CAPÍTULO IV: Vacaciones a un lugar con mar.
Regresó a su guarida después de una larga jornada, mientras el sol caía bañando toda la tierra cobriza de rojo como la sangre de sus antepasados. El joven Gnökz sabía bien que aquel había sido un día igual al anterior y que probablemente nada cambiaría cuando despertara al siguiente. Le dolían los huesos. Aún le costaba acostumbrar sus dos metros de altura a la libertad de la intemperie y ya no quedaba nadie con quién compartir la soledad.
En las mañanas, cuando el calor aún era tolerable, salía a dar caza a las bestias. De chico le habían enseñado a temerles. Su familia había permanecido oculta bajo tierra por generaciones y solo era por antiguas leyendas que llegaba información sobre el abominable aspecto que tenían. Por eso, al cumplir la mayoría de edad de su raza, equivalente a quince años humanos, y luego de morir su padre y quedar sólo en aquel lugar decidió enfrentarlas.
No fue fácil dar con la primera. Solían camuflarse
fácilmente en el espeso polvo que se levantaba en el lugar con cada mínimo
movimiento y a pesar de su enorme contextura, parecían desaparecer entre la
estela anaranjada que levantaban a su paso. Era sin embargo en una merma de
descanso cuando el verdadero calibre de su peligro saltaba a la vista.
Eran colosales. Su aspecto se asemejaba al de gigantes habas deformes y amarronadas, con enormes patas similares a las de un ave; carentes de rostro, salvo por una descomunal boca que exhibía tres aterradoras hileras de dientes afilados y cubiertos por la sangre reseca de generaciones de presas.
Es que su peligro radicaba justamente en esa inusual y fortuita capacidad de camuflarse, valiéndose involuntariamente del entorno. Por eso a más de un quilómetro resultaban imperceptibles.
Con el tiempo fue adquiriendo pericia y logró diferenciar las tormentas de arena naturales de aquellas producidas por las abominaciones. También fue capaz de trazar rutas migratorias con la sola inspección de las huellas. Podía interpretar las pisadas, ya que su andar era tosco y saber con certeza la edad de las mismas y la trayectoria de la manada.
Es así como valiéndose de su velero, lograba surcar velozmente la llanura y esperar a las bestias en su destino, generalmente un oasis, para darles caza.
Se había convertido con esfuerzo en el depredador de sus depredadores. Al asesinar a la primera sintió una satisfacción inusitada, como si la sangre de todo su pueblo se agolpara en sus venas en un torrente de venganza y cólera. Abrió sus ojos inyectados en sangre mientras hundía cada vez más su lanza y miraba con sorna a la bestia caída. En un abrir y cerrar de ojos, la adrenalina le había permitido dar caza a toda la manda. Aniquilado a seis ejemplares él solo, cuando generalmente sus antepasados lograban ese número entre diez.
Sin embargo, con el correr de los días había comenzado a aburrirse. Cada vez las matanzas iban perdiendo el significado y la venganza que había alimentado su corazón se transformó en tedio y fatiga.
Al terminar cada jornada, regresaba a su guarida y tras lavarse la sangre seca de la armadura se daba un baño en su geiser personal. Su piel curtida, al igual que la de sus ancestros, le permitía resistir la presión y la temperatura insoportable, limpiando y relajándolo en cuestión de minutos.
Después, calentaba alguna de sus presas más jóvenes y tiernas y cenaba escuchando algún viejo disco de Maiden y releía algún clásico universal, aunque los hubiera leído a todos mil veces. Tenía una discoteca formidable y una incalculable cantidad de libros que a lo largo de años su familia había coleccionado al regresar de sus viajes. Tanto sus padres como el resto de sus antepasados solían visitar otras tierras movidos por la curiosidad y el ansia de aventura. Pero al regresar a casa volvían a ocultarse de las bestias en su mundo subterráneo. Era esa libertad desmedida que sentían al viajar lo que los movía.
