que se trataría de un crimen pasional, ensuciando aún más la imagen de la pobre Mora Cantilo.

Lo cierto es que ella sabía la verdad, aunque en el fondo intentara ocultársela por el resto de su vida al apoyar su cabeza sobre la almohada. Sabía muy bien que aquel crimen había sido obra de Carranza. Jamás le había perdonado que fuera feliz con otro que no fuera él.

Lamentándolo en el alma, Mora Cantilo desapareció del ojo público, había vuelto a ser la dueña de todas las miradas. Se transformó en una sombra que deambulaba por las terminales de retiro luego de interminables cirugías que le devolvieran el anonimato, recorriendo las provincias de manera errante y presentándose en teatros under del interior. Finalmente lograría salir del país y comenzar a rehacer su vida, pero el fatídico llamado con la noticia del fallecimiento de su padre la traería de nuevo hacia estas orillas, donde una tarde en la casa de su niñez recibiría el llamado del Presidente, de carácter confidencial, poniéndola al tanto de lo que se venía.

Pasaron treinta años desde aquella mañana que preferiría no haber vivido, para ni siquiera tener que olvidar. En el subsuelo de la Biblioteca Nacional, algo dentro suyo se removió. Ya era grande y estaba cansada como para repetir dos veces el mismo desenlace, pero algo en el rostro de aquel joven que yacía entre sus brazos le recordaba al de Silvano. Sentía en ese chico un cariño maternal, necesitaba protegerlo. Fue recién cuando abrió los ojos, confundido, que Mora Cantilo largó una lágrima que venía contenida desde hacía años, sacándose una mochila que pesaba más que los silencios de toda una vida.

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