ANEXO II: F.O.D.A.

 



  Si aquellos encargados de documentar la historia y darle orden a los hechos más relevantes en los eslabones del devenir humano tuvieran que catalogar la tarde del primer día tras la llegada inesperada, le darían algún nombre ostentoso y para nada preciso a los sucesos ocurridos en el subsuelo de la Biblioteca Nacional. Algo como “La Primera Junta Anti galáctica” o “Jornada de Conocimientos Interplanetarios” o más pretencioso aún “Comité de Análisis Alienígena”. Seguramente, página tras página, se detallarían con una precisión alucinante y enredada un sinfín de ponencias inventadas que pretendieran arrojar luz sobre los sucesos recientes para informar a la población con la responsabilidad y el auto-convencimiento de las investiduras. 

   Lo cierto es que poco de lo que se dijera en la prensa se acercaría a la verdad. Luego de que dos de los guardias de seguridad del Presidente limpiaran el desastre y se llevaran a rastras el cadáver del artista que yacía inerte en el suelo del salón subterráneo, el mandatario intentó recobrar la calma entre los presentes.

   Una vez que mermaron los ánimos, habló al oído de uno de sus asistentes y pasados unos segundos le acercaron un antiguo teléfono rojo de disco. Las miradas confundidas de todos los presentes comenzaron a sobrevolar el lugar. Ninguno podía acreditar lo que ocurriría, pero todos sabían, en mayor o menor medida, que un teléfono rojo jamás es un presagio alentador. Menos en una circunstancia así.

   Todas las miradas durante aproximadamente cuarenta minutos se centraron en el mandatario. Cada quién guardaba para sí un pronóstico igual de desacertado acerca de lo que el interlocutor al otro lado de la línea respondía en cada fragmento de diálogo, formando en su cabeza un rompecabezas inconcluso y ominoso.

   Una vez que colgó, nadie se animaba a preguntar ni una sola palabra. El mayor emprendedor del país, cabeza de un movimiento de ayuda social, miró de reojo al más prestigioso diseñador de modas, que acariciaba un perro horrendo y diminuto sobre su falda. Éste indicó con una mirada puntiaguda al periodista más asertivo de la prensa nacional para que hiciera lo suyo, ya que por lógica era el indicado para formular la pregunta. Tras titubear como nunca antes en su carrera, el periodista puso sobre la mesa la incógnita que desvelaba a todos.

- Señor Presidente. Con el más debido de los respetos…- comenzó, con unos nervios que lo devolvían a las pasantías de la carrera de Periodismo y Comunicación Social.- Creo hablar por todos los presentes al exigirle que nos revele con quién acaba de hablar y cuáles serán las próximas medidas a tomar.

   Bañado en transpiración y tras cerciorarse de su victoria con la mirada aprobatoria de varios de los concurrentes, como si cada uno de ellos se tratara de un ‘Me Gusta’ en una red social imaginaria que cada vez iba tornándose más palpable y apocalíptica, el periodista aún temblando tomó asiento nuevamente a la espera de una respuesta.

- No puedo dar mayores detalles. Pero acabo de comunicarme con gente muy importante, imprescindible para el país. Gente vinculada con nuestros más ilustres próceres y libertadores a lo largo de la historia. Y las opciones no son muchas…
Nuevamente la concurrencia comenzó a buscar incrédula en la mirada del otro un manto de piedad, pero todos los ojos murieron huérfanos al encontrarse con el desconcierto absoluto en el semblante vecino.

- ¿Eso quiere decir que estamos perdidos, jefe? – preguntó confundido un olvidado astro del fútbol.

- Son muchas las cuestiones a contemplar, estimado…- sugirió el Presidente, mientras con disimulo hacía una seña a uno de sus asistentes para que éste le acercara al astro futbolístico un papel y una birome con al que rubricara una firma para su hijo.

   Mientras el futbolista firmaba, el Presidente se puso de pie, acaparando las miradas de los demás y continuó con su respuesta.

- Como sabrán, cada uno de ustedes fue convocado aquí esta mañana en suma discreción y con carácter urgente. Creímos que sería lo mejor resguardar a las personalidades más significativas en todos los ámbitos culturales hasta que diéramos con una respuesta a la amenaza que aqueja al mundo… Lo cierto es que ese momento parece haber llegado. Y debemos unir fuerzas con las personas que realmente llevan el control.

   Muchos parecían no entender del todo aquellas palabras, pero otros tantos comenzaban de a poco a percatarse de los personajes a los que se refería el mandatario. Una importante Vedette procuró pronunciar el sustantivo que enmascaraba aquel misterio, pero un actor del primer cine nacional, contemporáneo y temprano amante suyo, la detuvo con un sutil ademán. Era mejor no desvelar más de lo que dejaba entrever el envoltorio.

- Sólo así lograremos ser fuertes y plantar cara a los invasores, como hemos hecho siempre. Esta vez no será agua hirviendo desde los balcones. Desplegaremos nuestro más poderoso arsenal. Se encuentran en camino desde La Plata, ahora mismo.

- ¿Cuántas son las chances de que triunfemos? – preguntó compungido su hijo, mientras recibía disimuladamente el autógrafo del astro.

   El Presidente permaneció perplejo. Sólo podía sopesar para sí lo débiles que eran ante la amenaza que ya había aterrizado. Su único consuelo era que la salvación estuviera llegando por la Ruta Nacional 1 a toda velocidad.

   Mientras tanto dentro de la Casa Curutchet, en torno al Álamo del reducido patio que oficia de pulmón de la casa y crujía de los programas originales que allí funcionaban, aún se estaba disputando un descarnado partido de ajedrez que llevaba horas desde su inicio, entre los últimos herederos de las dos familias más poderosas del país, con un acalorado público de ilustres familias patricias. La tensión sobrevolaba el ambiente y nadie se atrevía a esgrimir el más leve movimiento que cortara la concentración de los contrincantes. Aquello no se trataba simplemente de un partido, ni reflejaba en ese tablero la propia rivalidad lúdica inherente al juego. Se trataba de algo aún más profundo. El Presidente, su comitiva, el corro de pintorescas personalidades de cotillón, incluso los desconocidos visitantes podían esperar. Nadie se movería de allí hasta que uno de los reyes muriera y cantaran ‘Jaque Mate’.

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