CAPÍTULO I: Una luz extraña inundó el barrio.

    Cuando Sebastián Acosta despertó aquella noche, sintió en el estómago el vértigo de la incertidumbre. Como si cada parte de su cuerpo le estuviera alertando en el incesante escalofrío que lo recorría por dentro que algo andaba mal. Supo inmediatamente y con una seguridad inquebrantable que en las siguientes horas su vida cambiaría para siempre.

    Un sonido seco, persecutor y reiterado lo había arrebatado del pesado sueño que estaba teniendo, luego de una ardua noche de estudios que sería la antesala del día más importante de su vida.

    Su padre siempre había deseado que se formara en medicina o como un eximio científico que descubriera algo importante, trascendente, un invento que pudiera hacernos quedar bien como humanidad si algún día venían a mojarnos la oreja desde algún barrio vecino de la galaxia. Sin embargo, Sebastián quería ser músico.

    La mañana siguiente rendiría por fin el examen de ingreso al Conservatorio y tenía testimonios suficientes para dar por seguro que aquel desafío era impenetrable. Iván, el hermano mayor de su mejor amigo Lisandro, le había asegurado que era más complejo convencer al profesor Urrutia de la precisión con la que uno ejecutaba cada una de las notas impresas en los papeles pentagramados que entrar a cualquier Facultad de Ingeniería del país. Sophie, su novia, había salido llorando del auditorio el día que se conocieron. Cuando le contó lo ocurrido, él se lo atribuyó a la falta de dureza francesa, por no tener la piel curtida de los latinoamericanos. Pero un año más tarde, ya de novios, cuando debió rendir él aquel calvario, tuvo que tragarse una a una sus palabras.

    Sebastián decidió salir a caminar para despejar la mente. La noche estaba gélida a esa altura de Junio y no había un alma que pisara aquellas baldosas. Encendió un cigarro y se perfiló rumbo a la Calle Corrientes. Siempre había sentido fascinación y una inexplicable sensación de resguardo al transitar aquella Avenida diletante, como si estuviera escribiendo un poema interminable con los pies cada vez que la recorría.

    Allí había visto de chico por primera vez a un artista callejero y supo que esa era su pasión. Podría decirse que la música no llegó a él por el placer de la alquimia sonora que transforma los sonidos en melodías, sino más bien como un salvoconducto que le permitiera escapar a aquella interminable zona de promesas. Ahí, donde por unos instantes cada día Buenos Aires le contagia el bostezo a Nueva York, la manda a dormir y entre el olor a fugazzetta que inunda los pulmones de los transeúntes y el sonido inconfundible del dos por cuatro, se transforma eternamente en la ciudad que nunca duerme de Sinatra cantada por Gardel.

    En esas andaba, sumido en el transe de aquel recuerdo, cuando el inconfundible sonido que lo había despertado aquella noche volvió a sus oídos. Primero procuró espantarlo, retomando las estrofas de 'El Anillo del Capitán Beto' que aquel muchacho que el recuerdo había traído desde su infancia cantaba:

'Con su nave de fibra, hecha en Haedo.'

    Pero aquel ruido intruso se empeñaba en desarmarlo y acaparar su atención. Ya no habían banderines de River Plate ni estampitas tristes que lo trajeran devuelta a ese momento de perpetua felicidad. Solo aquel batifondo que logró identificar finalmente como las agujas de un reloj. Sin embargo, había algo en su descubrimiento que lo perturbó: Jamás usaba uno. Además, con el correr de los segundos iba dándose cuenta de que aquella distracción comenzaba a incrementar su volumen como si se tratara de varias capas de tedio superpuestas y desfasadas, entrelazándose unas con otras a destiempo en una orquesta desafinada y agónica.

    La sensación se había vuelto insoportable. Parecía como si estuviera escuchando el mecanismo activo de cada puto reloj del mundo con sus husos horarios enmarañados, componiendo una sinfonía caótica. Exhausto, se derrumbó en el suelo agarrándose la cabeza. De repente, una voz profunda lo sacó de la agonía, tomándolo por sorpresa:

    - Vos también los oís. ¿Verdad? - dijo aproximándose a los tumbos Elías, un hombre del barrio que había tenido todo y de la noche a la mañana la crisis lo había dejado en la calle.

    Los vecinos del barrio hablaban mucho de él, pero jamás con él. Habían levantado al rededor suyo infinidad de mitos y fábulas que versaban acerca de un pasado como exitoso ingeniero, múltiples idiomas y una amorosa familia a la que dejó para abandonarse a la locura. Otros juraban que se había jugado la vida a los burros en Dorrego y Libertador y la mala suerte en el juego lo había dejado sin nada de un plumazo. Pero lo cierto es que todo lo que se sabía era por suposiciones, ya que nadie se había puesto jamás a charlar con él.

    Con igual desconfianza que curiosidad, Sebastián se acercó a aquel hombre harapiento que se tambaleaba a su encuentro. Quedaron enfrentados, inmóviles, mirándose las caras como si ambos inspeccionaran un retrato o se debieran algo.

    Habían sido contadas las ocasiones en las que Sebastián había oído hablar a Elías. Por lo general era al pasar, de camino al trabajo o cuando iba a comprar algo a los chinos. Siempre eran construcciones erráticas y balbuceos inentendibles y reiterativos. Por eso lo sorprendió tanto la certeza y temple con la que había formulado la pregunta, como si aquella oración fuera su única esperanza, su boleto de regreso a la cordura.

    - Vos también los oís. ¿Cierto?- repitió casi idénticamente, con los ojos repletos de súplica.

    Por unos instantes Sebastián no supo que contestar. No quería ser cómplice de aquella locura. No quería caer él también al confesar ese secreto compartido.

    Finalmente, lo asumió con transparencia.

    - Sí, los oigo...

    Elías se acercó cada vez más a su cara con una extraña mueca que mezclaba una inconmensurable y macabra felicidad con unos ojos repletos de una angustia añejada, como si aquel sentimiento hubiera encontrado sosiego tras tantos años, al ser por fin compartido.

    -... oigo los relojes de mierda esos, son insoportables.- concluyó Sebastián apartando el ajado rostro del hombre de su cara.

    Instantáneamente, algo pareció quebrarse. El semblante de Elías cambió de manera abrupta y se transformó en un gesto apático y desgarrador.

    - Los relojes no... Los relojes no...- repitió casi entre susurros, temblando.- Quieren que te quedes con lo de los relojes. Pero si afinás el oído los vas a poder oír a ellos... Están muy cerca.

    De repente, un sonido ensordecedor seguido de un pitido incesante desapareció todo rastro de los relojes, haciendo que éstos fueran la más pulcra sinfonía. Inmediatamente después, una luz extraña inundó el barrio. El barrio y el mundo. En seguida, la nada. Todo fue envuelto en un eterno blanco y ya no hubo tiempo ni lugar, arriba ni abajo. Todo era nada, ni el hambre, ni el propio peso, ni siquiera el aire entrando por los pulmones, porque ya no había pulmones por donde respirar, ni la necesidad de hacerlo.

    Era cierto. Habían llegado. 


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