CAPITULO III: Los reyes del universo.





    La melancolía comenzaba a sobrevolar la ciudad y un sentimiento de apatía y fin del mundo se hacía presente entre los pocos transeúntes que aún poblaban las desiertas avenidas que vinculaban como arterias el conurbano con la Capital, mientras Aníbal atravesaba a toda velocidad aquel inhóspito desierto, en busca de la única persona en la que podría encontrar un aliado entre aquella espesa bruma apocalíptica.

    Había perdido contacto con Sergio Marinelli hacía años, pero las catástrofes y los casamientos son las mejores oportunidades para recuperar contactos. Como única brújula conservaba aún una dirección en un rincón olvidado de una antigua agenda. Se dirigió entonces a su encuentro, con la única esperanza de encontrar en él a un aliado en ese desastre.

    A medida que se adentraba en las fauces de la voraz Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Gaona evidenciaba cada vez más la seriedad de lo que estaba ocurriendo. Frente a él se extendían hordas de gente destruyendo todo a su paso, como queriendo borrar toda evidencia de civilización para no ser encontrados por los invasores.

    Fue al pasar frente a la Facultad de Ingeniería de Las Heras cuando frenó en seco y se llevó las manos a la cabeza, mientras hundía el rostro en el volante para ocultarse a sí mismo la catástrofe que se erguía ante sus ojos. Como si se tratara de una manada de monos enjaulados en un zoológico, miles de estudiantes intentaban trepar por el ya deteriorado frente de la antigua construcción, ayudándose por los andamios de una reparación inconclusa y como si jugaran a una guerra de fuertes contra un enemigo inexistente emulando las Invasiones Inglesas, habían empezado a incendiar el edificio, sin que quedara muy claro si aquello era un acto de rebeldía, resultado de la imbecilidad que produce el miedo, un ahogado intento de espantar a los desconocidos visitantes en caso de que aparecieran por allí, o una absurda mezcla de todas esas cosas.

    Marinelli lo recibió en su departamento, ubicado en una planta baja con jardín a pulmón de manzana, muy bien decorado. Sergio Marinelli era instructor de yoga y en cada centímetro de su casa reflejaba equilibrio y minimalismo. Gaona se sorprendió al encontrar en la mesa del comedor a dos hombres sentados con una taza de café cada uno.

    Ambos, a diferencia del aspecto desenfadado del anfitrión, lucían pantalón de vestir y camisas que a pesar de denotar una desprolijidad causada por el ajetreo propio del contexto, habían sido planchadas minuciosamente la noche anterior. Sus rostros, casi idénticos, reflejaban la misma cautelosa rutina interrumpida por el imprevisto: apenas una imperceptible sombra de barba podía notárseles a contraluz y los peinados a la gomina casi estaban intactos. Sin embargo, lo que más sorprendió a Gaona fueron los idénticos maletines que yacían al lado de cada uno como si unas cadenas invisibles los aferraran, manteniéndolos indivisibles.

    - Ellos son los mellizos Werthein: Samuel e Isaac.- introdujo Marinelli  poniendo su mano sobre el hombro de uno de ellos.

    Aníbal estiró el brazo y saludó a ambos con la mueca forzosa que usamos al conocer a alguien. Sin embargo, no podía dejar de reparar en los maletines que permanecían inalterables en el suelo, como resguardando alguna respuesta salvadora o quizás algo que desatara, de ser posible, un caos aún peor.

    Barajó un sinfín de posibilidades acerca del contenido que ocultaban: quizás se trataba de vacunas que los inmunizaran frente a una posible enfermedad o reacción producida por un contacto alienígena. O tal vez allí dormían nuevas armas de carácter secreto provenientes de Norteamérica para mitigar un tentativo ataque, tratándose del flanco más débil el sur. Sea cual fuere el contenido misterioso tras esos infranqueables maletines, estaba seguro que serían la salvación o cuanto menos un atenuante frente a la debacle.

    Como si se hubiera percatado de la insistente concentración de su amigo sobre aquellos receptáculos, Marinelli quebró la breve pausa que se había generado alzando la voz en un agudo estridente y continuando su introducción:

    - Los muchachos son 'traders' de 'cryptos'.- continuó.

    Gaona no había oído aquellos términos jamás. Durante toda su adultez le había escapado a la tecnología y los avances. Su único arrojo a lo desconocido había sido propiciado por Julia, su hija, antes de que perdieran contacto. Había logrado convencerlo de realizar movimientos y compras através de internet y a duras penas había logrado agarrarle la mano con el correr de los años. Pero de todas formas prefería aún recurrir al cajero automático para sentirse seguro.

    - Son asesores financieros, contadores y banqueros. Todo en uno. Manejan una cantidad de guita descomunal.- aseguró Sergio Marinelli con la mirada puesta en los rostros idénticos de aquellos sujetos como un padre que mira a sus hijos en un acto escolar.- Es lo que se viene, Anibal. Tenés que 'aggiornarte', sino te vas a quedar abajo del tren.

    - Nuestros amigos - continuó, mirándolos a los ojos con una sonrisa - son los reyes del universo.

    - ¿Y qué traen dentro de esos maletines? ¿Acaso no es intangible el asunto ese? - preguntó escéptico Gaona.

    Marinelli soltó una risa aguda y socarrona, mientras los mellizos Werthein depositaban al unísono los maletines sobre la mesa y el chasquido de ambos seguros sonaba sincronizado al abrirse, como si se tratara del más preciso ensamble orquestal.

    Al ver el contenido que ocultaban en su interior, Gaona quedó absorto y durante varios segundos no parpadeó ni una sola vez. Dentro de cada uno había un pen drive rojo, atado a una cadena dorada.

    La mirada de Marinelli dejó atrás la condescendencia y el pueril orgullo de la amistad y se transformó instantáneamente en la lascivia más abasoluta.

    - Espero que sigas siendo tan bueno guardando secretos como cuando éramos pibes, Aníbal.- susurró Marinelli al oído de Gaona.- Porque acá están en juego nuestras vidas.

    Luego de la advertencia y tras desenfundar cada uno un revólver y dejarlo arriba de la mesa, uno de los indistinguibles sujetos abrió la boca por primera vez durante el encuentro.

    - Gaona, aquí adentro se encuentran las fortunas incalculables de las dos familias más acaudaladas del país. Y ahora, su silencio vale más que el oro.

    Gaona sintió como un frío estremecedor comenzaba a bajarle por la espalda. A continuación, sin embargo, vio algo más que terminó de dejarlo perplejo, estaqueado en el suelo sin poder moverse.

    Vio como lentamente, ambos hermanos retiraban los pen-drives de los portafolios y se los colgaban en el cuello con total delicadeza. Tras dudarlo unos instantes formulo la pregunta:


    - ¿No es más seguro llevarlo en los maletines...?

    Sin embargo, ya era inútil esperar cualquier respuesta. Tanto los Werthein como Marinelli habían comenzado a desvestirse, en una grotesca coreografía de cuerpos sudados, vapuleados por la edad y las tragedias, hasta quedar completamente desnudos.

    - Vamos, que se hace tarde. Encuerate vos también, Gaona.- ordenó Sergio Marinelli ante la mirada atónita de su amigo.- No hay tiempo que perder.

    Afuera los esperaba una ciudad en llamas, los verdaderos reyes del universo ya estaban entre nosotros.



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