A pesar de no haber recibido aún el llamado se había escapado algunas veces a la Tierra, interviniendo en acontecimientos de la historia cuando sentía que algo estaba a punto de ocurrir. Se trataba de hechos puntuales e imperceptibles para el ojo humano, pero que sin embargo resultaban trascendentales para la historia. Era como si algo en su interior lo estuviera llamando, una llama incandescente que lo corroía por dentro en señal de auxilio.
Durante su primer viaje sintió constantemente el temor acechándolo. Necesitaba la llamada. Nadie de su raza podía emprender el primer viaje sin haber sido instruido en una misión por Ellos. Generalmente al volverse adulto y pertenecer a la conciencia colectiva de su raza, se estaba listo para la primer travesía. Sin embargo, la pérdida de su gente a manos de las bestias lo había dejado varado en aquella eternidad rojiza antes de que se convirtiera en adulto.
Sin saber bien si lo habían descubierto y le habían perdonado la impertinencia o simplemente se habían olvidado de su existencia, continuó realizando travesías esporádicas y cautelosas. Aunque poco a poco el sentimiento de reveldía que lo había impulsado en los primeros viajes fue mermando hasta convertirse en una total apatía. Sin el llamado de Ellos, sus viajes transgresores carecían de sentido.
Pero todo cambió aquella noche. Luego de regresar y culminar su rutina, se recostó en una roca a esperar el sueño bajo las estrellas. Había decidido dormir al aire libre para romper un poco la monotonía. Sin embargo, jamás hubiera imaginado lo que le deparaba el destino.
Entre sueños, comenzó a sentir un sonido hipnótico e incesante. Cada vez se volvía más pronunciado y definido. Parecía provenir de un lugar remoto, pero su nitidez lo transformaba en algo inmediato, como si estuviera resonando dentro de su cabeza desde siempre.
Luego de unos instantes, logró identificar con precisión que se trataba de un reloj. En verdad, lo que sonaban eran miles de relojes, desacompasados y frenéticos. Decidió entrar a su casa para regularlos y que de esa manera, el sonido al menos se volviera monótono y homogéneo para volver a dormir. Su familia había coleccionado de sus viajes una incalculable variedad de relojes de todos los tamaños y épocas y habían permanecido minuciosamente calibrados hasta aquella noche.
Al regresar a la piedra en la que descansaba, volvió a oír el tic tac agobiante, pero esta vez intentó no hacer caso. Cerró los ojos y de repente, algo en su cabeza le hizo comprender lo que ocurría. No podría decirse que se tratara siquiera de una voz, ya que no eran sonidos en ninguno de los idiomas que podía comprender, pero sabía que se trataba de aquella llamada que tanto había esperado. Ellos por fín se estaban comunicando con él, como habían hecho a lo largo de los milenios con sus antepasados.
Por fin estaba listo. Una incontrolable felicidad se apoderó de él, inundándolo por dentro. Volvió a emocionarse y a sentir en su interior la llama del primer viaje, pero con mayor intensidad. Se incorporó en la roca y miró al cielo. Aún faltaban horas para que amaneciera pero ya no podría volver a dormir. Debía juntar lo indispensable y repasar todo aquello que había aprendido en su formación temprana para estar listo a la mañana siguiente. No los quería defraudar, ni a Ellos, ni a sus antepasados. Su vida había vuelto a tener un propósito.
- Por fin, unas vacaciones a un lugar con mar. Me estaba agobiando ya este clima árido.- se dijo a sí mismo, festejando con ironía su misión.
Luego se sentó pacientemente sobre la roca, con su equipaje preparado a esperar el amanecer. Aguardando emocionado el primer rayo de sol sobre su cara, sabiendo que volvería a tenerlo más cerca. Al iluminarse de nuevo el cielo, Ellos lo desaparecerían y abandonaría Marte por una larga temporada de turismo. La Tierra lo esperaba con los brazos abiertos. O eso creía.

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